No a la tala. Por una ciudad sostenible y viva
Hace una semana en Huesca asistí a un bochornoso acontecimiento. Tras muchos años de crecimiento, las máquinas arrasaban varios árboles sanos ante la incomprensión y la rabia de cientos de vecinos. Sin embargo, para mí aquello no suponía únicamente la perdida de ramas y espacio de sombra, para mí suponía cercenar parte de nuestra memoria colectiva, pero, sobre todo, suponía dejarnos desprotegidos. Nos estaban arrebatando la herramienta natural más útil e importante que tenemos frente a la amenaza de la crisis climática. Esto me hizo reflexionar sobre el futuro de nuestras ciudades: ¿De verdad nos estamos preparando para afrontar condiciones climáticas más hostiles y extremas?
Aragón lleva años padeciendo situaciones climáticas extremas que ya no podemos considerar como extraordinarias. Este verano hemos vivido la ola de calor más larga de nuestra historia con semanas enteras cerca de los cuarenta grados. Por desgracia, los datos de los expertos no son más alentadores, según la Agencia Estatal de Meteorología nos enfrentamos a veranos cada vez más largos, calurosos e intensos. En este contexto las ciudades con su asfalto y su hormigón se convierten en auténticos hornos. Este fenómeno denominado “isla de calor urbana” aumenta considerablemente cuando desparecen grandes árboles, que no solo generan espacios de sombra, sino que regulan la humedad, filtran contaminantes y dan lugar a ambientes más habitables y humanos.
Por ello, todo se vuelve mucho más desolador cuando asistimos a la reproducción del mismo patrón en nuestras ciudades, como los vividos últimamente en Huesca y en Zaragoza: tala masiva de grandes árboles asentados que, en el mejor de los casos, serán sustituidos por pequeños ejemplares que tardarán décadas en conseguir el tamaño y la capacidad medioambiental de los que desaparecen. Sin embargo, las matemáticas de la naturaleza son mucho más complejas que un simple recambio numérico que no es justo ni social, ni medioambientalmente: es simplemente una burda excusa de quienes nos gobiernan para justificar sus políticas negacionistas y erráticas.
En los últimos años la planificación de nuestras ciudades ha sucumbido al urbanismo desenfrenado e indiscriminado. La diferencia es evidente, mientras las grandes ciudades europeas han escuchado a los expertos y apostado por recuperar los espacios públicos como espacios verdes para hacer frente a las nuevas necesidades climáticas, aquí apostamos por el hormigón y espacios sin arbolado hostiles para la ciudadanía. No se trata de una lucha por la sombra perdida, es una lucha por la salud, la sostenibilidad y la recuperación de espacios públicos para los ciudadanos.
Por todo ello, y pese a la clara responsabilidad de los ayuntamientos en el diseño de las políticas urbanísticas de las ciudades, los ciudadanos, y en especial los jóvenes, debemos sentirnos interpelados en esta lucha por el futuro. Nosotros somos quiénes más vamos a sufrir el cambio climático y quiénes heredaremos sus consecuencias, por ello no podemos quedarnos parados ante cada tala o cada medida que ponga en peligro las zonas verdes de nuestras ciudades.
Al recordar la caída de esos árboles, no puedo dejar de pensar si seremos capaces de aprender, si dentro de unos años habremos sido capaces de revertir la situación o, por el contrario, estaremos lamentando la oportunidad perdida. El futuro no está escrito. ¿Qué modelo de ciudad queremos?.
Alejandro Claraco Corredera. Secretario de Comunicación de CHA-Plana de Uesca