Opinión

Educar sin prohibir

Antes de entrar de lleno en el contenido de este artículo, propongo al lector interesado en el tema educativo esta pregunta previa: ¿Se puede educar sin prohibir?
Ariño

Antes de entrar de lleno en el contenido de este artículo, propongo al lector interesado en el tema educativo esta pregunta previa: ¿Se puede educar sin prohibir? En mis primeros años de docente, un compañero me recordó el ya conocido lema “prohibido prohibir” –una de las consignas del Mayo Francés del 68 – a la hora de enfrentarme a un aula con más de cuarenta alumnos de primaria. Su sugerencia me hizo reflexionar e intenté evitar el uso en la práctica de ese verbo, aunque tengo que reconocer que no siempre me fue posible. Esta reflexión previa está relacionada con la reciente prohibición por parte del Ministerio de Educación del uso del móvil en los centros educativos, tanto en las aulas como en los períodos de descanso.  Una medida para unos, necesaria, pero para otros, polémica y controvertida.

En mis últimos años de docencia impartí clases de Lengua y Literatura en Segundo de Bachillerato. Los alumnos y alumnas tenían la costumbre de desconectar el móvil antes de entrar en el aula y guardarlo en la mochila. Eso sí, había algunas excepciones y era necesaria una llamada de atención para que lo apagaran, antes de recurrir a una especie de secuestro y depósito en la Jefatura de Estudios. Sin embargo, en otras ocasiones, cuando se trataba de utilizar correctamente el Diccionario de la Real Academia o de leer algún poema del Romancero Gitano de Lorca, no tenía inconveniente en que desempolvaran su teléfono móvil, insistiendo en que solo era para eso y que dejaran de lado hasta la salida la navegación por las redes sociales. Tengo que confesar que mi experiencia fue positiva, aunque me exigía más cercanía al alumnado y una mayor motivación al respecto.

Eso sí, está claro –tal como afirmaba recientemente la escritora Irene Vallejo– que “El móvil es un cuchillo afilado, muy útil para el bien o para el mal”. Por eso, la medida del Ministerio tiene también sus pros y sus contras, y debe ser estudiada con calma por los equipos directivos de los centros y por los consejos escolares. Porque hay que reconocer que cada vez es más difícil poner puertas al campo. Pienso que es mejor sugerir, motivar y educar antes que prohibir de la noche a la mañana. No sé qué opinarán los docentes que tienen que pelear día tras día con grupos de adolescentes rebeldes y contestatarios. Quizás la mayoría vean con buenos ojos esta medida coercitiva, aunque me imagino que habrá algunos que optarán por dialogar, consensuar y recurrir a la tan olvidada empatía.

He empezado con una pregunta y voy a terminar con otra: ¿afecta directamente el uso inadecuado del teléfono móvil a la comprensión lectora? Tras el varapalo del último informe PISA sobre los malos resultados en comprensión lectora, los alumnos/as reclaman unas clases más dinámicas, una enseñanza más práctica y creen importante valorar la memorización, pero sin otorgarle un papel esencial. También insisten en que la clave está en la motivación y en una buena disciplina. Nadie hace referencia explícita al uso del móvil dentro o fuera de las aulas. De todos modos, pienso que son valoraciones sesgadas, muchas de ellas fuera de contexto. Porque la mayoría de los alumnos ya no leen ni estudian en papel sino en formato digital. Por eso, el uso de las tabletas en el centro educativo o en su domicilio se ha hecho ya un hueco en el proceso educativo actual. Queda en el aire esta última cuestión. En mi modesta opinión, la comprensión lectora se puede enriquecer con o sin el móvil. Las razones de estas deficiencias, según PISA, ya las han sugerido los alumnos/as.  Eso sí, habrá que estudiar detenidamente la medida y obrar en consecuencia según su eficacia y los resultados académicos.