Opinión

Ogry VI: amalgama cuarta

Madre Terráquea no podía concebir tantas esperanzas, siempre parcheando pequeños agujeros que se fueron haciendo … No hay expresión para tal cosa.
 

Madre Terráquea no podía concebir tantas esperanzas, siempre parcheando pequeños agujeros que se fueron haciendo … No hay expresión para tal cosa.

Guerraz visible e invisible se crecía por la ignorancia de alguna gente y sus esbirros. Dentro de ellas, las guerras, no se mencionaban las hechas en la cotidianeidad de poderosos adeptos a seres con batuta en mano.

Maya cogía el teléfono y en inglés le decían que adiós con unas atroces ganas de perder de vista la posibilidad de continuar con su buena trayectoria ¿No sería Merez la del padre cuya tan importantísima ocupación ni se podía pronunciar?- se preguntaba Ogry, lleno de una pena que no le cabía.

En otra ocasión, una británica había llamado a Maya para contarle la verdad. Alguien le había arrebatado el auricular, porque de repente colgó quien fuese ese o esa que pescó infraganti a Britisla. 

Maya seguía apreciando a Miar, mas ésta era tan orgullosa, que había echado todo al traste. Así que la hermana de Ogry siguió caminando lentamente.

Nunca se supo si la mujer de Ché, al decirle a Maya que ya conocería a Güilli, encerraba algo oculto, puesto que todos los del Clan se intercambiaban información a su gusto, antojo y placer. Pasaba lo mismo en cualquiera de los Centros de Trabajo de no importaba qué reinados.

La Faz de la Tierra solamente era gresca. La codicia metálica y la inmaterial eran la perdición. Maya no sabía dónde ir. Creía que no estaba hecha para el mundo. Ogry no salía de su cueva, y andaba sin poder dejar de consultar los eslabones perdidos de los pasos de Maya: tenía que hacer la última magia: hallar salvación para una Maya, más que decepcionada, traicionada, matada a poco ya en sentido físico, con una tristeza infinita.

El miedo se apoderaba de los bondadosos, que no podían decir nada sin que los coflados no se sintieran ofendidos por cualquier nadería. Los modos de Maya eran los correctos: lo único que hacía era sacar un escudo de fuerte hierro forrado con cuero que le había prestado una gladiadora de los extremos tiempos en los que a Jesús le habían hecho de todo lo habido y por haber. Su nombre era Xone. Se habían conocido en una aventura reencarnativa.

Ogry también detestaba la mentira. Para no pensar mucho, se puso a jugar con tres de los conejos pardos venidos de la roja tierra vecina a la que Maya casi fue a parar. Sin embargo, al final, ésta había escogido la senda zaragozana.

Como Zeta, Güilli presumía con gran falsedad, de tener conocimiento de la vida de Maya, que además de prudente, gustaba ser discreta. Y eso que estaba más sola que la una en la lucha. Fue el reclamo perfecto para el aprovechamiento de esos dos supuestos amigos a los que tanto quiso Maya. Él ni siquiera llegó a serlo. Y, buscando la carnalidad, no la obtuvo de parte de Maya, que continúa viviendo en plan santo en todo lo que tiene que ver con ese tema. Asimismo, platica con la Palabra, siendo puro Amor.

Ogry conocía los defectos de Maya por tanta relación estrecha con la Humanidad, y se cabreaba sobremanera, tirando vasijas de barro llenas o no del polvo cenizal de sus antepasados. Luego las recogía. Lo que quería era que Maya pudiera vivir y trabajar en paz, algo que no le dejaban hacer.

El espantapájaros sonreía en medio de la noche amarga que iba en acobardamiento ya que el cuervo revoloteaba dando el noticiero de que no faltaría quien su contento personal sería ver a Maya fuera de onda, o sin fuerza, o alicaída, o de aquí para allá entre rastrojos.

Ogry empezó a soltar malsonancias por doquier. Tantas, y con voz tan altamente conmovida que los muertos de las tumbas se removieron en ellas. Los restos cenizosos sobrantes se creativizaban en hacerse de formas, como las nubes. En grisáceo, allí daban sus aéreas esculturas de suspiro conjurado.

Francis, muy amigo de Maya y hermano de Güilli, también habría participado su trozo en todo aquel entramado. La mujer de éste echaba pestes reales de los dedicados a la docencia, como tantísimos otros sobre lo mismo, y de quienes intentaban hacer el bien de acuerdo a sus creencias fundamentales.

Ogry no quiso tener niños a su alrededor. Si le salía una chica antes, se llevaría todos los palos ya que sus padres habían sido más chiquillos que los pequeños y los abus habían mirado exclusivamente por sus hijos, lo cual le vino de perlas a Merez, que recibió algo de Kike aunque se lo hizo enviar a Maya.

La madre de Merez culpaba a Maya de los mensajes con alas que el adivino afirmó tajantemente que hubo tenido que hacer. Su vástaga era oro según ella. Tal carga llevaba sobre sus hombros Maya que no le pudo preguntar que qué tal estaba ese primo suyo párvulo que había estado tan malito.

Por si fuera poco, Merri, amiga de Maya, enredaba con ella abordando las teclas del juicio contra Maya. Como el Clanoso, por la espalda.

Aquel inicio de verano del 98 Maya había cerrado los ojos muy fuerte, sentada al sol en la galería. Una enorme moneda de piedra con un Cristo más o menos de la Edad Media le había visitado al otro perfil de su frente, por dentro. Si Dios lo quería, las cortas frases dictadas por su alma, llegarían a los destinatarios que Él pusiera en sobres estrellados por la intuición de la versatilidad.

Ogry se sentía culpable por haberle iniciado a Maya, que no estuvo a la altura de la perplejidad cuando Maju aceptó tirarlas al vacío de la inconsciencia. Soid bendijo la caligrafía a pronunciar con la mirada en sentencias tipo bardo.

Las plantas deliraban. Los murmullos de la malevolencia se habían sonar tanto que la guerras se palpaba en el fuego de las armas, en el penoso espíritu de los prepotentes y en la intranquilidad de quienes acusaban a los cándidamente ingenuos.