Opinión

La ascendente persecución de la Iglesia Católica

Recientes estudios realizados ante el hostigamiento de cristianos en el mundo, proyectan en la Lista Mundial de la Persecución (LMP) un análisis objetivo y desgarrador de la situación alta, muy alta o extrema a la que se enfrentan aquellos prácticamente todos los días. Lo triste no es ya este terrible contexto, el desconsuelo estriba en la tibieza informativa de gran parte de los medios de comunicación, así como en el conformismo frecuente de la opinión pública.

Vicente Franco
photo_camera Vicente Franco

Recientes estudios realizados ante el hostigamiento de cristianos en el mundo, proyectan en la Lista Mundial de la Persecución (LMP) un análisis objetivo y desgarrador de la situación alta, muy alta o extrema a la que se enfrentan aquellos prácticamente todos los días. Lo triste no es ya este terrible contexto, el desconsuelo estriba en la tibieza informativa de gran parte de los medios de comunicación, así como en el conformismo frecuente de la opinión pública.

Se estima que más de 365 millones de cristianos de entre aproximadamente 50 países son víctimas de discriminación y persecución por practicar su fe, por ejercer un derecho fundamental, natural e inherente que otorga dignidad al ser humano, como es la libertad religiosa. Esta cifra, además, informa de un incremento considerable respecto a años anteriores afirmando que, en cómputo general, uno de cada siete cristianos en el mundo es perseguido. 

En concreto nos referimos al periodo comprendido entre octubre de 2022 y septiembre de 2023, en donde se registraron miles de asesinatos, decenas de detenciones y un ingente ataque de templos e iglesias donde habitualmente son quemadas provocando la destrucción de las mismas. El genocidio se extiende, la masacre se encarniza, la persecución no cesa. Parece ser que el progreso social, la tecnología de vanguardia, la culturización de los pueblos, las instituciones ad hoc mundiales y el conjunto de los medios de comunicación actuales no bastan para garantizar la paz y el bienestar mundial.

Es impactante observar ante esta caótica situación, tan angustiosa y lamentable, cómo los cristianos, en su mayoría católicos, son considerados “ciudadanos de segunda”, es decir, lo que los telediarios y la prensa escrita y digital debieran llevar en portada prácticamente todos los días, o bien pasa de puntillas en el mejor de los casos, o directamente se omite. El acostumbramiento a dichas agresiones y violaciones de derechos humanos se ha convertido en algo habitual, en algo que no llena de contenido la noticia, ni siquiera alcanza el umbral de la denuncia como sagita dirigida a los organismos internacionales competentes.   

Sin embargo, al parecer, no ocurre igualmente con otras culturas cuando se suceden conflictos de choque interreligioso (por denominarlo de laguna forma), a la sazón los del pueblo palestino y el judío en donde saltan las noticias ipso facto, se inundan las redes sociales, se hacen eco los canales radiofónicos y los medios televisivos con una prolongación considerable en el tiempo, inclusive llegando hasta el hartazgo. 

Ante estos ataques y brotes vehementes, bien por parte de otras religiones o de ciertos regímenes sectarios y/o políticamente totalitarios, es sabido que la Iglesia Católica nunca va a responder con violencia, su actuación siempre va a converger en alcanzar la paz dentro de una inclinación al dialogo y a la esperanza. La quema de conventos misioneros, los secuestros de sacerdotes y religiosas, la discriminación diaria de miles de familias cristianas (inclusive en países desarrollados), como ya hemos comentado, han dejado de ser “noticia”.

Así las cosas, los medios de comunicación no pueden ser un megáfono únicamente al servicio del materialismo económico y del relativismo ético (…) pueden y deben contribuir a dar a conocer la verdad sobre el hombre, defendiéndola ante los que tienden a negarla o destruirla (Benedicto XVI). Es patente que donde más agresiva es la persecución cristiana es en los continentes africano y asiático llegando al martirio, lo que no obsta para observar el índice exponencial de discriminación solapada, aunque cada vez más descubierta, en el escenario del entorno occidental.

Europa hunde sus raíces en los principios cristianos que han ido conformando transversalmente la idiosincrasia de las naciones que la integran, gracias a los cuales han nutrido de moralidad y buen hacer a lo largo de la historia los diferentes ámbitos de desarrollo cultural, político, económico y social. Han contribuido, por tanto, a la estipulación de muchos derechos humanos a pesar de que ahora la doctrina cristiana se vea desplazada por un azote individualista y de hostigamiento apóstata.

La conspiración materialista reinante confirma que hoy en día Cristo es un signo de contradicción, es visto como un límite a la libertad humana, por lo que tiene que ser un enemigo a batir, eliminarlo para que el ser humano puede ser su propio “dios” y hacer de la mentira, la corrupción, el deshonor, la degeneración y la soberbia su propia verdad. La abundancia de declaraciones de derechos y libertades son papel mojado frente a la diversidad de culto que está siendo cercenada por una homogeneidad atea creciente y audaz.

Navegar contra corriente, enfrentarse al dolor e incluso a la muerte, superar fracasos, traiciones y un sinfín de sufrimientos, son piedra de toque para quienes se abrigan al socaire de la fe católica. La vacuidad mundana no repara en la falta de libertad que provocan los gobiernos abiertamente totalitarios o los “democráticamente” tiranos. Una ensoñación relativista y una anestesia concupiscente han hecho eclipsar la grandeza y la dignidad humana, aquella que con tanto amor salió de las manos del Creador.

Se debe combatir la discriminación del poder del más fuerte que pretende imponer una visión global de la ideología laicista que constriñe los compromisos del credo católico. Educar en libertad es “conditio sine qua non” para no dejarse arrastrar por ciertos medios de comunicación, pues éstos deben ser instrumentos que iluminen la conciencia del ser humano, contribuyendo con ello siempre al bien común.