Opinión

Nihilismo político, jurídico y social

La Historia de la humanidad, que acontece inexorablemente a través del tiempo, se escribe con la tinta que albergan los actos de quienes, en cada momento, transitan por aquella.

La Historia de la humanidad, que acontece inexorablemente a través del tiempo, se escribe con la tinta que albergan los actos de quienes, en cada momento, transitan por aquella. Según sucedan los acontecimientos y las decisiones, sus consecuencias podrán ser lesivas y perniciosas o, por el contrario, beneficiosas y justas. Desde la perspectiva del poder organizado, y en orden al segmento coyuntural que ahora nos toca vivir, se puede afirmar que el campo del “saber” y del “hacer” humanos están gravemente heridos.

Comenzando por los filósofos griegos hasta nuestros días, el pensamiento humano se ha empleado a fondo por conocer la realidad de las cosas. Por ello, la formación de la conciencia es necesaria para entender qué está bien o mal, qué es justo o injusto, qué conviene y qué no, y así podríamos dilatar un largo etcétera de cuestionamientos que el ser humano lleva inscritos de forma innata.

Los conflictos éticos y morales son consustanciales con la existencia humana, que en ningún caso deben tratarse con ligereza, más bien, con profunda sensibilidad para construir respuestas relativas a una jerarquía de valores que les sirvan de guía. Una sociedad que no regule normas de conductas y pautas de comportamiento, es decir, limitar obstinaciones delirantes y veleidosas, tarde o temprano claudicará en un grupúsculo normativo fundamentalista, sectario y degradante.

La importancia por cultivarse en adquirir conocimientos éticos y morales, lejos de encapsularlos en una actividad de sentido confesional, es vital para conocer con rectitud, con precisión y con propiedad la verdad. Es de suma transcendencia distinguir qué son opiniones y cuáles son las verdades, así como apreciar con meridiana claridad cuando nos situamos en el error.   

Si la estrecha relación que debe haber entre la ética y la política no se mantiene, el comportamiento de ésta se torna en un errante caminar que vaga en tierra de nadie, en un erial que ocasiona frecuentemente estragos al tiempo de negociar el poder. Así las cosas, cuando la falta de ética y la ausencia de moral minan las conciencias de quienes detentan cargos institucionales, la gestión del bien común se ve depauperada a raíz de acciones antiéticas, inmorales e irresponsables.

A tal efecto, ¿nos suena de algo la calumnia, el fraude, la corrupción, el soborno, la confusión, la mentira, la deslealtad, la manipulación, la imprudencia, la cobardía, la demagogia, …? Al ser humano le indigna, sobremanera, la falta de justicia y, como consecuencia, la falta de libertad. El posicionamiento político actual se encuentra tan degradado que sus efectos inicuos son devastadores. Ahora bien, debemos observar que la amoralidad institucional reinante, tanto a nivel nacional como regional (aunque siempre haya excepciones) no implica que su legalidad no se ajuste a derecho.

Por tanto, algo está fallando en los sistemas democráticos, muy concretamente en el nuestro, al contemplar cómo formaciones políticas, una ingente cantidad de instituciones y gobiernos ebrios de inmoralidad, falta de escrúpulos y de ausencia de eticidad, eso sí bien pertrechados de autoridad, continúen ostentando el poder sin que “legalmente” se les pueda hacer dimitir y así cesar de su barbarie gerencial. No existen instrumentos adecuados ni resortes normativos convenientes ni suficientes para materializar la expulsión merecida de los amorales.

Y seguirán ocupando sin pudor sus ostensibles cátedras institucionales mientras continúen en vigor y tal como están prescritas, a la sazón, la ley Orgánica de Partidos Políticos y la ley Orgánica del Régimen Electoral General, las cuales validan el actual caos escénico-político dentro de nuestras fronteras. Cuando en la balanza pesan más lo vicios que las virtudes, cuando no se observan los principios y valores que jalonan el quehacer diario tanto en la esfera personal como en la social, y “aquí no pasa nada”, pues eso, lo luctuoso y mezquino es que nos encontramos ante la “nada” más absoluta y banal.

Y frente a esta tesitura, la labor legislativa y la acción de los gobiernos gravitan alrededor de un ordenamiento jurídico que no atiende al bien común, a lo que es justo, a lo que es digno, no. Es un amasijo normativo subyacente del olvido ético y moral que anega las conciencias, donde sucumbe el hombre “hueco”, que simplemente obedece a la aprobación fútil de las mayorías, sin rigor y sin integridad.

Por este motivo nos encontramos ante un precario y penoso escenario en donde se han normalizado los ataques sistemáticos, donde se justifican los delitos y por ello se rehacen las leyes, unas leyes inicuas que deforman el sentido preciso de la dignidad humana. En nombre de los Derechos Humanos (derivados de la soslayada ley natural) se han conculcado los genuinos derechos inherentes de las personas, y en donde los eufemismos calculados han quebrado la razón de la esencia humana.

¿Cómo es posible que, presenciando tanta ignominia, aquí no pase nada? El miedo, la pereza, el acomodamiento, quizá, haga callar la razón. Es triste, muy triste, que se hayan apoderado de nuestras conciencias demasiados -ismos: egoísmo, nihilismo, relativismo, falso progresismo, chantajismo, positivismo, ilusionismo, cinismo, oscurantismo, racionalismo, caciquismo, hedonismo, anarquismo, sectarismo, clientelismo, surrealismo…

No dejemos que el engaño y la treta decidan por nosotros. Promovamos una cultura con fundamentos eficaces. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. Los mejores pensadores a lo largo de la historia han apoyado la tesis de que un orden moral compacto es la mejor y más indispensable condición para que se dé un eficaz orden jurídico, y con ello un próspero desarrollo social. Un orden jurídico justo debe ser moralmente correcto, de lo contrario la sociedad y el arco político arden en llamas.

Aunque sea cierto que la política llegue a manipular a la opinión pública, también es posible que la ciudadanía, en su mayoría, presione legítimamente a favor de soluciones verdadera y coherentemente éticas. Y todo ello porque “nada” está perdido.