Opinión

Tu alianza que vendiste al separarte por despecho, Mponeng y la bóveda de Vredefort

Luis Iribarren
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Una vez hace ya casi diez años me tiré un mes en Soweto, Sudáfrica. 

La huelga de transportes y hospitales que padecía cierto país no me dejó moverme sino hasta Pretoria. La mayoría negra quería participar de “las plusvalías” de los gobiernos del Congreso Nacional Africano encadenados durante veinte años y que “se vendían al capital”. Es jodido ver que gobiernan los tuyos y a ti no te toca nada; como lo es, se vengaban manu militari lo que solo ha dejado de provecho la imborrable literatura del maestro Coetzee.

Pero ya que… desde que te llegaste solo vivo cantando, vivo soñando, solo quiero que me digas qué está pasando, cuántas noches callando… aproveché la parada técnica y acojone general para quedarme quieto, y así viví en primera persona (la de cantar con ellos) varios recitales del coro principal del partido hegemónico de Mandela. 

Esos que forman los que juegan fútbol y beben vino, y en que no se admite a los que juegan rugby afrikáner y beben Lion Lager. Menos a Johnny Clegg y Paul Simon (y a mí y a otros de paso, gracias a ellos y al trompetista de Soweto Hugh Masekela, volad a oírlo).

Tenía tres objetivos mi visita, que yo me tomaba como irrenunciables (muchas risas de lata): apretarme una botella de sauvignon blanc en la región del Cabo previo cruce en tren del Karoo, ir a ver Durban donde predicó y vio sus sutras mi molesto Gandhi y visitar la bóveda de Vredefort, carca de Joburg, el mayor impacto de meteorito mundial, mi nirvana geológico. Pero no pude, y me tengo que limitar hasta hoy al pequeñico pero muy amado de Rodenas de Teruel.

Qué país y geología la sudafricana, es de escándalo. Las Drakensberg, el monte de la Mesa, pero también la acción humana en las minas a cielo abierto de cientos de metros excavados para buscar oro y diamantes. Ya os digo yo que las de lignito de Ariño y Andorra son una tontadica en comparación. 

La fiebre del oro hoy se ha trasladado a Nueva Guinea Papúa. La carrera de relevos se inició en las Médulas de León, pasó por Californication la fiebre y luego subió a Yukón –mi abuelo Javier todavía vivió sus coletazos el año 1913 en la San Francisco recién urbanizada tras el terremoto que la devastó- y hoy la batalla se libra en Sudáfrica y Oceanía.

El oro lleva un carrerón exponencial de subida. Valor refugio transmitido de generación en generación para los emigrados como yo con origen rural, los del sur de Italia y pueblo gitano, cuando se desbarata al alza su precio indica hiperinflación y advertencia de conflicto mundial.

Es el principal indicador que yo conozco, puesto que el coltán, el platino o el iridio no solemos tenerlos en casa ni lucirlos, no tienen ni kilates, ni vas a encontrar en Delicias un cartel de “compro mercurio”. El brilli-brilli es lo que nos va y nos lo pasamos pirata viendo Golden Eye, de 007 que según los precios actuales ya pasa a ser el agente 084.

Sí, el precio del oro es la balanza o barómetro de la situación política y económica en el mundo porque se ha comportado como depósito de refugio de los países emergentes, que no hacen sino padecer las criptomonedas o las depreciaciones de yuanes y dólares porque a mí me peta como gendarme pintar de blanco mis deudas. Inicio de la idea: la España de la Edad moderna.

Además es un símbolo de poder: de alta y baja estofa. Avalado por su fama de metal maleable, al que todo le viene bien e incorruptible por inoxidable. Puede que, tal como va la cosa, lo que yo tenga de más valor sea el sello de mi primera comunión con mis iniciales.

Su valor se incrementa derivado de su belleza y reflejos pero fundamentalmente de su escasez, cada vez mayor, y del incremento consiguiente del coste para extraerlo.

Como sistema mundial de referencia financiera, el patrón oro se impuso desde finales del siglo XIX como valor de unidad monetaria por el Imperio Británico –en su momento de mayor expansión y poco edificante política exterior de guerras del opio- y, como la Restauración española, no saltó por los aires sino hasta la Primera Guerra Mundial en 1914. El maestro francés Vuillard nos ha regalado con páginas resonantes sobre los protagonistas empresariales de la misma, los que se beneficiaron como financieros y armadores de los ejércitos, causantes de una situación de híper inflación que provocó la huida del oro… hacia… sí, los EEUU del simpático virginiano Woodrow Wilson. 

Ese puritano que declaró a los primos de América inicialmente neutrales para ir al frente pero, amasado el oro, dictó la ley seca –porque cerveza era y aún es asimilable a Alemania- y participó en la Conferencia de París y Tratado de Versalles con su alucinante idea de que el derecho a la autodeterminación, dirigido a debilitar Europa, fuera la base de la soberanía para trazar fronteras.

Como las suyas ya habían llegado al Pacífico y el oeste estaba conquistado, no le importó que Gran Bretaña las trazara rectas en África, el Oriente Próximo y en Sudáfrica se quedaran dentro enclaves que son otros países. En los que también puede haber oro.

El oro está triplicando su valor. Sé consciente y mira el tiempo en el teléfono. Nos vamos con unos octosílabos del infravalorado Victor Manuel, qué te puedo dar que no te hundas, que no vea en tus ojos, reflejos de cristal:

El oro, padre del pan   Y madre de la cultura
Tesoro de los piratas,
Con gemelos y corbata,  El oro que en las coronas,
Hace refulgir el sol.

Primo hermano del diamante,  Primo hermano del carbón,
El oro que tapa bocas,
Rompe manos que amenazan.   El oro que las vergüenzas
Encubre con gran pudor.