Opinión

Ogry II. Las chicas del 23

Rodeado de mil y un recuerdos con todas las fases de la luna una y otra vez seguidas en ciclo, Ogry añoraba la Gitandad.

Rodeado de mil y un recuerdos con todas las fases de la luna una y otra vez seguidas en ciclo, Ogry añoraba la Gitandad.

Sin embargo, anduvo rascando entre el acero de diamantes de la enorme ciudad. El pueblo decía que ese sitio se había convertido en un pepino inaguantable.

Ya no cabía ni un dedal de colección en ella.

Y dale que te dale, halló un muy antiguo pergamino. Pero antes, se le superpuso un telegrama de una vieja admiradora.

Resulta que dicha mujer había estado muy enamorada de él. Y es que Ogry había tenido sus atractivos. Unos muy apetecibles atractivos adolescentes ¡Menuda!

Preservadamente, en dicho telegrama había escrito lo siguiente: "Elige fecha. Yo no fallo". Todavía de podían leer con claridad todas aquellas letras venidas de la cambiante de americanas.

Mariana habría querido casarse con Ogry. No obstante, la muy ladina le dijo a Ogry que no se quejara si Olgra le había escrito alguna vez. Una vez lo hizo. Y con un dibujito pequeño de un ciervo.

Mariana siempre estaba en defensa de Olgra. Y eso que Olgra le había comentado a Ogry de haberlo violado. Hay indicios de que realmente no lo quiso hacer...

Lo que quedaba bien clarito es que Olgra, la muy pícara, había estado absorbiendo savia sin el consentimiento del pobre Ogry sin piedad ni medida y de un modo asqueroso.

El mundo estaba al revés. Sinceramente que sí. Y la entidad de ser, a escape generalizado, húbose camuflado en lo global aplaudido por la independencia territorial.

Los reinos de tarifas hispánicos estaban a punto de consolidarse. La princesa rubia y el león se habían detenido como estatuas en una fuente sin agua.

Loiola lloraba. Y el monasterio se quedó completamente mudo. Ni un pájaro se quería acercar. Ni siquiera el más pequeño cantor.

Mientras tanto quizás algún no muy bien nacido empleaba su tiempo en jugar con la tecnología y llamó a un compañero de Ogry que afirmaba que algunos Centros eran fábricas de hacer enfermedades. Lo ejecutó de tal manera prudencial que incluso lo hizo con la voz de Ogry no siendo él.

Una de las Teres testificó a favor de Ogry. Pues ella sabía que se había recluído entre rejas que hablaban mientras Ogry tan sólo había estado haciendo uso de las palabras más precisas, y cuando hacía falta. Pero fue delatado por insensato.

Ogry echaba muchísimo de menos a las más fieles compañeras: las chicas del Juan XXIII, el Papa Bueno. Le daban tentaciones de enviarles señales de humo. Mas... Las papesas no tenían cabida en aquella sociedad a punto de resquebrajarse del todo.

Y el muñeco de nieve clamaba por una mínima justicia equitativa. Allá, lejos de la frontera, se le había caído la nariz y por poco se la comen unos conejos pardos.

Ogry se puso a plantar judías blancas, de esas secas que petrifican a los monstruos y habló con Peter Pan Sprake. Éste que reía sin parar a carcajadas se la gastó junto con Luisiano.

Con toda seguridad, las chicas del 23 no fueron las que estuvieron acosándole tácitamente en varios lugares de hermetismo. Eso sí, ay de cuando olían los buitres alfa restos de sangre en la lejanía. Ya estaban ahí para devorar, como las hienas hembra.

Por desgracia, las muchachas del Juan XXIII ya se habían esfumado. El padre de Ogry siempre las llamaba murejas y decía que eran extremadamente complicadas y que por eso nunca había tratado con ellas. Ya había dejado a Ogry solo en el empeño de esa tarea, empresa demasiado ardua.

Y es que, secreto a tope, el padre de Ogry jamás había estado con nadie del género femenino ni nada que pudiera tener un parecido. Solamente con la madre de su hijo.

De todos modos el inalcanzable padre de Ogry había estado arropado por grandes machos en cualquiera de sus formas por los siglos de los siglos. Y era perfecto. Tanto tanto que Ogry se había marchado solo a la gran ciudad.

Así que allí se quedó con sus gitanitos por toda la eternidad. Se supone que no tendría que emigrar de nuevo a otro de los reinados, vaya. Porque el cambio de leyes era tremendo de uno a otro. Y, además, a veces elegían a los que parecían, pero no eran.