Opinión

La princesa rubia

Se había convertido en toda una mujer. Guapa y cultivada. A punto de cumplir la mayoría de edad, la princesa del país con otro idioma siempre sonreía.

Se había convertido en toda una mujer. Guapa y cultivada.

A punto de cumplir la mayoría de edad, la princesa del país con otro idioma siempre sonreía.

Procedía de un lugar lejano del vasto reino que gobernaba un padre piadoso galardonado con una hermosa fotografía de un gran profesional y un poema de una escritora que no cesaba de trabajar en silencio. A pesar de ello no le daban la oportunidad de repetir destino en la empresa a la que pertenecía.

Al menos el territorio del Amor era distinto. Si se dejaba en castellano el nombre de ese pedacito de composición del imperio del Corazón y se le trocaba la gé por la desaparecida Ché, mal asunto. Encerramiento para los osados caballeros combatientes en distantes calabozos y sombrías mazmorras. Idem para las damas que escribían verdades en sus diarios de biblioteca. Estancias indeseables. Del mismo modo, las hay internamente en jaulas de oro.

Así que hasta los gatos se escondían de la música. Aunque este lenguaje todopoderoso no tenía preferencias, incluso los más fieles amigos del hombre cobraban brillo con su lealtad en el momento en el que convertían bondades a través de sus aullidos históricos.

Luchaban por una supervivencia más segura en medio de las profundidades de un bosque escondido. El de los zaragozanos.

Allí los elfos eran los heraldos del recuerdo y las noticias novedosas las trinaban los pájaros.

La princesa del honor, eternamente acompañada por su mágico león, se atrevió a vestirse de verde caqui para entrenarse por si llegaba la guerra, así como para defender a la patria acorazada.

Cuando el rey de la selva arrugaba el morro es que olía a sospechas. Y, antes de que la tradición fuese servida en bandeja de diamantes, ya había dado un zarpazo al aire.

En la escena del ámbito de los dominios de las ansias y las ambiciones del planeta podía haber secuaces repletos de mentiras, que podían convencer al mayor de los incrédulos, fuente de pérdidas incalculables de seres humanos con un valor de gigantes.

Y, como la princesa rubia no era de esas de finos bordados, pues comenzó a usar armas locales para afinar su puntería. Era muy necesario aquel ejercicio de defensa.

Había sido formada intelectualmente por los más prestigiosos filósofos, sus lecturas literatas habían sido prodigiosas, y, en cuanto a sus estudios científicos, éstos no pudieron ser más exactos ni precisos. Miel sobre hojuelas. El postre de la recompensa sería generoso perdido.

Leonor utilizaba las medidas más equitativas para hacer balance del resultado de lo elegido por los ciudadanos: caminos con los menores obstáculos que permitiera una vida de pueblo llano.

Hacía ya cinco años que había conversado sobre democracia. Y, muy pronto, le tocaría la flor de loto de jurar una Constitución de los más importante.

Su progenitor ya lo hizo en el 86, cuando la artista del Colegio había recibido una carta de quien la envidiaba, reconociendo tal defecto. Mas el resto de varios de esos estudiantes parecían estar en la misma situación.

Nadie lo sabía, pero la niña de ojos azul océano desembocaba en mares ensoñados por las noches. Y, a pesar de que a veces le vencían las pesadillas de las discusiones de los súbditos del maridaje de los años con los peligros, era capaz de cambiar lo pésimo en algo más que bueno.

Solía pasear al atardecer, después de que su magnífico león hubiera descansado de su siesta. Los árboles, con su tan variopinto carácter y una personalidad especialmente peculiar según cada cual, le murmuraban soles de atrás.

Y el león contaba las olas que faltaban para que la sal surgiera del centro de los abrazos.

Gran parte de las princesas de cuentos rubias habían sido unas ñoñas. Y tales relatos un tanto aburridos. Sin embargo, esta de la que estamos hablando caía en gracia a la multitud (no totalmente entera). Y, por si fuera poco, sus actos eran de considerable divertimento puesto que los dotaba de vida sana.

Nunca faltaban los contrarios al desarrollo de los acontecimientos por propio derecho del tiempo. Lo malo era cuando aparte de insultar incitaban a la camorra frente a frente o por detrás. El humilde personaje cuya condición era la de narrar tuvo la desgracia de comprobarlo en algunos Centros a los que visitó sin más protagonismo que el del ligero paso que da un parpadeo.

¡Como si el muñeco de nieve contemplador de los embestidos no estuviera al loro de la realidad ni tuviera ya en exceso plorando penas entre los lamentos de las plañideras!

El piano de las nostalgias añejas continuaba coleccionando melodías cuyo fondo no mejoraba. Al contrario, desde el jaleo entre palos y piedras el tecnicismo había afinado su perfeccionismo en extremo. Y es que había mucha tontería y falta de escrúpulos.

La rubia princesa de ojos azules tenía una miaja de miedo. Ya había hablado en público en ciertas ocasiones. No obstante, le tocaría desempeñar un papel nacido de retos transversales y plagado de testimonios conjuntos cuyo deseo era el de verse cumplidos en sentencias fuera del atronamiento.

Las setas del suelo del preciado bosque iban mostrando distintas emociones con sus caras de longevo otoño. Y las serpientes enroscadas bailaban al sabor del son global del respeto por lo que no era semejante.

Leonor, la princesa del honor con el león a su diestra contaba las horas que le quedaban para volver a aparecer en reunión. Mientras, el consejo de ancianos del campo colindante pensó en que sería maja idea construir otro ser de hielo irrederretible. Atendiendo a las modernidades, sería una muñeca de nieve. Y la alzarían a una carretilla de esas que utilizan los del alba del añil para construir. Estaban cansadísimos de tanta destrucción aquí y allá. Sobre todo en países en los que los niños y los de su quinta eran asesinados sin remedio y porque sí.

Los cuervos se acercaron al espantapájaros del jardín de la Academia a la que aquel día Hispánico Leonor regresaba a media noche. Y el espantador de tela comunicó a la princesa guerrera de la paz lo que le habían transmitido: "Ten confianza. Aunque hallarás de todo y lo negativo sea a tope..., en general estás en una tierra de personas cuya altura es la del alma noble"

Los pájaros solitarios se habían juntado en asamblea urgente. Les daba pánico ser mal interpretados. Ningún documento que no hubiese sido supervisado por los sabios del paso lento sería sellado. Con todo, llegaron al acuerdo de apostillar lo que el espantapájaros había pronunciado.

El océano de la princesa rubia lloraba de alegría a mares. E incluso el oleaje más rebelde se puso a los pies del león. Esto fue debido al honor espiritual de la ración compartida del alimento más profundo: el de adentro.

Las hojas de los árboles del bosque aragonés crearon una armonía de Querencia estratégica que, sin haber sido filtrados por el raciocinio, defendía a todos por igual.

Leonor soñaba con un reino superado a sí mismo y comparaba épocas pasadas con lo logrado actualmente. El león dio un zarpazo al cierzo y el viento se arremolinó entre incertidumbres. Nadie era conocedor de lo que iba a suceder.

Era aconsejable pasar por la prueba de fuego del experto de no citar ninguna opinión. Chitón y caramelos.

El espantapájaros se había convertido en un cuervo pardo. Solamente restaba recuperar el sentido del significado del objetivo: "Leonor, estás en una provincia de gente con los hechos limpios".