Opinión

Azules Muel

Venía a decir el Goethe cronista de sus viajes que no se está como en ninguna parte sino arriesgando como forastero; como afirmó que viajar y aprender nuevos idiomas sirve para conocer más los propios, en nuestro caso permiten ver Aragón con otra perspectiva y así valorarlo.

Venía a decir el Goethe cronista de sus viajes que no se está como en ninguna parte sino arriesgando como forastero; como afirmó que viajar y aprender nuevos idiomas sirve para conocer más los propios, en nuestro caso permiten ver Aragón con otra perspectiva y así valorarlo.

Es lo que sucede con la cerámica o loza de Muel y cómo las recuerdan, por su aire de familia, la arquitectura de Isfahán o Samarcanda recubierta de baldosas de mayólica entre azules y verdes; colores que llegan con los selyúcidas a la Puerta de Oro de Estambul y se usan con profusión por la cerámica verde turquesa de Izmir, engalanan la mezquita azul; pero también esa gama de colores está presente en la cerámica más verdosa nazarí de Granada. Impresionantes parentescos que denotan el origen de la producción muelense.

En cualquier momento del año, con cierzo o con solana, en otoño para ver pámpanos color óxido, exposiciones o neveros, una vuelta de un día y desde Zaragoza por  Botorrita-Fuendetodos-Cariñena que incluya visitas a museos de grabados, cata de vinos denominados o de pago, un paseo por embalse romano en Mezalocha; todo rematado y adobado por finalizarla en el  Parque y talleres cerámicos de Muel, es común como plan para cualquier aragonés y también ha venido siendo potenciada con la vida de Francisco de Goya como eje.

El pintor de Fuendetodos pero con algo de origen vasco y vinculado con Zuloaga incluso por geografía –según hemos disfrutado en reciente exposición en la Lonja- huyó en sus comienzos como ninguno de la pintura barroca, de esos colores terrosos oscuros de Velázquez y no digamos Murillo.

Combinando con precisión y como Bayeu los colores pasteles presentes en los amaneceres y puestas de sol de las mesetas y muelas zaragozanas, en esos frecuentes días de violenta y precisa luz de cierzo: de naranjas y grises en banda cuando escampan las tormentas de mayo. Aragón es mina y cielo, con pocos toques de bosque y agua.

El resultado ha sido el conocido por disfrutado: hasta las pinturas negras, esa gozada para los sentidos que son sus bochazos de colores carmín desvaído, gris que no duele o azules lejanos a los de Prusia, poco afilados y amables en sus escenas de tapices, en el bellísimo cuadro del “Quitasol”. Sin renunciar cuando el tratamiento lo requiere a la combinación y aplicación de todos los colores púrpuras y burdeos en vestimentas reales o de obispos.

Esos colores tempranos y frescos, elegantes por moderados, que dan brillo y luz a las pechinas del Pilar, Remolinos, frescos murales de Aula Dei o la intervención en la propia ermita de Muel del maestro. Hasta sus grabados y pinturas negras dominadas por sus demonios personales y que tanto inspiraron a las generaciones posteriores artísticas, fue un autor luminoso y pariente de Vermeer. Alegre, especial y enérgico, capaz del detalle sutil, aun encerrado en ese cuerpo que tanto parentesco tuvo como el de Francisco Rabal. Atractivo por directo y empecinado, con ojos de mirada de fuego.

En Muel y su loza, sin embargo, domina cierto monocromatismo azul cobalto. El estampado que está presente en las torres o los antiguos rótulos de las calles de Zaragoza y otras localidades zaragozanas, que tanto se echa de menos, cuando en Granada o Toledo ha sido mantenida la tradición.

Las cenefas ejecutadas para la familia Luna por los moriscos de Muel que afinaron y desarrollaron su tradición azulejera, hasta culminar su maestría en la celebrada pared norte de la Parroquieta de La Seo.

El vocablo castellano “azulejo” no viene sin embargo del color azul sino de la acepción árabe “al-zulaich”, o ladrillo pequeño. Naturalmente, como especial, producido para vitrificarlo. Como el arte musulmán más que árabe no fue sino el de la tradición parsi pasado por Bizancio, su cerámica ornamental recogió tanto la influencia de la magnífica cretense o egipcia como la del uso de mosaicos de piedras de colores de la Roma de Oriente. Tallados y cortados en piezas más grandes que los utilizados para los solados de las villas y monumentos romanos. 

La palabra que utilizamos para designar el cielo y el mar comparte origen árabe y persa, “elazurd”, utilizada para denominar a esa gema azul ultramar que hoy conocemos como lapislázuli. Sin embargo, incluso lenguas peninsulares como el catalán utilizan la acepción de origen nórdico “blau”, quedando contra todo pronóstico la latina cian como la de menor uso y para designar un tipo de este color, de saturación entre el azul y el turquesa (lo que viene a ser un azulón de traje).

En aragonés, la cerámica de Muel también era blau o blava. Azul y azulejería de Muel son entonces dos arabismos encadenados.

Según se cocieran y las tierras y la presencia de más o menos cobalto, como puede comprobarse en la torre de la iglesia de Utebo, el resultado de los azules de Muel vistos desde abajo o en las aguas de un jarrón, oscila entre el turquesa y el azul marino claro, sin alcanzar el azul índigo casi añil o violeta muy oscuro, de ribetes de vino de garnacha.

Cuanto más noble la pieza y según los temas ornamentales como pájaros o motivos florales que eran los comunes en el principal alfar de la Corona de Aragón, el valenciano de Manises, más presencia se da para matizar e introducir segmentos lineales de verde Teruel o detalles dorados al conjunto en alas de pájaros.

Un paseo por la localidad abre la mente en cuanto al uso potencial actual de los azulejos, rotos y trabajados de mil maneras, en relieves o composiciones de arte urbano. Como otros por su cercana Alfamén o la más lejana localidad de Torrellas, cerca de Tarazona, trasladan el efecto de esperanza que introduce el arte urbano en localidades cuya población viene envejeciendo.

Un listado sobre las actividades artesanales patrimonio vivo de la Comunidad, manteniendo que una tradición que viene del siglo XIV no peligre, ya hemos apuntado que parece imprescindible para que perviva cocer y policromar barro en los alfares.

O de seguir comprándose solo en plataformas, hasta el zoco de Marrakesh se instalará exclusivamente por motivos de escenografía necesaria para el turismo.