Opinión

Tus árboles

Luis Iribarren

Por fin un año normal o más bien abundante de lluvia tras aquel en que el destino o cualquier mano, según vuestra concepción de la condición humana, lo paró todo.

Año de desembalses y viento, de producción y exportación de energía en que ya no se habla de la balanza eléctrica, sino de lo que decida Putin obsequiarnos y mientras tanto, creación de tejido de industria armamentística para Euskadi. Veremos nuevamente Yesa vaciado en octubre pero de momento estiran las carrascas, florecen como nunca los frutales.

Me gustan los árboles, me considero xilófilo si tal expresión existiese.

Desde niño he observado los plantados en las viñas y que dan frutos, los domésticos y humanizados. Me educaron a padecerlos, ir a sacudirlos helando, ver el curado con hinojo de las cuatro olivas hecho por mi abuela.

La vid de garnacha en pie de arto buscando agua en año de sequía, la mengranera ó granado –símbolo de la fecundación-, las almendreras y oliveras plantadas en cascajo o mallacán, en costero, por cada familia para su abastecimiento y engordar la proteína animal con la salsa de almendras y olor a laurel; y darle frescor con su punto de ajo y perejil.

La botánica que da frutos ha sido una política, siendo los árboles a plantarse y expandir  junto a las setas los garantes en tierra ignota y conquistada de la nutrición de colonos y ejércitos. Están después allí, fijos, no siendo apresables como la botánica marina con redes de deriva o trasmallos que no les dejan crecer. Salvados del ramoneo de las cabras, a costa de perderse ganadería y limpieza de bosques bajos.

A los árboles hay que comprenderlos y amarlos, uno de los principales legados de la humanidad es el arte de podar, de engalanarlos y de aprovecharlos.

Aragón, en los valles de los afluentes del Ebro, ha transmitido de una generación en las siguientes su saber hacer en árboles frutales leñosos y es un país especializado en la gestión de viveros. Habiendo villas del árbol de regadío como puedan ser La Almunia, Sabiñán o Fraga.

Los árboles fueron generando el oxígeno suficiente para, partiendo de las algas y de los heroicos primeros musgos de costa y pasando por los helechos, colonizar parte de la corteza terrestre y dulcificar el clima del planeta azul. Su éxito evolutivo llenó partes de la tierra con abundancia selvática, única que muchos pueblos han conocido en su peregrinar por continentes, la causante de que en euskera o japonés exista denominación para todos los colores menos para el verde, que es el característico de sus paisajes. Correspondiendo a sus “mori” o “basa”, sus frondas intrincadas de arbolado, la asociación con los nombres aoi o urdiñ, el azul casi negro.

Todos los pueblos indoeuropeos divinizaron los árboles, como se revela en el destacado papel de la higuera como árbol sagrado nutricio y su presencia en los zócalos de entrada de los templos hindús. Entre los iranios, destaca el papel simbólico y sacramental del granado como del viñedo. Recordemos las composiciones dedicadas a los mismos de Omar Jayyamm, dado que beber vino fue un acto sacramental aún antes de Dionisos y Baco.

Fue la cultura griega la que relacionó a las divinidades de su Panteón con la botánica, cuestión en la que no nos vamos a extender pero que es la causante que la planicie de la Acrópolis de Atenas se halle bendecida por un único acebuche u olivo: el árbol de Atenea como fuente especial de riqueza para Ática, que exportaba su aceite a Macedonia.

El laurel en ramas formando coronas fue el árbol de encarnación de Apolo; el manzano, el de la tentación afrodisíaca y la de los textos sagrados semitas; cómo no citar a la encina y al roble, de madera casi pétrea y porte excepcional, como los relacionados desde la mitología griega con Zeus, la guerra y la conquista.

La humanidad representó el carácter sacramental de los árboles. Así los bosques los encontramos inmortalizados, permutados por su representación en mármol, desde las arquitecturas griega y persa.

Los imponentes peristilos de columnas remedando cedros de los templos techados sustituyen y protegen de rayos e incendios con mayor eficiencia a los lugares sagrados. Sin renunciar a la visión de solidez que aporta un tronco botánico.

Así, donde en espacios públicos anteriores hubo naves y tejados sustentados por maderas nobles de coníferas longevas, como en el Templo de Jerusalén levantado y ornamentado a partir de cedros del Líbano y aún hoy en el sagrado santuario del sintoísmo de Ise en Honshu, del siglo VI, cuyo entramado y exteriores son de sugi o pino rojo y se renuevan cada generación, se pasó al mármol y al granito a partir de Persia y Egipto.

Incorporados a la arquitectura griega y romana y, a partir de ellas, al románico europeo y aragonés, nuestros monumentos en piedra tienen como elemento principal a sus columnas cuyos basamentos recuerdan a raíces y remates o capiteles presentan el follaje de una copa, cuando en ellos se esculpen hojas de acanto.

Florecen los árboles de tu calle, se llenan de hojas verdes tiernas del color de la luz del hayedo de Gamueta. No te traslades para que te impongan fiestas de la primavera. Como hemos dicho en otras ocasiones, mira como precisamente en este momento en 2020 ese lirio sin pesticidas que brotaba del único solar al que pudiste mirar.

En tus fiestas, manda tú.