Opinión

Un no espejismo: campaña budista de Navidad

De las fiestas de los pueblos ya muchos nos borramos, cualquier viernes puedes perderte con alguien, bailar, incluso apuntarte a nambudo en Sabiñánigo, oír jazz en Fonz y cantar un martes o un jueves en un coro. Cuál es la fiesta que hay que esperar entonces.
Luis Iribarren

De las fiestas de los pueblos ya muchos nos borramos, cualquier viernes puedes perderte con alguien, bailar, incluso apuntarte a nambudo en Sabiñánigo, oír jazz en Fonz y cantar un martes o un jueves en un coro. Cuál es la fiesta que hay que esperar entonces.

Los niños de colegios y jóvenes de institutos, cuándo van a clase con tanta visita crucial para su educación. A granjas, museos, el pueblo hermanado, un castillo que ven en un videojuego y puede que esté en Teruel, no se les dice no a nada. A ellos ni a sus profesores. Pero, como le pasó a Mercedes Milá, nuestros sobrinos no saben quién es Lola Flores o Adolfo Suárez-Barajas, dónde está el Miño no tuyo ni sufren porque no les toca memorizando ecuaciones.

El revés de esa moneda son los vermús laicos de Nochebuena, la permuta Reyes por hitos de compra americanos y sin ninguna magia porque no se premia la paciencia ni la ilusión de la espera ni se comparten juguetes humildes en el colegio a la vuelta de Navidades.

Entonces, cuál es la depresión que tantos usamos como excusa para borrarnos producto de estas fechas tan señaladas, señores psicólogos. Porque otra cosa es empastillarse porque el día acorta, la tarde es eterna, da tiempo a pensar en los idos de marzo y resto de meses.

Pero si una campaña navideña fuera como en Buenos Aires, a todo lo que da el día, visitando la playa en bañador rojo como en Sidney, dónde estaría la mitad de la depresión por imposición de estas fechas a las familias mayoritarias, las de single y monoparentales. Ni el alcalde de Vigo gasta el luz porque dice que con las led eso ya no pasa y que si el retorno. Y le están siguiendo hasta en Illueca y en el último pueblo Ferrero más iluminado sin críos en el colegio.

Esto es un show must going on, todos los críos en campamentos de invierno y con watios recetados sin un solo día liebre. Tengo debajo de casa una de estas guarderías de ocio para cumpleaños de niños y gintonics de liberación de sus padres de la generación de los 90. Se tiran la tarde dejándose las cuerdas vocales.

Ese es el escenario en el presuntamente llamado Occidente, o más bien en la Península que refinó el románico con resultado de creación del arte mozárabe y el gótico devenido en Aragón y Toledo en mudéjar. Otros países entienden que la conciliación mejor en casa y no hacer al personal adicto a la actividad.

Porque luego se tienen que colocar, país con mayor paro de Europa juvenil, estos príncipes y princesas en qué (o con qué, aún peor).

Dado que huyen al manga porque no puede haber una evasión más lejana y ahora que se va a poner de moda la atención al mobbing como necesidad, pensemos un poco a la japonesa, dejemos de dar vueltas y optemos por el modo otaku mental como ellos:

  • Cuántos laburos ofrece el mercado en que se pueda estimular la inteligencia o imaginación de tanto licenciado, de tanto niño tratado en un ambiente falsamente igualitario. Su no resiliencia a trabajos repetitivos, ¿no será una parte de la causa de su absentismo? En castellano coloquial: prefiero que mi hija no trabaje a que le limpie mierda a los ingleses para aprender inglés, que ya haré las horas que hagan falta.
  • Pero luego resulta que funcionan en trabajos donde no hay que utilizar tanto cerebro, y sí más las manos. Lo descubren más allá de los treinta y cinco, qué bien se vive no formando parte de la raza de los conquistadores, hibernando, siendo intelectual sin responsabilidad y solo viviendo para el ocio. Si se mira es un planteamiento tan zen… La vida sin orgullo ni inteligencia, ya la tuvieron tus generaciones anteriores. El reinventarse, renovarse y aprender más allá de los cincuenta, común como mensaje dirigido a quién de los del whatsapp. Especialmente utilizado por ellas. Los otros ponen mucho cosas de bicis o gas gas.
  • Cómo puede llevar una persona supuestamente instruida que un presunto superior en la empresa o administración española te bendiga diciendo que te da un trabajo sencillo, a la altura de tus posibilidades, que te está dejando no destacar. Porque si lo haces puedes llegar a abortar el ascenso del que sabe elegido, del que no se puede negar a informar favorable.
  • Se dice como principal defecto del comunismo chino, de la organización piramidal empresarial japonesa, que a cambio de la justicia en el ascenso, como no se puede arrasar como Napoleón y va tan lento, fomentan la delación. ¿Verdaderamente es una afirmación que solo puede hacerse de la cultura organizativa de Asia, heredada del sistema de castas, hoy clases, de Buda y Confucio? ¿Es que aquí los padres no animan a sus hijos a denunciar a otros? Si ello no es así, ¿cómo es posible que sea la única opción de tantos para progresar o sobrevivir en política?
  • Un occidental trata de tú a su jefe, piensa que la amistad o relación familiar es más importante para escaquearse o amenazar que aplicar ningún convenio o código interno, se siente acorralado con facilidad, su presunta libertad le parece a un asiático pretenciosa, un lujo o combate estúpidos. Quejarse les resulta un acto impropio e inmaduro, además de que tienen siempre presente que agrava los problemas.

Tanto en Aragonia, como en Catalunya como en Senegal, la eficiencia en la atención básica en hostelería y en comercio, mañana en obras pero también juego o prostitución, los pueblos de Asia la desarrollan en nuestras narices.

 Jerárquicos y silenciosos, no pierden el tiempo en protestar y lo vemos. Atienden a los estudiantes españoles a euro el botellín, hablando de sus tesinas y trabajos, impertérritos.

Para ellos la campaña de Navidad es una oportunidad, nunca una crisis sentimentaloide.

Somos para ellos jóvenes, inexpertos, carentes de vergüenza y nos quieren en el fondo gritar y arrastrar por nuestro fango moral incluso a los sesenta años.

Ven que nos atribuimos con demasiada facilidad opiniones e iniciativas sin consultarlo con nadie, sin pedir opinión, siendo culpables sin posible confesión del pecado mortal de tener iniciativa.

Saben que no tenemos paciencia para fingir que estamos ocupados sin más (dejar brillantes las copas de vino de los bares, qué placer olvidado). Demasiado dados a presentar una dimisión, asisten en sus bares a ceremonias de celebrar un despido entre amigos, perciben que nos parece que no tiene nada de deshonroso, ni nos supone ninguna afrenta. Resultado: facturan igual.

En esa especie de inmortalidad o libertad de opinión permanentes y, por supuesto, definitivas educamos a los críos de cualquier estrato.

La pregunta es, ¿les va a servir para algo si quieren hacer carrera en un partido político o sindicato, o se debería transmitirles el culto al jefe inmediato, que no ha de parecerte en modo alguno ni con transparencia que puedas llegar a hablar con Sánchez o Azcón?

Porque, ¿no es eso lo que verdaderamente e incluso en occidente se van a encontrar?