Opinión

Desiertos de Navarra y Aragón

Los paisajes esteparios y casi desérticos más próximos al centro de Europa son los del valle del Ebro. 
Luis Iribarren
photo_camera Luis Iribarren

Los paisajes esteparios y casi desérticos más próximos al centro de Europa son los del valle del Ebro. 

En menos de cien kilómetros de recorrido norte a sur, en la cuenca central del río se pasa de los bosques y prados alpinos y de clima atlántico de Roncal y Salazar a masas mediterráneas de pinos y carrascas en la Navarra de las sierras medias y, más al sur, se llega a las tierras blancas de páramo, arena y hoy parcialmente en regadío de los términos de Caparroso y Valtierra. 

Cuestión idéntica acontece en la provincia de Huesca en cuanto a la relación de paso presto del abrupto y frondoso Pirineo alpino, a los somontanos vestidos con bosques mediterráneos y, donde no alcanza el agua de riego, pre desierto en la comarca de Monegros.

El sureste de Bardenas (Landaluce o tierra blanca en euskera, pero que en castellano significa pardina con cerca alrededor) y en territorio aragonés, las estepas de Monegros, el Planerón de Belchite o el desierto del Bajo Aragón-Calanda contienen elementos de los paisajes mundiales torturados. Esos que reciben denominaciones de “bad lands” o tierras malas y valles de la muerte de otras latitudes como Nebraska, centro y norte de Argentina y Kazajstán, todos ellos reservas de la Humanidad de biodiversidad. 

Tal es la importancia de estos planerones repletos de ramblas erosionadas con capas de galleta multicolores que se encuentran asimismo en el que se conoce como “Far West atecano” –la sierra de Armantes-, los cabezos inmediatos a la desembocadura del Jiloca, la roja óxido Rambla de Barrachina cercana a Teruel o los cabezales de Tramaced y Marcén, próximos a Monegros.

De considerarse por generaciones tierra inhóspita, únicamente apta para hacerse arroces de fardacho, la extensión interminable de acampos con refugios, corralizas o apriscos para la trashumancia de invierno, áreas sin valor e incultas por no regadas para otro uso que no fuera el ramoneo de cabras y ovejas, hoy ha pasado a valorarse y protegerse.

Nos encontramos ante joyas ecológicas por su flora y fauna propias; en peligro por falta de protección donde no se decrete la misma y se aumente la superficie de regadío. Pues la nueva vocación de estas fincas y vales propiedad de grandes ganaderos y municipios es siempre concentrarlas y reparcelarlas o que sean alquiladas para la promoción de plantas eólicas y solares.

Cada metro cuadrado de nuevo territorio civilizado puede afectar a la renovación de la avifauna de los páramos del Ebro, apreciada en toda Europa y fuente de turismo respetuoso, con usos que la esquilmen de forma importante aunque reversible. Se pone como excusa llevar juventud donde hace cien años tuvo que marchar.

Especialmente son valiosos estos paisajes, como las muelas que rodean por el sur la ciudad de Zaragoza y en el Castellar, en cuanto a hábitat de vida y nidificación de las aves de páramo como el cernícalo, el alcaraván, la ganga y los aguiluchos o cernícalos. Donde haya lagunas saladas y láminas de agua por escorrentías de invierno, abundarán las colonias de varias especies de patos, de cigüeñas e incluso grullas de paso.

En cuanto a los mamíferos y reptiles que las habitan, los páramos y saladas se constituyen en reservas de batracios y se ocupan por abundantes conejos, liebres y zorros. En el caso de las Bardenas navarras, sus vales erosionados son reducto del peculiar lagarto ocelado. Estas especies que en los Monegros oscenses de denominaron tradicionalmente como se ha recordado “fardacho” y se incorporaban a un arroz especial gelatinoso cercano al de cresta de gallo.

Por su falta de precipitaciones, estos páramos son el territorio en que reinan como especies silvícolas la sabina nigral y el tamariz en los barrancos. Donde ya no quede suelo o sea demasiado salino, encontraremos matas de arbustos esteparios, ontinas o sisallos y plantas de esparto, además de espacios desnudos carentes de vegetación.

Ante el avance implacable de la desertificación, los hábitats citados constituyen un banco de pruebas fundamental para el ensayo de semillas de frutales o de forrajes cada vez más resistentes al calor constante veraniego.

Nos encontramos ante el suelo edafológicamente más próximo al del Desierto del Neguev en Israel, profundamente estudiado desde la Universidad de Beersheva; al de las ramblas de los ouad del sur de Marruecos en que el árbol rey es el argán y a las depresiones torturadas de Yemen, donde nacieron los cultivos de lujo del café moka y todavía quedan algunos árboles de incienso.

El vino de desierto de Lanaja, la miel de Bardenas y su cordero, los melocotones de secano del desierto de Calanda son nuestros néctares bíblicos sagrados en el Valle del Ebro.

Luis Iribarren, nieto de ganadero que trashumaba hasta Landaluze