Opinión

Aragonesxs: Paz Abad

Acaba de morir la pared maestra de la vida de mi madre, su motor de amistad y hermandad que ha ido más allá del soporte económico y cariño de mi padre. Al que conoció muchos menos años.
Luis Iribarren

Acaba de morir la pared maestra de la vida de mi madre, su motor de amistad y hermandad que ha ido más allá del soporte económico y cariño de mi padre. Al que conoció muchos menos años.

Una persona que llenó sin salir de Berdún cada segundo de los que coincidimos o fuimos criados por ella.

Panorámica para vivir y sentir, tenía una visión de la vida y los que por ella gateamos, si nos comparábamos con esa catarata del Niágara, de trescientos sesenta grados y ochenta kilómetros de este a oeste, del monte Canciás de Fiscal a los molinos de la sierra de Izco en el puerto de Loiti.

Os voy a resumir qué hizo, significó y pensó esta persona que cundía como veinte, la caporala a sus 93 años de las partidas de guiñote y bingo de mis amadas abuelas y mujeres de Berdún. Todas os darían agua y longaniza aun sin conoceros, os cuidarían el perro sin entender por qué tener uno y, lo más importante, os pondrían bien en el hombro la costura del jersey para no dar vergüenza propia. Es una hospitalidad que si queréis sentir tenéis que correr para hacerlo, porque genera una serenidad más allá de todo yoga ni senderismo.

Paz comparte nombre con una de sus hijas pero no sé si llegó a saber nunca que también con mi abuela Irene (Eirine), nombre que en griego significa lo mismo y porta su nieta mayor. También os adelanto que de paz tenían poco, que sus gritos se oían en barrio alto desde barrio bajo, que lucharon con clase pero a veces excesiva rasmia por nuestras vidas.

Vivieron unos tiempos tan bárbaros que todo lo han entendido.

Mi abuela se deshacía y peinaba el pelo al sol para hacerse el moño y lo sujetaba con un pasador de nácar. Paz, muy buena costurera, cambiaba y arreglaba cuellos y puños de las camisas y abrigos con mi madre, Segunda y otras vecinas. Así cuando tenían que subir a Jaca o ir a servir a Pamplona, parecían siempre vestidas de domingo.

Como la clase no se compra… También se la compartieron… Con todo lo que navegaban por los campos, llevando comida a los pastores de sus casas a las pardinas de diez kilómetros desde niñas, cómo entender que en su vejez todas podrían ser modelos de cremas de cara de las caras. Cómo nunca se socarraban y su piel siempre tenía color de cascabillo rosa.

En una fotografía encontrada por mi tía del bar que parecía un casino de Berdún, se llamaba Casa Domínguez y se hacía baile todos los domingos, Paz aparecía llenándolo todo en un grupo de diez personas con José, su hombre desde los dieciséis años, y otros vecinos que también han sido más que familia. Con un precioso vestido de los anteriores a los que ahora llevan las que bailan jazz, dominaba con su mirada directa la escena como una Ava Gardner de la montaña de Huesca. Sabía que era atractiva y presumida y es el ejemplo de que quien tiene retiene sustancia.

Divertida, sonriente, fuerte, vivió además una vida especial de golondrina que le dio comprenderlo todo y a todos. Eso le legó un poder sobre situaciones y personas, creó tal imán, que cuando la visité hace una semana es de las pocas veces que he sentido que una persona perdía tan de repente su aura y centro magnético.

Su fotografía de estrella del cine me conmovió y sorprendió porque desde crío la había visto trajinando, nunca disfrutando. O es que sí, porque yo ahora lo hago como ella, en el día a día, probando el primer sorbo del vino que sale de la prensa que es el tiempo.

Legendarios, y lo he vivido, eran sus mondongos en que repetía la sazón de mi abuela haciendo aún mejores beritacas y salchichones de cerdo con pierna de jabalí –la pimienta siempre un poco valiente-.

Descomunales los cabreos y risas que le provocaban ir a la huerta y el huerto, momentos en que intentaba ordenar y perdía cultivar a su familia solo a su manera, como toda su generación.

No podía ver, ni ningún abuelo, los surcos de las bainetas con hierba, las apartaba a ajadica y entrecavaba mejor que cualquier hortelano de la Canal y, si no, lo jodía todo de sulfato para ver el terreno libre de malas hierbas.

Qué decir de las conservas de tomate y más aún de membrillo que la ocupaban casi un mes desde mitad de septiembre, feria de Berdún.

En la vejez volvió a la elegancia, esa que han heredado sus hijos que viene de las mujeres de Casa Lacasta. Guapas pero sobre todo dignas, sonrientes y abiertas.

Paz vivió un aprendizaje colosal para su momento y época cuando ella y José emigraron a Mont de Marsan, en Bearn. Quiero pensar que se fijaría en todas las modelos y revistas de alta costura francesa de su mejor momento: el de Balenciaga y principio de Rabanne.

Hasta este verano vivió leyendo, comprendió los telediarios, adoraba como lo hacía a su hijo Jorge a Messi. Porque mi hermano pequeño y Carlos y Óscar, su otra familia, y la mayor parte de Berdún mira en fútbol y ganarse la vida a Barcelona. Pero todo eso fue fruto e hijo de su paso por Francia: no hacía falta que nada la refinara pero le pasó sin ir a buscarlo.

José cuando se casó dejó de tocar su violín, en la funda, que me enseñaba siendo yo niño. Así lo decidió y dijo en el bar, y Berdún y la Canal perdieron a su mejor músico de oído. Pero las melodías y voz de Paz nos han seguido acompañando a sus familiares y vecinos hasta casi su último momento.

Que le iba a pasar algo yo lo comprendí y se lo dije a su hija cuando se levantó con una fuerza de generaciones de transhumantes a bailar un pasodoble con una mujer de Villarreal a sus 92 años este pasado 8 de septiembre de 2023, en el vermú de las recuperadas Ferias de Berdún.

Nos miramos los que la queremos, que somos toda la Canal, y dejamos de bailar para verla feliz. Aquel día fue el que yo la lloré y la imagen permanecerá en mi memoria imborrable.

El resumen de toda una vida en una pieza tocada por dos músicos de Jaca, como su hombre hizo yendo de pueblo en pueblo a tocar para que los demás bailaran a cambio de comer y vino.

De donde sacó esa última fuerza, cómo fue epicentro de semejante terremoto lo dijo ella misma: esta es la pieza que siempre bailaba con José.

En muchas más ocasiones de lo que sus hijos saben, la he escuchado atentamente como a mi propia madre, aconsejándome y comprendiéndome, como a Esteban que todavía queda y siempre estará en mi vida, las noches de verano en el Puntal de Berdún.

Ha muerto la columna maestra del Barrio Bajo de Berdún, la mejor cristiana que he conocido por coincidir ética, estética y atrevimiento. Tan mi madre fuera de mi familia ha sido, que la mía se puso a hacer cosas como si hubiera estado con ella, se bajó a echar una partida en el centro cívico de la Estación del Norte y agradeció a la vida que semejante personaje se haya ido muriendo en su casa como nació y viviendo casi en plenitud, mental toda, sus últimos años.

Mandando, riendo, llamándome zancarrón y perrecallo desde los cuarenta años solo con la mirada. Hoy se quedará en el nicho a la izquierda de mi padre, con su querido José y el violín y sellará inconsolable la lápida su hijo Jorge.

Después de nosotros otros lo harán o nos lo haremos unos a otros. La corriente del ventilador suena fea y la capoladora de Paz de embutido de manivela… pues eso…

Más allá del amor.