Opinión

Advocaciones, ritos y costumbres en mayo

El refranero popular, ocurrente y graciosamente sagaz, formula este refrán: "Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso". Y no le falta razón. Es un mes de eclosión floral, con un cóctel de olores diversos que al mismo tiempo hace florecer y manifestar los sentimientos humanos que, dicho sea de paso, estaban aletargados tras el atrincheramiento invernal. Un mes lleno de colorido, con un clima agradable, en fin un mes óptimo y privilegiado para ciertos eventos, incluso algunos de vetusta tradición.

El refranero popular, ocurrente y graciosamente sagaz, formula este refrán: “Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso”. Y no le falta razón. Es un mes de eclosión floral, con un cóctel de olores diversos que al mismo tiempo hace florecer y manifestar los sentimientos humanos que, dicho sea de paso, estaban aletargados tras el atrincheramiento invernal. Un mes lleno de colorido, con un clima agradable, en fin un mes óptimo y privilegiado para ciertos eventos, incluso algunos de vetusta tradición.

El mes de mayo ha sido y es en la actualidad un periodo dedicado a las advocaciones Marianas, una etapa anual en donde con amor se realizan ciertas actividades y se ofrecen muchas diversas cosas a la Santísima Virgen María, Madre de Nuestro de nuestro Señor Jesucristo. Y una de las “costumbres” católica y además con más raigambre popular son las romerías, unos peregrinajes realizados en familia, con amigos, con asociaciones culturales, con vecinos, etc... celebrados eso sí con júbilo y orientados a visitar alguna de las numerosas ermitas o Santuarios que colman en abundancia nuestro bendito Aragón.

Por tener alguna referencia en Zaragoza citaremos la Catedral-Basílica de Nuestra  Señora del Pilar; la ermita de Santa Eulalia, hoy conocida como el Santuario de la Misericordia en Borja; la ermita de la Virgen de Lagunas en Cariñena; el Santuario de la Virgen de Herrera en Herrera de los Navarros; el Santuario de la Virgen de Ródanas a 14 km de Épila, nombre proveniente de la antigua palabra árabe Roda-Nadir que significa frente a Roda, antigua ciudad árabe que hoy es Rueda de Jalón; el Santuario de la Virgen de Monlora en Luna, desde cuya altitud se divisa la Comarca de las Cinco Villas; la ermita de Nuestra Señora de la Fuente en Muel; la ermita de San Roque y el Santuario de la Virgen de la Peña en Calatayud, y, cómo no, el Monasterio de Piedra en Nuévalos.

Entre la provincia de Huesca destaca por la afluencia masiva de peregrinos tanto nacionales como internacionales el Santuario de Torreciudad (El Grado), nombre que deriva de la antigua torre de defensa musulmana denominada “Turris Civitatis”, enclavado por encima del pantano que lleva por nombre el de la localidad reseñada, a escasos kilómetros de Barbastro. A tal efecto las oficinas de turismo recomiendan visitarlo siguiendo el eje mariano de El Pilar-Torreciudad-Lourdes. También se pueden subrayar las ermitas de Nuestra Señora de la Victoria, la de Acín, la de la Virgen de Iguácel, todas en la Comarca de la Jacetania. En el Serrablo nos encontramos con San Pedro de Lárrede y San Martín de Oliván.   

Y en Teruel podríamos ir de romería a la ermita de San Agustín en la Comarca de Gúdar-Javalambre; a todas aquellas ermitas dedicadas a San Vicente Mártir; la ermita de San Adbón y San Senen/ermita de los mártires, la de San Miguel en Rubielos de Mora; las ermitas de San Bernabé y la de San Nicolás en Burbáguena; la de San Cristóbal en Celadas o las ermitas de Santa Bárbara y La Consolación en Monroyo.

Todas estas peregrinaciones se llevan a cabo con ilusión, con entusiasmo, como si fueran un regalo a la Santísima Virgen María, siempre con el rezo del santo Rosario en el que ponemos en sus misterios gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos nuestras más delicadas intenciones y peticiones cotidianas, con naturalidad, con sencillez, en la intimidad materno-filial, es decir, con la confianza que depositan los hijos pequeños en sus madres las preocupaciones e inquietudes que envuelven sus vidas, sabedores de que son siempre tenidas en cuenta y oídas por Ella con la ternura y el afecto de una verdadera Madre que habita en el cielo.

Pero no solamente el mes de mayo es un tiempo oportuno para realizar este tipo de actividades de visitas a santuarios y ermitas en honor a la Virgen María. También acaecen diversos acontecimientos de índole religiosa tales como las primeras comuniones, las confirmaciones de adolescentes e incluso numerosas bodas por el rito católico. Al referirnos a estos eventos estamos hablando de sacramentos, definidos por el Magisterio de la Iglesia como “signos sensibles instituidos por Cristo para conferir la gracia que significan”. Además, para recibir estos sacramentos previamente se debe haber dispensado el primer sacramento: el bautismo.

En virtud de la libertad religiosa prescrita en nuestra vigente Constitución, nadie está obligado a que sus hijos hagan la primera comunión, sean confirmados, así como tampoco a nadie se le compele para contraer matrimonio con la solemnidad que obedece a la religión católica. Pues bien, partiendo de esta premisa, al parecer, estos actos sacramentales han derivado hoy en día en meras costumbres sociales (casi de sentimientos paganos) en donde la fe y la instrucción en el Catecismo han sido desplazados por el boato, el lujo, el miramiento y el despilfarro, con el añadido de que en ciertas ocasiones por temor al qué dirán estos acontecimientos son fruto de la inercia y vorágine social, huérfanos de la sobrenaturalidad espiritual requerida.

Para los creyentes es una gran alegría, cómo no, que los niños comulguen, los adolescentes se confirmen y que muchos novios se casen en el seno de la Iglesia católica. Lo triste es que haya niños que comulguen en el mismo día dos veces: la primera y la última; que los confirmandos estén pensando más en el botellón o la fiesta a puerta cerrada de la juerga que se van a correr, o que en las bodas se entren en los templos con hombros descubiertos, escotes prolongados, espaldas al aire, hablando continuamente y sin guardar la compostura debida delante del Santísimo que se encuentra en el sagrario.

Se pone el máximo esmero en que no falte ningún detalle, pero se nos olvida que el protagonista principal es el Señor, delante del cual, voluntariamente, nos ofrecemos a recibirlo por primera vez, a confirmar nuestro credo apostólico o a santificar nuestro matrimonio para toda la vida. Con todo, de no tener una formación religiosa conveniente y prolongada en el tiempo todo ese “folklore” se desvanece quedando únicamente en el recuerdo el celofán que envuelve los acontecimientos, olvidándonos del contenido de los mismos que es lo que realmente tiene valor.

La austeridad no está reñida con el mal gusto, ni con la precariedad. Sencillamente es un saber estar a la altura de unas circunstancias en las que sin desmerecer no se acerquen a la hipocresía, el fariseísmo, en una palabra: al fingimiento. Por ello que nadie ataque a la Iglesia católica ni la culpabilice cuando los vestidos, los restaurantes y demás gastos coyunturales son exacerbados y en muchas ocasiones objeto de créditos rápidos para hacer frente a estas comedias tan artificiales como  falsas. Todo ello corresponde a la decisión humana y en ningún caso al clero.

Lo verdaderamente importante es la sacralidad de los actos mencionados. Y así como un abogado está al día en el devenir normativo para ser eficaz, o un médico está pendiente de los avances científicos y tecnológicos, lo mismo un buen cristiano tiene toda la vida para ir aprendiendo, repasando y asentando el depósito de la fe confiada a la Iglesia católica. No es de extrañar que cuando esos niños llegan a ser jóvenes las cosas religiosas les suenen a cosa precisamente de niños, que ya no son para mayores por no haber tenido continuidad formativa. La vida espiritual es como un plano inclinado: o se avanza o irremediablemente uno se viene abajo, no hay forma de estancarse. Sería recomendable que la libertad estuviera sustentada por la responsabilidad. Con esta forma de actuar, otro gallo nos cantaría, no cabe duda.