Opinión

Un referéndum aún peor que una amnistía

Mentir es una acción tan frecuente como cerebralmente interesante. La mentira activa varias áreas cerebrales. Estas, a su vez, se expresan a través de diversas vías, como pueden ser la conducta, el análisis de información, la memoria y la proyección de nuestra atención hacia un punto determinado. Por ello, el cerebro de una persona que miente incrementa su metabolismo durante el proceso implicado en elaborar (primero), decir y mantener -si no quiere que lo descubran- una mentira.

Mentir es una acción tan frecuente como cerebralmente interesante. La mentira activa varias áreas cerebrales. Estas, a su vez, se expresan a través de diversas vías, como pueden ser la conducta, el análisis de información, la memoria y la proyección de nuestra atención hacia un punto determinado. Por ello, el cerebro de una persona que miente incrementa su metabolismo durante el proceso implicado en elaborar (primero), decir y mantener -si no quiere que lo descubran- una mentira.

Uno de los defectos graves de algunos políticos es la soberbia. La soberbia, que no debe ser confundida con el orgullo, conduce a la incapacidad de reconocer los errores propios. Un ejemplo reciente es el de Abascal, que ha perdido una magnífica oportunidad de reconocer públicamente su error al afirmar que "Sánchez acabará colgado por los pies".

Al doctor presidente Sánchez no lo colgará nadie de semejante modo, pero sí podría acabar en un internado de alta seguridad por alta traición si sigue empeñado en seguir facilitando a los secesionistas un referéndum de independencia, además de otras concesiones que facilitan el resquebrajamiento de España. Y, todo, en espera de una nueva amnistía para quienes tan claramente delinquieron, atentando contra la unidad nacional y dedicando a ese propósito dineros del erario.

La cuestión es que, en lugar de reconocer el error, ataca virulentamente a Núñez Feijóo por rotulárselo. Lo que ha producido un gran regocijo en la llamada izquierda progresista, que ve cómo el debate sobre la amnistía cede su protagonismo y su repercusión en los medios al debate entre las dos derechas. Las cuales, por cierto, tienen un importante caudal político que administrar en las administraciones autonómicas y locales. No deberían correr el riesgo de tirarlo por la borda, lo que puede suceder si insisten en sus políticas de enfrentamientos.

No debe caer el uno en el error estratégico de intentar acabar con el otro. Y el otro no puede persistir en el intento de arrebatarle electorado. Es deprimente el espectáculo de enfrentamientos que dan en el Congreso de los Diputados unos y otros, a lo que se suma con regocijo el progresismo desmelenado. Todo ello acaba teniendo un alto coste político.

Deberían ser conscientes y aceptar, aunque con mucha precaución -porque miente más que habla-, que el doctor plagiario pueda verse obligado a pactar determinados temas para evitar un compromiso irreversible con los separatistas. Puigdemont y Junqueras tratan de chantajear -otra vez- al presidente doctor con un referéndum de independencia. Si grave es la amnistía, el problema palidece ante la enorme gravedad del referéndum. En la amnistía se está forzando y desbordando a todas luces la Constitución para exonerar y liberar aun grupo de delincuentes golpistas y, en especial, al líder del golpe, Puigdemont. Con el referéndum se está jugando con la unidad de España, en un ataque directo al artículo 2 de la Constitución. Incluso el gran mentiroso está obligado a evitarlo con todos los medios, sea referéndum consultivo o como se quiera disfrazar. No debe darse ningún tipo de referéndum ni consulta autorizada en Cataluña y lograrlo exige cooperación para poner el interés general de España por encima de cualquier pretensión de grupo. Todos (incluido el PSOE no sanchista, si es que existe tal cosa) han de mostrar un mínimo de cordura.

Cordura opuesta a disparates como entregar a un grupo presidido por el exetarra Otegi la alcaldía de Pamplona el 28 de diciembre. ¡Y no es inocentada! Bildu ha llevado en sus listas a asesinos etarras no arrepentidos. El cinismo de Sánchez no tiene límites.