Opinión

Derivadamente amenazados

No, esto no es un trasteo de abecedarios, sino lo que nos deparan los incalificables obstáculos perpetrados o nacientes de la casualidad… Jaleos broncados que nos permiten detectar las sacudidas que con frecuencia nos vencen en el día a día.

No, esto no es un trasteo de abecedarios, sino lo que nos deparan los incalificables obstáculos perpetrados o nacientes de la casualidad… Jaleos broncados que nos permiten detectar las sacudidas que con frecuencia nos vencen en el día a día.

Lean detenidamente que, de un poco, -por muy pequeño que sea-, se deduce el poderío de percatarse, -al menos en un leve porcentaje-, de las manifestaciones que nos acorralan. Intrincadas complicaciones que sobreponen de variables el auge de la invención a la que estamos sometidos.

Este largo texto aflora de la densidad de los estallidos que reemplazan la confianza. Por mucho que nos penetre en la piel, ya no nos fiamos ni de la luz del sol. Estamos quemados hasta los tuétanos. La médula espinal común está más desenfocada que antaño.

Ante los abrumadores resultados que nos afligen, -y eso que multiplicamos el bregar-, subyace este fondeo. La profundidad flota en la superficie debido a la deuda que nos produce el desengaño y el desprecio con el que no hay más remedio que toparnos.
Observen cómo nos dominan los acontecimientos cotidianos en los que nos vemos envueltos. Descifren pues las probabilidades de interpretación despacito, con lentitud y reflexión. Sin la acostumbrada prisa.

Repasemos por unos minutos la generalidad del momento presente en el que estamos situados, -ardua vinculación-, quizás con la vista más ciega que nunca y atascados en un proceso de cambios que dan giradas encendidas al detonante de una mutabilidad que va sin cesar de arriba a abajo, de un plano al siguiente (consecutivamente, o no), sin detenerse en la lisura que verdaderamente sería aconsejable para evitar la involución.

No hace falta haber estudiado en Harvard como para no darse cuenta de que la pena nos rodea, el descontento de la ciudadanía, el enfado peculiar de cada uno, la rabia contenida o no, tristeza envuelta de impotencia a la hora de actuar para trabajarnos por dentro cada quien y de paso ir mejorando la incontestable pelea que corroe a este orbe en el que las fuerzas están divididas.

Desde luego, hay zonas mucho más deprimidas que otras en las que guerra, hambre o/y tragedia unifican su criterio de hundimiento de manera espasmódica. Dramatismo sin exageración.

Secuelas en las que vivir es una tortura constante y el enmohecimiento de las ilusiones soportan el colchón de las pesadillas cuyos bucles de muelles disparan el delirio de la invasión de los más fatales sueños que llegan hasta el exterminio de un gesto de sonrisa.
Así pasa cuando se pierde la fe en el altruismo. Con la desgraciada realidad de la toxicidad en el aliento, la conclusión es que lo dicho supone una lenta agonía que arrastra el lastre que tanto nos hace padecer un sufrimiento tan intolerable como inútil y no deseado, el tormento sobrante.

Los más terribles duelos abrazan la zozobra de una muerte repetida en distintos cuerpos con el rostro compungido. A la hora del finiquito de la caducidad nos enfrentamos solos al tránsito. Y donde más difícil lo tienen ni mentar.
Es un tema tabú, pero esa propietaria de la que no se habla está para todos los jugadores del tablero de ajedrez o marcador que va contando nuestra consumación desde el escenario del partido. El desenlace es irreversible.

Para el resto de la Tierra, los peatones de esta existencia prestada corriendo a todas partes por doquier, de costado a costado, como locos abordados por el segundero sin saber muy bien la dirección correcta que nos conduce al desastre. Formando una red de choques que, a veces, cuesta limitar aparte del ajuste de fuerzas con el que contamos en concordancia con las etapas que quemamos hasta que nos apagamos como las candelas.

La Brújula del Norte se ha estampado en un cuento cuyo término se halla en pleno estado de perplejidad rotunda e inexacta ¿estafa de medidores extemporáneos? Presentimientos que nos han donado personajes distinguidos a lo largo de nuestra singladura de náufragos.

Es duro escribir que se oyen especies de comentarios que, traducidos con expresiones llevaderamente cercanas muestran las siguientes pulsaciones de letras: que el Corazón ya no manda, que el romanticismo es cursilería, que no hay asunto que no esté al revés, que las cabezas no están bien puestas y que cortan las que están cuerdas ¿Se tiende al empeoramiento en todos los palos de la baraja que se está despilfarrando? ¡Madre mía, pues no tenemos otra! El único modo sería el de una unión sincera.

Me late la maldición por haberme visto obligada a la imposición del fracaso adulto y, entonces, haber tenido que desprenderme, entre otros, de aquel libro que escribí a los quince años titulado ¿Será capaz la Humanidad de detenerse?

No somos dueños de los tipos de recursos regalados, pero sí del modo en el que los utilizamos. Paralelamente, cansa que se use a la gente para el comercio de emprendurías discontinuas cuyo terrible sabor es el de la decepción. Y, amargos, seguimos tragando en digerimiento de conversión a la enfermedad.

Arreboltijamiento rincón por rincón, tramo a tramo, punto a punto, vericueto a vericueto. Remolinos intransigentes de tapaduras de lo que no interesa reducto a reducto, ninguneando nuestra capacidad de defensa innata.

Siempre he afirmado que nunca hubo lugar que se pudiera adherir a la salvación de Nuestro Recuerdo. Sin embargo, las huellas de lo que fuimos se van desdibujando con el viento contaminado de la fábrica de los impedimentos que nos forjamos. Proyectos de disolución. El sentido común y la empatía se volatilizaron casi de inmediato.

Huimos para volver al mismo bloque de partida y de regreso de un encuentro que tuvo su época atrás para, actualmente en este zeta de instante vetado, marcharnos sin la libertad de la pureza que hemos ganado sumando sacrificios.

En definitiva, para liar más todavía aún si cabe el enrejado de lanzamientos que nos descolocan mayormente de lo que sentimos. No hay reservas para ponernos en graves aprietos. Solos ante el peligro, todavía nos separamos más ¡Claro que sí!

La franqueza y la llanura se evaporaron como el elixir del entendimiento y la comprensión entre las razas. El lenguaje y sus sucursales acapararon el poder de soltar dardos de podredumbre envenenada, sin permitir una mínima calma de calidad entre los individuos que formamos la sociedad. Se prohíbe íntegramente, no el miedo. Para eso apertura más ancha que Castilla, Comunidad Autónoma que, por cierto, se está haciendo más estrecha con tanto idioma fuera del español.

Grupalmente o no, los ataques verbales en estamentos bajos, medios o altos pertenecen al género de la horribilidad. Alterancias en la composición de los seres que caminamos con los pies llenos de barro.

Los tratos de la comunidad no son buenos cabalmente. Le caiga al de al lado como le aterrice el asco de esa retentiva de recepción y herede la consecuencia equis o jota. El ejercicio aplaudido es el de vomitar palabras que hieren, dañan y endilgan la oscura sombra de ser imperceptibles para la falta de pruebas, lo cual ennegrece lo mejor andado.

Parece estar de moda arrear a la sin hueso, bucalismo de aberraciones brutales, pensadas o no con anterioridad para un destinatario forzoso-, y ejecutar acorde a la decadencia de una firme voluntad certera en cuanto a la no consideración del otro como un igual. Por supuesto esto significa el detrimento de la filantropía y la invalidación de un comportamiento objetivo.

El jaujismo, mondismo o nombres por el estilo están ahí, aquí y allá con lo que conlleva su aceptación ¿Incluso hasta donde no alcanzan los mapas? Peligro relevante ¿destructivismo?

No olvidemos la falsa cortesía de los protocolos que acompañan el empeño de una civilización que siempre tropieza en el enésimo pedrusco que se transformó en invisibilidad por no ir despertando. Tampoco se nos ocurra dejar aparte la autenticidad hipócrita de no alegrarse honestamente de los avances de los demás. Y por lo tanto de contribuir a la trampa del bien quedar y no ser pillados en ella. O tal vez de empujar a que resbalen en el propio contenido de su propósito, irrumpiendo así la senda por la que viaja su espíritu por estos lares del mundo ¿No es un pecado interrumpir al semejante en la viabilidad de su ruta?

Admiraciones fingidas, resonancia de ecos, indiferencia. necedad, animadversión, irrespeto… No pasa nada, la tendencia está facilitada como un puente sin muros alrededor: chitón callando y a reventar. Efecto, la pulverización. Crematorio de ideales ¡No persigas lo que anhelas o… !

Estancamiento de olor insostenible. O se coge impulso para golpearnos, con o sin probabilidad de rescate en personas seleccionadas, por lo cual, repercute en la supervivencia que procuramos llevar a cabo.

Competitividad atroz, demanda de riña o de inquietud disfrazada de pacto, alianza, acuerdo o concordancia, y la actividad de la competencia concentrada en los campos de los que disponemos.

Ataques más o menos tácitos, directos o lo contrario, con segundas o con bromas de mal gusto; agresividad afinada y violencia en camuflaje concienzudamente entrenado. Y, si puede ser, sin testigos. Caso de haberlos, del mismo registro: sucedáneos de los principales soldados psicológicos en el mal traer del desarrollo universal. Estos, además de intentar imitar a sus maestros, en ocasiones, lo aprovechan sin tener conocimiento de razón alguna. Argumento: el artificio del mismo parámetro. Por la indistintiva inercia del instantáneo instinto del zas y ahí te las apañes, que, si pueden pisotear hasta la tumba de su hermano, pues la gozan a su placer. Confusión, indefinida o determinada. Serios actos reflejos para sacarse brillo a costa de un esfuerzo que no es suyo.

¿Preguntas en la oscilación de una fluctuante vacilada? ¿Irresolutos bamboleos? La conciencia ética más básica aletea el fuego de un dragón negativo. Naciones y países dan vuelcos compulsivos con el hilo de esperanza en un amado mañana en el que se procure la inhalación de la posibilidad de que tengamos lo que no hemos dejado de buscar: (a) nosotros mismos.