Opinión

Sálvese quien pueda

Soy hijo de la ciudad de Zaragoza, pues nací en ella hace unos cuantos años y, desde entonces, he vivido en esta localidad ininterrumpidamente, así como toda mi familia. Lo cierto es que hasta no hace mucho tiempo me sentía a gusto conviviendo con mis conciudadanos, me parecían atractivas sus calles, sus parque y hasta incluso sus edificaciones.

Soy hijo de la ciudad de Zaragoza, pues nací en ella hace unos cuantos años y, desde entonces, he vivido en esta localidad ininterrumpidamente, así como toda mi familia. Lo cierto es que hasta no hace mucho tiempo me sentía a gusto conviviendo con mis conciudadanos, me parecían atractivas sus calles, sus parque y hasta incluso sus edificaciones. Pero últimamente siento un agobio “administrativo” impropio proveniente de una Alcaldía desgobernada, deteriorada y catastrófica. No sé si esta reflexión obedece al desgaste político y físico de nuestro foráneo alcalde, a la indolencia y descuido que manifiesta el tripartito que gobierna esta inmortal ciudad, al descontrol de las instituciones que presiden, o me temo mucho que al conjunto de todas estas apreciaciones.

No he visto la ciudad más desasistida que en estos últimos años, sucia, maltratada, perjudicada, abierta en canal por el cúmulo de las sempiternas obras que desolan las arterias principales de la ciudad e incluso aquellas calles que son más frecuentadas tanto por el tráfico rodado como por los resignados viandantes que sufren las consecuencia de la improvisación y la irresponsabilidad de una coalición política (PSOE, IU y CHA) que sin rumbo nos lleva a ninguna parte. Con todo, qué envidia me dan aquellas localidades en las que el civismo y la racionalización administrativa de los recursos humanos y materiales llenan de gozo y esmero el terruño por donde pisan sus ciudadanos, y en España, por suerte abundan.

Así las cosas, y aprovechando la coyuntural crisis que azota sin piedad desde todos los ángulos a todas las Administraciones Públicas, concretamente en Zaragoza, nuestro ilustre (o lustroso) alcalde, el Sr. Belloch, en comunión con sus acólitos institucionales han optado insidiosamente llenar parte de las arcas del Ayuntamiento con la osada y desproporcionada subida de impuestos, con el perplejo y espinoso ascenso de algunas tasas municipales y con el ignominioso afán recaudatorio a base de denunciar infracciones urbanas con vehementes multas de tráfico.

Sí, la Alcaldía de Zaragoza se ha convertido en el ojo de ese “gran hermano” que todo lo ve, que todo lo controla, en donde la Policía Local (aunque más bien debería llamarse guardia urbana) extiende sus tentáculos y se emplea a fondo para recaudar pecuniariamente lo que por otro procedimiento sería más difícil complicado, una escusa perfecta y “legal” pero que no se aplica con la misma contundencia a todos por igual.

Recuerdo cuando yo era niño que “el guardia”, pleno de una autoridad adquirida por mérito propio, aquel señor que llevaba casco blanco y vestía con un traje azul marino del cual deslumbraba una metálica abotonadura áurea, dirigía el tráfico con una mixtura de poderío bondadoso, haciendo uso del silbato a la vez que despachaba una sonrisa humana que invitaba a que la circulación fuese incluso más fluida y responsable. Además daba gusto encontrase de frente con esos guardias, pues uno se sentía protegido, salvaguardado y asimismo respetado.

Sin ánimo de generalizar y sin ninguna intención de herir al cuerpo, ahora nada es igual. La Policía Local, quizá presionada por ciertos gerifaltes gubernamentales, ya no inspira una confianza sana, antes bien, desprende un cierto temor a la represalia seguida de la “papela”, es decir, de la multa consabida, porque al parecer casi todo se puede multar. Con tanta prohibición y con su ojo avizor, divisan aviesamente a la ciudadanía, esa presa fácil, para irrumpir en sus vidas con el bolígrafo y la libreta en mano. Eso sí, la multa suele recaer en aquellas personas que están respaldadas por una solvencia económica la cual avala el subsiguiente pago de la misma, que en demasiados casos es pasada al cobro vía tributaria.

He visto cómo los coches de la Policía Local hacen giros indebidos en las vías públicas, cómo patrullan con ellos por las calles de tierra y ajardinadas de los parques por no hacerlo a pie, cómo aparcan donde les viene en gana porque la ciudad sencillamente es suya, cómo dejan de dirigir el tráfico para echarle la bronca a una anciana que llevaba a su perrita con la correa bien puesta pero pisoteaba la hierba de un jardín en el que a su vez estaban varios indigentes ensuciándolo con bebidas, excrementos y orines (pero a éstos no se dirigía aquél, bien por temor o bien porque no son solventes económicamente), cómo le llamaban la atención a taxistas por parar a sus clientes en lugares de la calzada donde no impedían el resto de la circulación, maleducadamente represaliar a conductores de autobús urbano por hacer su trabajo con dignidad, etc...y muchas cosa más impropias de un organismo que debería dar un escrupuloso ejemplo de respetabilidad al servicio de los ciudadanos de la localidad en donde ejercen su profesión como funcionarios públicos.

También me irrita sobremanera la impunidad con que está amparada la, para mí, mal llamada Policía Local (mejor guardia urbana) pues excepto en casos de extrema gravedad y con la justificación oportuna, no debería saltarse las normas que con carácter general se aplican al conjunto de la ciudadanía para constatar la pacífica y ordenada convivencia de toda la vecindad, pues en esa ciudadanía están incluidos los hombres y mujeres que visten un uniforme azul con tiras reflectantes.

Por lo demás, quienes se deberían sentir observados, perseguidos y por qué no amedrentados son aquellas personas de mal vivir, los perversos, los ladrones, los agitadores, y toda esa retahíla de energúmenos/as que desestabilizan la forma de vivir de las personas decentes, en vez de ser los ciudadanos honestos, respetuosos y cumplidores con la tributación establecida los que tengamos miedo de salir a la calle por si tenemos barro en un piloto del coche,  por si cruzamos un semáforo en rojo cuando no viene ningún coche o por si no recogemos pulcramente las heces de nuestras mascotas. Ahora bien, que prime el botellón, que campen a sus anchas las serenatas nocturnas y que la Policía Local siga infringiendo la normativa de tráfico sencillamente por no tener por encima de ella quien la pueda multar. Menos mal que bajo la supuesta coacción corporativa para engrosar el erario público de Zaragoza, todavía quedan policías que, fieles a sus principios y valores, miran hacia otro lado en vez de secundar las argucias de unos políticos de efímera permanencia. Lástima que siempre en el momento menos oportuno aparezca el policía de turno que ebrio de “poder” despunte con sus arbitrios y tropelías.

Como nos ha dicho otrora en sus numerosas viñetas nuestro humorista Forges: “País”.