Opinión

Ogry V: amalgama tercera

Al planeta llamado Tierra le faltaba muy poco para terminar consigo mismo. La metralla enfurecía. No cesaban los conflictos bélicos.

Al planeta llamado Tierra le faltaba muy poco para terminar consigo mismo. La metralla enfurecía. No cesaban los conflictos bélicos.

Los males de todo tipo abofeteaban y empuñaban armas contra la vida. Y si esta quedaba firme de algún modo, ya se encargaban de psicotizar a quien fuese. Lo que valía eran las bajuras para los más auténticos y el encumbramiento para esos otros que tanto daño hacían.

Era el exterminio tecnologiciario, ese que querían quitar de en medio la mayoría de los países, dejando de fingir con fachadas de por fuera y teniendo contentos a los suyos, aunque fueran momentáneos. 

Las alas de la sonrisa agonizaban. Las mareas de los océanos se desdecían. El piano daba vueltas sobre sí mismo. La danza macabra de la mofa para con los que tan sólo eran ellos mismos se iba agigantando. No tenían derecho a serlo. La penumbra más traidora había hecho efecto mortífero. Las zonas mundanales no sabían cómo sobrevivir con la bondad sincera de no tantos.

Abrían grandes arcadas de lenguajes sin tener la base primaria de lo fundamental y la esencia humana se estaba diluyendo. Solamente importaba la productividad. Cuando el aprendizaje era de por y para siempre desde el punto cero del nacimiento hasta el inicio del paso hacia la muerte física.

Todo eran leyes. Y, gracias a Dios, Maya había dado con el Clanoso: fue un entrenamiento para sentir cómo los había por doquier. Cada vez más y peores. Ogry pensaba mucho en ella y rezaba para que recordase los buenos tiempos en los que le habían dejado las maneras claras de proceder, sin prejuicios, juzgamientos o metiches en medio del camino.

Quienes sentaban cátedra eran una piña en sí mismos, tal y como una granada a punto de explotar. La patata caliente era pasada en el país del león que ya no tenía fuerzas para rugir. Mientras la princesa rubia vagaba por las calles de una ciudad llena de sol, tal y como sus cabellos ceñidos al céfiro de la poesía más real y auténtica que se haya podido escribir.

Primaban los fijos. No daban tiempo a la permanencia en los quehaceres del trabajar. Había gente de toda clase, no social ni de riqueza ya sino de principios. La honradez se había convertido en algo inexistente. Y pobre de quien destacara por bueno sin pretender tal cosa.

Ogry tenía la sensación de ser un espantajo en medio de un lugar lleno de conflictos que nunca terminarían. Los que más ruido eran capaces de acometer se definían como los mejores y quienes iban con la intrahistoria por ellos mismos y por los demás ya eran condenados para siempre.

Se veía con una impotencia descomunal. Peor incluso que en el magnífico pueblo de los Tres Hogares. Maya le había comunicado a Zeta que había salido en un texto medieval literario. También que las brujas eran buenas y que fueron quemadas por sabias. De inmediato, Zeta, tomó las canciones, los bailes, las pocas palabras que Maya le había confiado además de hacerse con el cargo de diva para con su tribulal o partido de los ellos mismos dioses y nadie más. Mismamente, una vez por encima, Miar ya le había clarificado que muchísimo ojo con Zeta, que no dejaba pasar ocasión de enterarse de lo de cualquiera que tuviese a su lado entre que ella no soltaba ni una.

Era la ley del puño cerrado en los países de la confusión. El idioma del Amor se estaba degradando. Todo eran cajones de estancamiento con la perfección milimétrica de las lupas. No dejaban a los niños serlo. Solamente se vivía para trabajar y pronto llegaban los días finales. Las exigencias para con los menores comenzaban drásticamente a los cero años.

La Hispania de conejos pardos y de otros colores coqueteaba con un espantapájaros que para nada servía: los campos habían sido abandonados y casi no había pastores prácticamente. Se comía lo de afuera. El cuervo príncipe se había vuelto de una gama de color azabache.

Maya, recordad, mis amados lectores, una de las hermanas de Ogry y de quien Güilli se había enamorado verdaderamente, no quería haber entrado en Europa tan pronto cuando contaba 16 años. Razón: hubiera sido prioritario arreglar los problemas de todos los muñecos de nieve. De lo contrario costaría mucho disminuir el bucle de ir de equívoco en error La frustración se sacaba brillo.

Ogry confirmaba que había que dejar de asimilar cuentos mentirosos y que se pensara muy bien si a la descendencia que se quisiera tener le iban a dar lo que verdaderamente necesitaba o lo que a los mayores les gustaba. La presión de horarios para los más pequeños era inaudita ¿Qué significaba, pues, aquello que se denominaba querer?

Todo se llenaba de boom corpóreamente carnoso. No obstante ¿dónde quedaba hueco para llegar a todos y cada uno de los seres habitadores de las piedras que rodaban por los caminos de los reinados?

La prisa de un estrepitoso estrés se había apoderado del bulbo terráqueo de la nada, que era el todo. Soid lloraba por todas las esquinas y las cruces de hielo eran como clavos que ardían igual que la jota apasionada del ver el dormir que tienes y otras muchas de alto renombre que no se habían considerado como patrimonio inmaterial en ninguno de los reinantados.

Ogry sabía que a los trasobarinos también les había molestado eso. Ellos, que gustaban de juntarse entre notas musicales, de barbos y micrófonos. A Maya, forofa de los paisajes, le habían encantado esas panorámicas de ensueño llenas de magia según su opinión. Así lo sintió. Mas cuando llegó a la ciudad la batería de Bonito, el blanco coche de la boda con la paciencia, hubo dado de sí completa y causalmente, explosionando en avería urgente. Y en el piso de arriba ella, con ganas de devolver, no es que hubiera sido ignorada por Güilli sino agraviada, vejada y ofendida por él que incluso se atrevió a nombrar a Luisiano, que tampoco se había portado bien con Maya.