Opinión

Biel quiere oradores

Desde la Edad Media había dos grupos de artes liberales (hoy les llamaríamos disciplinas universitarias): el Trivium y el Quadrivium. El Quadrivium integraba Aritmética, Música, Geometría y Astronomía, mientras que el Trivium comprendía Gramática (etimología, ortografía y prosodia), Dialéctica y Retórica.

Desde la Edad Media había dos grupos de artes liberales (hoy les llamaríamos disciplinas universitarias): el Trivium y el Quadrivium. El Quadrivium integraba Aritmética, Música, Geometría y Astronomía, mientras que el Trivium comprendía Gramática (etimología, ortografía y prosodia), Dialéctica y Retórica.

Pues este Trivium –la gramática escrita no sé si la dominan nuestros parlamentarios- es lo que hoy llamaríamos oratoria. Convencer, persuadir, exponer o conmover al hablar. Casi nada. Es precisamente en las Cortes de la Corona de Aragón donde la oratoria tuvo la mayor importancia. Porque no sabemos que fuimos el nido del parlamentarismo. Luego, ha habido por España y por el mundo grandes oradores. Desde el político inglés William Pitt hasta el aristócrata revolucionario Mirabeau o el también francés Thiers, fundador de la Tercera República. Desde Argüelles en las Cortes de Cádiz hasta Cánovas, Sagasta e incluso Manuel Azaña. Todos conocían perfectamente los refranes populares: ”Orador no convencido, a nadie ha persuadido”; “oradores de cartapacio, muchos pasan por saber”. Pero el mismo escritor asturiano Armando Palacio Valdés resumía claramente lo que en estos tiempos de crisis nos sucede: ”Hablar oscuramente lo sabe hacer cualquiera, con claridad muy pocos”. Que quede todo oscuro.

Pero en estos tan insustanciales tiempos, en los que apenas nadie tiene algo en la cabeza, para qué vas a hablar con sentido. Basta leer. Porque para leer es suficiente con haberlo aprendido en el catón. No hace falta poner sentimiento ni decir la verdad. El leer un discurso -salvo que sea en ocasiones solemnes- es signo de incapacidad del parlamentario o de que no siente lo que dice. O las dos cosas a la vez. Normalmente las dos cosas van juntas. El parlamentario es capaz de hilvanar una disertación si habla con el corazón lo que piensa. Si no –aparte de sus limitaciones, claro- se nota a la primera que está mintiendo. De allí vienen muchos de los males que aquejan a nuestra desorientada sociedad en crisis. En la que muchos de los que hablan, mienten. Y los que podrían decir la verdad, no hablan.

Viene todo esto de la oratoria a cuento de que el presidente de las Cortes de Aragón, José Ángel Biel, quiere que allí se fomente el parlamentarismo, se hable de verdad, evitando el tedio que los discursos leídos provocan en la gente. Lo que lleva -entre otras cosas- al distanciamiento de la ciudadanía de los políticos, causa de no menor importancia, del malestar actual, como se desprende de la última encuesta del CIS. No está mal que un político proponga algo de sentido común: que en los plenos ordinarios no se lean los discursos. Por lo menos, así trabajarán sus señorías preparándolos. Porque leer el papel que te ha preparado el asesor es algo muy habitual. Y muy sencillo. Así cualquiera.