Opinión

Tempus fugit

Nada es más cierto que el tiempo, ese compañero unido a nuestras vidas que debe servir de provecho y no aprovecharse de él, y que además pasa inexorablemente marcando el pulso de nuestra existencia. Con rigurosa audacia va cumpliendo sus plazos; va combinando inicios, pausas, términos, en fin, secuenciando el desenvolvimiento del tejido social. Con ese tic-tac inflexible nos encontramos ya en un nuevo período pre-electoral, donde la clase política, con el transcurso del tiempo, ha mutado en un oportunismo efímero de rédito fácil en la menor brevedad posible.

VICENTE FRANCO GIL. Licenciado en Derecho.


Nada es más cierto que el tiempo, ese compañero unido a nuestras vidas que debe servir de provecho y no aprovecharse de él, y que además pasa inexorablemente marcando el pulso de nuestra existencia. Con rigurosa audacia va cumpliendo sus plazos; va combinando inicios, pausas, términos, en fin, secuenciando el desenvolvimiento del tejido social. Con ese tic-tac inflexible nos encontramos ya en un nuevo período pre-electoral, donde la clase política, con el transcurso del tiempo, ha mutado en un oportunismo efímero de rédito fácil en la menor brevedad posible.

Se dice que el tiempo transforma las cosas, pero en realidad quienes cambiamos somos las personas. El tiempo y el cambio en sí mismos ni son buenos ni son malos, son meros parámetros que dan soporte al pensamiento humano, a la acción precedida de su voluntad y a la conformación de su conciencia. A tal efecto, buscar la verdad y aplicarla en los diversos ámbitos sociales, políticos y económicos debiera ser el jalonamiento del ejercicio de nuestras ocupaciones.

Navegar en las aguas de la verdad, y créanme que la verdad absoluta existe, implica fomentar una serie de virtudes orientadas a la obtención del bien común. Si nos centramos en la esfera de la política y hurgamos entre los pliegues de la historia, veremos que la bonanza, el progreso, el abuso de poder, la corrupción, la ruina y cuantos índices de bienestar y penuria nos asalten a la memoria, se relevan arbitrariamente al socaire de quienes enarbolan la honestidad o de quienes sucumben ante la perversidad.

Groucho Marx decía que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Transportándolo a nuestro contexto político-social vemos que no le faltaba la razón. Se observa con meridiana indignación, al menos por parte de quienes procuran hacer las cosas bien, una aceptación colectiva de los desmanes que banalizan, contravienen y sojuzgan los destinos de nuestra sociedad.

Parece como si la fugacidad del tiempo apremiara a nuestra clase política para acaparar el mayor caudal de bienes materiales posible y el aseguramiento incuestionable de su futuro. Es como si en la brevedad del tiempo el interés particular, en ocasiones vehemente, inicuo y despiadado, eclipsase el interés general al que responsablemente toda autoridad pública debiera obedecer.

Por tanto, la fiabilidad, la credibilidad y la confianza convienen ser al unísono la carta de naturaleza de quienes pretenden timonear los designios de una localidad, de una Comunidad Autónoma y de una nación. Hoy por hoy, la ciudadanía ya no sabe qué vota ni a quién vota, pues la mentira, la manipulación, la demagogia, el transfuguismo ideológico y la aberración plausible han hecho posible que el relativismo intelectual haya encumbrado ampliamente la coyuntura institucional.

Entre el elenco de formaciones políticas asoma un PSOE engreído, tiránico y dislocado cuyo fin es la permanencia en el poder sin importarle la destrucción territorial y/o social. El Partido Popular “renace” con soflamas progres hasta tal punto que sus estatutos chocan con su espíritu fundacional. Se destapa un Podemos que, a pesar de su ideología pretérita de libro manoseado, siente el febril calor del capitalismo que con gusto amamanta autoritariamente el poder. Ni que decir de los grupúsculos separatistas y sectarios que gravitan como cuervos alrededor del carroñero gobierno de turno con ansias de devorarlo a pesar de que mutuamente se necesitan.

Las estructuras políticas están debilitadas porque las conciencias humanas están atenuadas. Como consecuencia surge el temor al qué dirán e impide ir contracorriente remando hacia los valores y principios que enaltecen la dignidad humana y respetan los principios que la sustentan. Los éxitos electorales son suculentos y ambiciosos, y muy útiles para controlar y manejar al pueblo al antojo de quienes mienten sin pudor y circulan con total impunidad.

Los partidos políticos han dejado de ser la referencia de los ideales nobles por los que merece la pena el esfuerzo. El ciudadano está agotado de observar cómo se adueñan de sus proyectos, de sus ilusiones, de sus perspectivas. La honestidad personal que debe vertebrar las formaciones políticas ha derivado hacia el atesoramiento cómodo y rápido de quienes quizá en las próximas elecciones ya no puedan gobernar en los diversos ámbitos territoriales.

Por ello, entre el “tempus fugit” de Virgilio y el “carpe diem” de Horacio, esto ya viene de antiguo, se comprende que los dirigentes institucionales aprovechen la fugacidad del tiempo y el aquí y ahora. Sus escaños consistoriales y parlamentarios les brindan de esta forma la ocasión para hacer y deshacer a su antojo lo que les convenga, ante la atenta mirada de un electorado que afirma resignado: “¡esto es lo que hay!”.

No obstante, y como el tiempo no se detiene y confiamos en los cambios (para bien claro está), es un desiderátum de capital interés que surja una formación política (ya existe) que, a pesar de estar institucional, mediática y socialmente hostigada, haga florecer los principios más genuinos de nuestra conciencia nacional. Con todo, a España, y por ende a sus municipios, provincias y regiones, no se les puede ver ni por la derecha ni por la izquierda, con reciedumbre y entusiasmo se les debe mirar siempre de frente, con el respeto debido a sus gentes y a la grandeza de su historia.