Opinión

Derechos Humanos: 75º aniversario de una convicción compartida

Al término de la II Guerra Mundial, a la vista de los horrores y sufrimientos padecidos por millones de personas, algunos Estados miembros de la ONU, fundada en 1945, entendieron que el reconocimiento de los derechos más radicales de las personas y los pueblos era el camino insoslayable hacia un mundo mejor.

Al término de la II Guerra Mundial, a la vista de los horrores y sufrimientos padecidos por millones de personas, algunos Estados miembros de la ONU, fundada en 1945, entendieron que el reconocimiento de los derechos más radicales de las personas y los pueblos era el camino insoslayable hacia un mundo mejor. Tres años después fue aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En el preámbulo se presenta como “el ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse”. Considerada como una referencia clave en el progreso moral de la sociedad, la Declaración Universal de 1948 contribuye a tomar conciencia del patrimonio de valores que pertenecen a la gran familia humana.

La elaboración del documento no fue fácil. Los miembros del Comité encargado de la tarea, liderados por Eleanor Roosevelt (1884-1962), mostraron su creatividad, perseverancia y capacidad de diálogo para llegar a una posición común. El acceso a los diarios de Roosevelt, viuda del presidente de los Estados Unidos fallecido en 1945, permitió a la profesora de Harvard, Mary Ann Glendon, presentar en un libro las tensiones políticas y las diferencias filosóficas de los redactores (Un mundo nuevo, 2011). Procedentes de distintas áreas geográficas y tradiciones culturales, comenzaron sus trabajos en febrero de 1947. El filósofo y diplomático chino Peng-Chung fue uno de los protagonistas, junto con René Cassin, jurista ilustrado francés, y Charles Malik, filósofo existencialista del Líbano. Meses después, la UNESCO aportó la contribución de intelectuales de todas las culturas: filósofos seguidores de Confucio, hindúes, musulmanes, europeos y latinoamericanos. Varias aportaciones insistieron en la igualdad: a propuesta de la política india Hansa Mehta, la redacción “todos los hombres nacen libres e iguales” (art. 1) se sustituyó por “todos los seres humanos”; Minerva Bernardino, diplomática de la República Dominicana, fue fundamental para incluir “la igualdad entre hombres y mujeres” en el preámbulo de la Declaración; y la delegada de Pakistán, Begun Shaista Ikramullah, defendió el artículo 16, sobre la igualdad de derechos en el matrimonio.

¿Qué entendemos por derechos humanos? No son tanto normas jurídicas, como un sistema universal de valores que debe ser mantenido y cultivado en la sociedad. El acuerdo en algunos puntos básicos, sin dejarse atrapar por las divergencias, hizo posible el texto final. El reconocimiento de una condición humana, fuente de la dignidad de cada persona, fue punto de consenso, y también su dimensión social. Todo ser humano se sitúa ante la actividad libre de los demás como un valor absoluto, que deben respetar y promover: cualquier atentado contra esos derechos degrada a quien lo sufre y también a quien lo comete. En ese deber de respetar la dignidad radica la fuente de los derechos humanos.

Los derechos humanos no son algo otorgado por el poder, sino una realidad distinta y anterior a su reconocimiento por la ley. Con estos puntos de referencia, la intención de los redactores fue redactar un texto sencillo, que pudiera inspirar a todo tipo de personas. Sin ser perfecta, la Declaración de 1948 se limitó a reconocer 30 derechos universales, inspirándose en las grandes tradiciones de la humanidad. De ahí el gran consenso que suscitó en la Asamblea General de la ONU. En opinión de la profesora Glendon, los amplios catálogos que han surgido después en las democracias liberales (según la jurista de Harvard, se han llegado a contar unos mil) no sólo trivializan el significado de los derechos humanos, también distraen la atención de sus vulneraciones más graves. Los derechos humanos son algo nuclear: cualquiera con un mínimo de buena voluntad puede descubrir racionalmente que existen comportamientos gravemente indignos, opuestos a otros que expresan la dignidad ética de la persona.

En el 75º aniversario de la Declaración volvemos la mirada al Consejo de los Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra. Hace veinticinco años, el intelectual y antiguo disidente Vaclav Havel, convertido en presidente de la República Checa, pronunció en aquella sede un importante discurso conmemorativo del cincuentenario. Insistió en el concepto previo de la dignidad humana: mostró su convicción de que “el fundamento último de los derechos humanos se encuentra en algún lugar más allá de nosotros, incluso sobre nosotros” (16/03/1988). Aunque en ocasiones sea difícil captarlo, la dignidad del ser humano, y de igual manera su responsabilidad, es una cuestión central para el mundo: “llámese aspecto esencial, o su orden, su dirección, su alma, o como se prefiera llamar. Los cristianos -continuó Havel- lo definen de una manera sencilla: el hombre es imagen de Dios”. Con esa luz cobran un nuevo valor, más profundo y esencial, todos los aspectos de la vida.

La Declaración de 1948 creó las bases para una continua revisión de los programas, sistemas, y regímenes políticos, con la dignidad humana como criterio último. Cada persona es factor fundamental del bien común, porque es el bien más valioso de la sociedad.