Opinión

Letargo otoñal

Regresar a Aliaga, al pueblo que te vio nacer, el primer día de noviembre, para recordar a tus seres queridos es darte de bruces, a medida que te vas adentrando en la provincia de Teruel, con un silencio amarillo

Regresar a Aliaga, al pueblo que te vio nacer, el primer día de noviembre, para recordar a tus seres queridos es darte de bruces, a medida que te vas adentrando en la provincia de Teruel, con un silencio amarillo. Con esta sinestesia quiero plasmar todo lo que siento en estos primeros días de noviembre, un mes anodino, oscuro, grisáceo y con los inevitables días acotados. Y es que en los pequeños pueblos de la sierra turolense –igual que el al cada vez más vacío medio rural español – el otoño climático inaugura unos meses que anticipan el letargo invernal y nos contagian de nostalgia y melancolía. Es verdad que el paisaje muestra todavía sus mejores galas y que los chopos cabeceros conforman una variada riqueza cromática. Pero, en pocas semanas, mostrarán una desnudez que durará hasta bien entrada la primavera.

De todos modos, lo que más llama la atención en medio de este paisaje desolado –víctima también del cambio climático– es ese silencio, ese sosiego, esa ausencia de personas por las calles o por los caminos de cada uno de estos pueblos, semivacíos hasta el próximo verano. El contraste con el bullicio y la algarabía de las grandes ciudades, que han celebrado la noche de ánimas con el importado y ya arraigado Halloween, es impresionante. Por eso, uno duda que las decisiones políticas que se están tomando últimamente respecto al problema de la despoblación sean eficaces. Porque está claro que esto es una sangría de habitantes que lleva décadas sin encontrar soluciones. Casi no quedan jóvenes en los pequeños pueblos, muchas escuelas van cerrando sus puertas por falta de alumnado y los servicios básicos, especialmente la atención médica, no cuentan en ocasiones con el personal necesario.

Es precisamente este inicio del tiempo otoñal el que pone en evidencia los problemas del mundo rural. Se manifiesta como si fuera un sueño surrealista buñuelesco, pero no es así. Es la cruda y dura realidad. Es el día a día de las personas que viven solas. Es el grito silencioso de un paisaje de siglos. Nuestro llorado y recordado José Antonio Labordeta, que vivió en el Teruel profundo durante los años sesenta del pasado siglo, lo expresa con emoción en algunas de sus canciones. ¿Quién no recuerda las letras de Regresaré a la casa o Todos repiten lo mismo? Son canciones, con un trasfondo poético, que evocan esos paisajes desolados, esas casas vacías… Y que nos llegan al fondo del alma.

Quiero terminar esta reflexión con unos versos de uno de los poemas de mi libro VIVIR A CONTRATIEMPO, recientemente publicado. En ellos he intentado plasmar el peso emocional de estos días acotados de noviembre: “Noviembre sabe a niebla y a días acotados / surcados de silencios y gris en las aceras / teñidas de nostalgia. / Noviembre sabe a bruma y a solares vacíos, / a ladridos oscuros de perros sin destino / en el rincón estéril de los dulces ocasos.”