Me dicen que mi pueblo, Samper del Salz, ha quedado el último en un concurso de belleza, que somos el más feo de la provincia de Zaragoza, de 293 municipios.
Lo feo es no tener pueblo, una situación que les ocurre a muchas personas.
Hay muchos niños que crecen sin conocer los colores y los olores del pueblo. El asfalto, el plástico de los parques infantiles, los tubos de escape de los autobuses y el tufillo que desprenden los bares de kebab o las franquicias de pan son su medio ambiente.
Y luego sus padres quieren hacer turismo rural, y quieren que haya cosas que hacer o que ver, y se construyen tirolinas, pistas de padel, o instalan botiquines de primeros auxilios para reparar las bicicletas.
Los urbanitas son gente de piel fina, les molesta el silencio, pero también les molestan los gallos, las golondrinas o los esquilos de un rebaño de ovejas.
Les parecen hallazgos el sabor de un tomate, unas costillas de ternasco a la brasa, o una sandía que has tenido la paciencia de dejar madurar en el huerto.
En el pueblo hay una soledad falsa, siempre te ha visto alguien, el aire que respiras no está reciclado, los gatos viven en libertad, sensaciones y recuerdos de los que está hecho uno.
La responsabilidad de criar niños con tantas carencias es de todos, y nos debería preocupar más que las opiniones de los turistas.
Finalmente, igual somos feos. ¿Y qué?
Francisco Javier Moliner Lahoz