Opinión

Natalidad en caída libre

Las estadísticas más recientes reflejan un descenso muy acentuado de nacimientos en Aragón, manifestando con ello, en los últimos años, mínimos históricos.
Vicente Franco
photo_camera Vicente Franco

Las estadísticas más recientes reflejan un descenso muy acentuado de nacimientos en Aragón, manifestando con ello, en los últimos años, mínimos históricos. Al margen de los índices porcentuales registrados, que quizá ahora ya no interesen tanto, lo verdaderamente alarmante es el vertiginoso descenso de la natalidad, y con ello el deterioro del crecimiento vegetativo, una falta de previsión imprudente acompasada por un arco político aturdidamente irreflexivo. 

Cabe destacar, no obstante, la dolorosa indiferencia, aquiescencia e incluso sectarismo con que los políticos, tanto de uno como de otro color, han despachado a lo largo de las diferentes legislaturas este asunto tan apremiante. Los años, inexorablemente, han ido pasando y por falta de atención y dedicación los graneros del pasado, donde los hijos eran una alegría manifiesta, así como un bien a proteger, han ido perdiendo contenido llegando a advertir, tristemente, los actuales umbrales de aridez demográfica que tanto asedian y asolan nuestra geografía aragonesa, así como la española.

En el preludio de la debacle poblacional que al parecer se avecina, hubiera sido sensato diseñar, desde antaño, un proyecto sólido y regenerativo para paliar esta “sequía” reproductiva que nos sacude, conviniendo en implementar una responsable, racional y competencial gestión de aquellos recursos económicos ad hoc de los diferentes ámbitos de las Administraciones Públicas. Con ello, sin duda, se hubiera dado un drástico giro a la lenidad política con que hasta el momento se ha ido maltratando la maternidad, la familia, un ninguneo constante a la proliferación de la vida. 

Hay quienes vaticinan que España, atendiendo en mayor o menor medida a sus Comunidades Autónomas, se muere, un drama que a corto o medio plazo urge como nunca resolver. Para reintegrar la esperanza a nuestros espacios regionales en pro de la continuidad generacional, y por ende de la del conjunto de la nación, la situación de referencia debiera ocupar en las diferentes agendas gubernamentales un objetivo de vital prioridad, donde las políticas familiares y natalistas apoyaran una solución tangible y eficaz a este grave problema del que viene adoleciendo, de largo, nuestra sociedad.

Un dato a tener en cuenta es que el concepto de familia identificada con el matrimonio no es, sociológicamente hablando, una construcción casual. Sin embargo, es más que palmario que, tanto una como otro, han sufrido persecución política y mediática hasta la saciedad. La osadía entretejida por la urdimbre del relativismo conjuntamente con el hedonismo, asistida por un nihilismo paralizador y estéril, así como timoneada por un nocivo positivismo absurdo, han traído como causa la quiebra de la estructura familiar. 

El progreso anárquico de las ideas ha desnaturalizado el pedestal sobre el que debe descansar sagazmente toda sociedad, ha fracturado el fundamento del genuino avance humano, ha dinamitado la escuela de virtudes donde los hijos crecen y maduran al abrigo del hogar. 

La cultura de la muerte ha impedido el desarrollo natural del ser humano, dotando de inestabilidad a la relación conyugal, provocando con ello la traición familiar, enfrentándose ahora con dureza a borrascas impetuosas. Con todo, la banalización del sexo, la acentuación exacerbada de las relaciones libertinas y la deformación antropológica perpetrada en laboratorios ideológicos, han servido de pasto a las incesantes propagandas contraceptivas y antinatalistas a las que está sometida nuestra inerme sociedad. 

El aborto, enemigo astuto y contrapuesto de la maternidad, al parecer genera un beneficio mayor que aquella, a pesar de desgarrar los valores únicos e insustituibles de la vida, la libertad, la justicia, la verdad y el respeto. ¿Cómo va a haber regeneración demográfica si el envite que da rédito es la política del descarte? El goloso afán de acumulación patrimonial, la avidez por adquirir tecnología punta automovilística, electrónica o audiovisual de un elevado precio y las dilatadas relaciones sociales, en la actualidad, quizá ocupen demasiado espacio y tiempo como para pretender acceder al aumento de la descendencia en las familias.

En ciertos casos, la comodidad puede que haya obstruido el camino del desprendimiento, del sacrificio y de la generosidad, abstrayendo al matrimonio pon falta de intensidad y de autenticidad. A tal efecto, la relación conyugal va desvaneciéndose en un mero pasatiempo huérfano de intencionalidad por transmitir vida. Factores como la ignorada conciliación familiar y la falta de beneficios fiscales a las empresas donde trabajan las madres gestantes, también han podido generar un serio hándicap al caso que nos ocupa.

De cualquier forma, nuestra sociedad debe cambiar la prelación de sus objetivos en base a unos principios superiores, ordenar convenientemente sus relaciones afectivas y tasar los valores que contienen los atributos irrevocables como son el compromiso y la disponibilidad. Una sociedad que invoque el progreso debe relegar el consumo vehemente y compulsivo para dirigir la mirada a lo que realmente proporciona abundancia, a esa medicina eficaz que se llama “vida” y que, asimismo, sana y ralentiza el envejecimiento poblacional y lo dota de esperanza regenerativa.

Recordemos que la inversión en el ser humano, con políticas de calidad incardinadas a favorecer la maternidad y con ello la natalidad, es lo que precisamente fomenta el desarrollo, evitando riesgos que pongan en peligro la estabilidad estructural del tejido social. Nada está perdido, ahora bien, el arrojo político debe dar un paso acelerado, firme y sin demora en la actuación contundente de programas que atenúen el descenso demográfico. A todas luces, y en estos momentos críticos, esto es lo que requiere la máxima prioridad de la actividad parlamentaria. Recuerden señorías que de “aquellos polvos, vienen estos lodos”.