Opinión

El olvido de una matanza silenciosa

Existe un “colectivo” silente, o más bien silenciado, del que apenas se habla en la actualidad por el acostumbramiento e integración social con que se le trata.

Existe un “colectivo” silente, o más bien silenciado, del que apenas se habla en la actualidad por el acostumbramiento e integración social con que se le trata. Es aquel que incluye a todos los seres humanos gestantes que voluntariamente son abortados bajo el paraguas de una legalidad tan inmoral como despiadada. En la antesala ya de la Navidad, el hecho histórico en el que el Hijo de Dios se hizo hombre por amor a la humanidad, podemos contemplar a fondo la escena de su nacimiento en Belén, para descubrir, con humildad, el verdadero sentido de la vida, de la familia y del hogar.

La supervivencia del género humano pasa irremediablemente por la gestación y la reproducción, no entendida como un mero hecho demográfico, sociopolítico o cultural, sino más bien como un generoso acto de entrega dual. La concepción de una vida humana debe ser entendida y afrontada desde una perspectiva colectiva, donde la conjunción del padre y la madre ejerzan sus derechos y deberes sobre el bebé gestante con proyección de futuro.

Nunca la maternidad debiera haber sido considerada un obstáculo que impidiese la emancipación femenina, pues la naturaleza que es sabia, porque ha salido de la sabiduría de Dios, ha hecho que la mujer, prodigiosamente, tenga la capacidad de engendrar vida para alumbrarla al final de su embarazo. El decadente progresismo social, el individualismo materialista y las extravagancias culturales han provocado que la falta de natalidad se haya convertido en un “grave problema” y en un riesgo para la continuidad de la especie humana.

El Observatorio Demográfico del Centro de Estudios Universitarios (CEU), adscrito al Centro de Formación y Análisis Social (CEU-CEFAS), en un reciente estudio publicado acerca de la “demografía del aborto en España”, concluye que la predilección por el aborto en nuestro país sigue al alza desde la despenalización de aquel en los años ochenta, siendo su máximo histórico el año pasado, concretamente a tenor de la reforma llevada a cabo por la exministra Irene Montero. Uno de cada cuatro embarazos termina en aborto provocado, socavando con ello la protección del bien jurídico de la vida.

La cultura de la muerte ha traído como causa un conjunto de normas luctuosas en donde el eufemismo de la interrupción del embarazo encubre lo que en realidad se practica: un homicidio (en este caso despenalizado aun siendo una acción de matar). Además, los abortos voluntarios e injustificados clínicamente, son muertes violentas (fraccionamiento, succionado…) que contravienen y puentean ciertas sentencias constitucionales con asiento doctrinal, así como quiebran derechos fundamentales como el derecho de “todos” a la vida y la integridad física y moral.

Es inaudito que diversos gobiernos e instituciones adscritas a ellos competentes en la materia destinen ingentes partidas presupuestarias para eliminar seres humanos, inocentes e indefensos, en vez de orientar dicho caudal económico a mitigar situaciones de riesgo social familiar, así como a fomentar la natalidad.

Con todo, me temo que la vorágine política no solamente desee promocionar la matanza de seres humanos inermes, sino también exterminar las conciencias de gran parte de la ciudadanía y de una amplia porción del colectivo facultativo atinente. Pero lo más chocante es el bárbaro y pingüe negocio que gravita alrededor de los abortorios que practican las eufemísticas interrupciones, verdaderos mataderos humanos exentos de escrúpulos éticos y morales que obran con total impunidad consentida.

Y de paso, no olvidemos el vidrioso asunto del invisible aborto químico, quizá más abundante que el quirúrgico, pero igualmente mortífero, el cual no se contempla en los estudios y/o estadísticas de referencia. Asimismo, tampoco olvidemos los embriones congelados fruto de la depravación legal, donde aletargados en el abandono esperan, en el “mejor” de los casos, a ser injertados en úteros como productos mercantilmente cosificados, o a ser dolorosamente desechados en vertederos por falta de adopción de gestante receptora o por haber llegado su fecha de caducidad.

Desde el año 1987 hasta el 2022 las estadísticas españolas registran oficialmente un total de 2.761.616 abortos no naturales. En el libro titulado Psicología de las masas de Gustave Le Bon, el autor describe cómo” las masas nunca han sentido sed por la verdad. Se alejan de los hechos que no les gustan y adoran los errores que les enamoran. Quien sepa engañarlas será fácilmente su dueño; quien intente desengañarlas será siempre su víctima…” Así las cosas, al buen entendedor le bastan pocas palabras.

En breve celebraremos que el Niño Dios nace entre nosotros, en nuestro mundo. Cuando lo hizo entonces, hace más de dos mil años, fue en medio de una familia en tiempos no muy halagüeños, en tiempos del rey Herodes, quien al cabo de los días exterminó a miles de niños inocentes por querer matar a Jesús, la única Verdad. Hoy como ayer también existen “Herodes” que en el caso que nos ocupa impiden nacer a millones de seres humanos por diversos intereses creados.

La esperanza nos anima a ver en todas las navidades a su auténtico protagonista, que no es Herodes ni su ejecutora espada encarnada hoy en afilados y punzantes útiles quirúrgicos de los fríos y deshumanizados abortorios. El protagonista legítimo y primigenio de la Historia, y el artífice de la VIDA, es el Niño Dios que nos da ejemplo y desea nacer en nuestro corazón, esperando a ser acunado por nuestra fidelidad, para rendirnos ante su verdad y para adorarle en su majestad. Apostemos siempre por la vida en todas sus facetas, respetando la dignidad humana que acompasa sus tiempos, sin arrogarnos nunca el poder de anticipar lo que a nosotros no nos corresponde.