Opinión

Refrescos de verano: las tapas como parte de tu vida de “vermuteo y tardeo”

Pasemos a la vida postelectoral, ligera y con burbujas, de tarde de leche merengada con barquillos, de paseos con saludo a la remanguillé a los, hoy presuntos, amigos de la infancia. De insolación de sobaco por tanto hasta luego ayer en la playa de Salou, hoy en España a la altura de Vinaroz.
Luis Iribarren

Pasemos a la vida postelectoral, ligera y con burbujas, de tarde de leche merengada con barquillos, de paseos con saludo a la remanguillé a los, hoy presuntos, amigos de la infancia. De insolación de sobaco por tanto hasta luego ayer en la playa de Salou, hoy en España a la altura de Vinaroz.

A la gastronomía española se le identifica, entre otros sublimes logros culinarios, por la abundancia en combinaciones y calidad de sus tapas. Además de por su renovación constante. Hay esparcidos por el mundo más bares con ellas que sedes del Instituto Cervantes.

La historia respecto de su origen presenta aspectos que rozan lo épico, las versiones abundan y todas tienen su parte de verdad.

Según ciertos gastrónomos, la pasión por ellas viene de que se empezaron a poner lonchas de jamón para evitar que entrasen insectos en las copas de vino por los jornaleros en la Edad Moderna, con inicio en la Mancha, lo que tiene reflejo literario en esa enciclopedia culinaria que es el Quijote y otros textos del siglo de oro.

También se afirma que es anterior la procedencia, como lo es la de los rebozados propios de la cocina sefardí. De suerte que el propio Alfonso X, monarca de Castilla, las incorporó en una de sus instrucciones higienistas como medida política para paliar las altas tasas de alcoholismo de sus entonces escasos súbditos.

Y así les dieran el vino malo o casi vinagre con queso. Por eso, muchos pensamos que cuando es bueno hay que tomarlo con blanco seco o sidra como pasa con las pastas de quesos azules.

Como tantas otras manifestaciones del estilo de vida peninsular, las tapas cual toro de Osborne culinario y el propio vino fino que publicitan, se han venido extendiendo del sur a norte peninsular.

Puesto que permiten una colación de mediodía junto con una bebida, alcohólica o no, suficiente y escueta en esa mitad de año de día largo de paseo con vermú de calor excesivo, en los que deben evitarse digestiones pesadas. Resolviendo una fritura correcta, un gazpacho o unos huevos de codorniz con jamón, pasar hasta la noche en que bajan las temperaturas y se puede comer.

Como en todo mal que pese hay memoria histórica, quizá sea en la franja peninsular occidental y cornisa cantábrica partiendo de Galicia y hasta Euskadi donde tengan las tapas menos predicamento y, para combatir climas menos asoleados y húmedos, los países del noroeste siguen retranqueados en los cocidos de proteína con cachelos o patatas fritas, para meter calorías al reuma. O en los botillos y legumbres con embutidos ahumados a pasarse con un buen vino atlántico, blanco godello o tinto mencía según los gustos, servido en tazón.

Con la excepción de una buena tapa o ración de empanada, entre mis favoritas la de berberechos o mejillones.

Como toda regla parte de su excepción, existe unanimidad en considerar a San Sebastián el punto de destino y renovación, el lugar con efecto demostración al menos para todo el Valle del Ebro.