Opinión

Posmodernismo… ¿Muerte del ser humano?

No es exagerado aseverar, el contexto sociopolítico lo avala, que la presencia de un mundo cada vez más globalizado ha permitido que el escepticismo haya eclipsado la lógica natural y la razón constructiva, desafiando con ello a la verdad única en aras de rechazar normas de conducta y pautas de comportamiento éticamente saludables.

No es exagerado aseverar, el contexto sociopolítico lo avala, que la presencia de un mundo cada vez más globalizado ha permitido que el escepticismo haya eclipsado la lógica natural y la razón constructiva, desafiando con ello a la verdad única en aras de rechazar normas de conducta y pautas de comportamiento éticamente saludables. Por tanto, la desesperanza y la desilusión han ocupado, en gran medida, la conciencia humana en virtud de una ofensiva moralidad y de una indigente intelectualidad resultante de la iniquidad de los gobernantes.

El egocentrismo, el poder reaccionario, relativista e incongruente, y la siembra de la dicotomía en estratos de índole diversa, han dejado un rastro deplorable e indestructible que niega, visiblemente, la autonomía y la libertad de las personas. Las cotas alcanzadas de torpeza política son de tal magnitud que adolecen de recursos necesarios para potenciar proyectos de dignidad humana y de salud existencial.

La actitud de la actividad política, no ya solo en España sino a niel universal (con pocas excepciones), ha desacreditado el buen pulso del orden moral y ha desautorizado transcendentes tomas de decisiones, una orfandad vacua de sentido común y de calidad económico-social. La manipulación, la mentira, la corrupción, la depravación y la prepotencia se fraguan a golpe de leyes y decretos que, lejos de forjar una democracia responsable, estructural y atenta, subyugan los ejes del pensamiento sensato.

Evocando nuestro constitucionalismo histórico español, viene a la memoria que la vigente situación nacional de descomposición y decadencia, de agravios y de falsedades, hunde sus raíces en siglos pasados. La superficialidad del constitucionalismo en cuestión se basa, principalmente, en la inestabilidad ideológica y en los intereses personales de la ralea política. Mitificar una Constitución como un instrumento mágico para lograr objetivos políticos ha sido un desiderátum que, a la postre, ha humedecido su articulado adaptándolo a la conveniencia de quienes en cada momento han ostentado el poder.

Sí, las Constituciones han sido en demasiados casos papel mojado al arbitrio del cambio y de la modificación oportuna, sesgada y caprichosa de los grupos de poder de turno. El discurso “coercitivo” del estentóreo gobierno interviniente gravita sobre la idea de que el voto del pueblo delegado en aquel es el que legitima para dictar y establecer lo que conviene, claro está, al albur de un argumentario dolosamente falseado. Por eso nuestra realidad contextual es una dictadura encubierta bajo un absolutismo chantajista e integrado por una ambiciosa ambigüedad justificada, asimismo, por los artífices de dicho régimen que, con impunidad, atacan frontalmente a la indefectible Constitución.  

No es desmedido afirmar que el posmodernismo prioriza el culto de la ideología desalentadora, materialista y encarnizadamente destructiva. El debate de nuestro siglo estriba en configurar unos valores que conformen una identidad terapéutica de justicia y verdad, aplicable en todos los órdenes de la vida, para que sane y proteja al ser humano y le desintoxique de todas estas amenazas dominadoras.

El combate es muy profundo, orientado a un sinnúmero de adversarios que hostigan incansablemente, los cuales actúan sin nombre concreto, que no quieren captar el bien, cuya designación es colectiva y la opacidad de su posición es estratégicamente inexpugnable. Son, sin duda, enemigos empapados de una maldad mortífera.

Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, en uno de sus escritos expuso magistralmente que …” sólo cuando te apartas de Dios te has perdido a ti mismo, y entonces ya sólo eres el producto casual de la evolución. Entonces quien ha triunfado es el “dragón”. Mientras él no pueda arrebatarte a Dios, sigues profundamente a salvo en medio de todos los males que te amenazan”.

Hemos de reflexionar decididamente acerca del fondo de esta declaración, pues nos pueda llevar a cambiar el rumbo de las cosas, a no dejarnos llevar y a no permanecer inactivos frente a la esclavitud pretendida de quienes, aturdidos por el mal, desean hacerlo extensivo a los demás. Es tiempo de actuar, de reaccionar, de soltar la lengua para opinar y manifestar aquello en lo que se cree, y para denunciar lo que funciona erróneamente y es nocivo.

No olvidemos nunca que el mal crece cada vez que el “buenismo” calla, otorgando con ello el beneplácito de la podredumbre económica, social, política y, por ende, existencial. La certeza de la esperanza forma parte del arrepentimiento, de comenzar y recomenzar, una certeza que nace de la luz y nunca de la obscuridad.