Opinión

Paul Auster, el Puente de Amposta y el Delta del Ebro

Luis Iribarren
photo_camera Luis Iribarren

Mi querido compañero tribunero, José Garrido Palacios, está componiendo un excelente friso sobre los puentes de Zaragoza: magníficos, diferentes, atravesados por turistas que ya no “van a Zaragoza”, que suturan las heridas de relación entre la ciudd romana y nuestros barrios hijos de las calles de los cobradores de impuestos del Puente de Piedra y hortelanos sucesores del tío Jorge. 

Y del norte por la calle Sobrarbe bajaron los Aragón a conquistar Zaragoza por el único paso con algo de sujeción para plantar un pesado puente, rodeado de lagos y galachos de los que queda el nombre en la promoción “Balsas de Ebro Viejo” y el alma en los garajes que se enronan de agua cuando sube el freático, la laguna pontina debajo de la costra de gravas.

A este conjunto de entornos sanos y arbolados, ideales para vivir, de la margen izquierda zaragozana, vertebrados por la Estación del Norte, yo lo denomino Brooklyn. Es mi homenaje consciente al paisaje urbano de la mayor parte de novelas de Auster. Que discurren en su barrio, de cogollo judío y extensión hoy latina.

No se quejarán de mi afecto oscense y apropiación del emblemático nombre para devolvérselo a Zaragoza Norte, otra ciudad. Esa en que se urbanizó como incisión sin relación el Actur o Polígono Rey Fernando, PAU que desde mi provincia recibió el malévolo nombre de Huesca Sur.

Como saben mis queridos allegados, a los que inundo con fotos casi todos los días de la puesta de sol del Ebro teñido de fucsia y naranja contra el Pilar y la Seo desde el puente de Hierro, en que queda quemado su skyline como el de Estambul desde Galata, el río y sus puentes son mi Smoke particular.

Por eso me salgo de Aragón y glosemos su nacimiento y paso a la posteridad, previa reencarnación en forma de gota fría que vuelva a regar el precioso valle de Campóo.

Con el Montsiá y las sierras de Cardó en su fondo de poniente, el plano Delta del Ebro se abre conformando un magnífico triángulo al este del puente de Amposta. Paso de belleza semejante, por tratarse de un puente colgante con cadenas o catenarias por cable, al espléndido de Budapest y diseñado por el ingeniero Ribera. 

Este proyectista fue autor de otras magníficas intervenciones pioneras en el uso de hormigón armado encofrado en ferralla, como el poco conocido pero airoso, pese a ser macizo, sifón por el que salva el río Sosa el Canal de Aragón y Cataluña.

De construcción posterior pero próxima en el tiempo a los puentes de hierro que lo salvan aguas arriba, entre todos los de Gallur y del Pilar que es mi trípode, las pilastras con arco del puente de Amposta permiten salvarlo en un punto en que el río discurre con una anchura aproximada a cien metros. Hasta fechas recientes en que se erigió el de Deltebre, era el último puente del valle, el último de sus vados humanizados.

Aguas abajo del viaducto, el limo del delta ha conformado un paisaje de cambiantes colores según las estaciones del año debido al predominio en sus cuadrángulos perfectos del cultivo del arroz: del gris espejeante cuando los bancales se cubren de agua, pasando por el verde doncella cuando crecen los tallos tiernos, hasta aquellos amarillos cadmio casi anaranjados de las pinturas de Van Gogh en otoño. Es el tiempo previo a la recolección del cereal y el glauco queda como testimonio en sus rastrojos.

El paisaje de cañas, agua turbia y barro completa la ecuación, así como chopos y tamarices alineados al modo del valle del Po, de profunda coloración verde y plata.

Al ecosistema hay que añadirle el específico de la franja costera conformada por  dunas de protección, presentes como en La Camarga y las afueras de Alejandría en el Delta del Nilo, en el brazo del Fangar.

La renovación constante y mezcla de aguas del río y penetración de agua marina hacen del delta un paraíso fecundo, en el que la la presencia de varios núcleos urbanos como Deltebre, Sant Jaume de Enveja o Poblenou no ha supuesto impedimento para la pervivencia de barracas o mases tradicionales.

La línea de costa arenosa del delta alberga muy pocos ejemplos de urbanizaciones que lo agredan. A su paisaje y estilo tradicional de vida ni a su reputada fauna compuesta por los reyes de su gastronomía: ranas, anguilas y patos salvajes, que se presentan estofados en paella de sofrito con arroz.

Este entorno final del Ebro es fundamental en importancia ecológica, único como lo son los del Danubio, Ródano o Nilo: tanto alberga colonias de flamencos de los que un día subirán como los cormoranes hasta dormir en las islas de grava en Zaragoza como bosques de tamarices salvajes. Pudiéndose aventurar que en un próximo futuro se convertirá en una nueva despensa, en reserva de algas y salicornias destinadas a la alimentación humana. Salvarlo no es una obligación, sino una conveniencia.

Además su fondo marino cercano y poco profundo es plenamente aprovechado para la producción de especies piscícolas marinas de acuicultura. La mezcla de aguas dulces y saladas es sinónimo de fecundidad.

La superficie regable dedicada al arroz y antes del Delta los cultivos de cítricos se alimentan de agua del Ebro a través de los caudalosos canales de la margen izquierda y derecha del Ebro, cuyo origen están en el azud de Xerta, desde el que proyectó Aznar en su día trasvasar agua a Valencia. Proyecto que no tiene tanto polvo porque siempre se desempolvará o se pincharán los canales si no se está haciendo ya, para que mal beba Barcelona y se rieguen los campos de golf en los que juegan Messi, hoy Lewandowski y Cruyff para siempre, tiqui taca, que se hacía la saliva con chupa-chups.
 
Vías de agua completadas para ampliar la superficie regable al sureste, por el Canal Marítimo, y al noreste, por el Canal de Camarles, que desaguan en las inmediaciones de San Carlos de la Rápita y en la Bahía del Fangar, respectivamente.

El centro del delta lo cicatriza el Ebro, que discurre manso e importante hasta el zigurat que conmemora su desembocadura y su mezcla con aguas salobres. Antes, uno de sus brazos, el de mediodía, da lugar a la Isla de Buda y otro de ellos a la más pequeña de San Antonio, que se divisan desde los barquitos que permiten recorrer el tramo final del río y son restos de su carácter navegable.

Alguien ha puesto una Virgen del Pilar a mano, se oye otra jota de Tortosa que subió como los muebles modernistas, llauts de Mequinensa arriba.

No siempre sopla cierzo, la vida es en su mayor parte un camino de sirga. Los cuentos y vidas de Auster están en Jesús Moncada.