Opinión

Ogry VII: amalgama quinta

Malditicioneras guerraicas, vistas o no vistas, nuevas, viejas, regeneradas entre remiendos que se recosían sin la chispa del Amor

Malditicioneras guerraicas, vistas o no vistas, nuevas, viejas, regeneradas entre remiendos que se recosían sin la chispa del Amor. El resurgimiento de los puños alzados más o menos, o bajos, a medio recorrido o como quiera que fuese eran más que campos cruzados. Xone quería caminar en contra de las llamas; pero había sido diseñada con el fin de paralizar lo que saliera de cualquier arma, cada vez más inventadas y sofisticadas. La ciencia destructiva se abría paso a la morralla. 

Maju había desaparecido total y enteramente. Los reinantados entristecían la callada boca del león y la princesa rubia de acciones salientes, comunicándose con sus iguales en edad, velaban por los entresijos de la paz por ver si se atraía una especie de calma semimediana. Y todo, tratando de que en azabachero y encantado cuervo y el espantapájaros se hicieran templarismo de solidez, aunque solamente fuese por un fragmento secundario.

Zeta se frotaba las manos, al igual que Güilli. Y no digamos Jolúj, lujuriosamente ataviado de noboda, volviendo a las andadas de sus tremendaicas vanaglorias. Los tres disimulantes eran la reoca.

En cuanto a la rotondez segundonoventayochista, no, no se había tratado de un medallón de Cristo embarrado; sino de algo similar a un pago gigantesco que hubiere sido lanzado rotativamente, frente a la frente de Maya sin hacerle frente, sino auténtica Amistad, y avanzando como entre elipses girando hacia a mente de maya como un tirón divino dentro de una esperanza marrón de tierra cordial, un color semejante al de corteza de pan de pueblo. Algo por lo que Ogry moría y cuya búsqueda no cesaba.

Sin ser consciente de la hipnotización conmovida y conmovedora de un sol oblicuamente diagonal, Maya hubo quedado cautivada por aquella atracción de mandato directo sin haber lugar hallado para una negativa. 

Dicha invitación había supuesto la cierta seducción por la inmemorialidad sentiente de un cariño. Maya hubo posado las emociones de ello y, una vez restablecida la sensación primigenia, se hubo levantado del terrazo, convencida de la fuerza que le había llegado sin dilación ni duda alguna, desplegando el cruzado de piernas a estilo indio.

Ogry el pensador de recordaritismos no atendía a los conejos pardos, entre rojizos y marronáceos, ni a la música lejana del piano con la que éstos a veces se recreaban.

Los muñecos de nieve se regodeaban desgraciadamente entre las mortíferas zonas de muerte insalvable. No podían apagar los fogamientos del odio de cualquier clase. Las letras se perdían, los pergaminos volaban por el habitáculo covacha de Ogry al lado de los telegramas y no había quien pusiera en orden nada, ni dentro ni fuera de aquel submundo ni en aquel otro que parecía ficticio y que superaba arrebatadoramente la realidad.

Los campos lloraban sangre entre la amapólica hierba de la compañía insolidaria de los cascotes batallales.