Opinión

Llegada de las aguas del Canal Imperial a Zaragoza (III)

Las aguas del Canal Imperial de Aragón llegaron a Zaragoza en 1784 y el acontecimiento se celebró con regocijo.
José Garrido Palacios

Las aguas del Canal Imperial de Aragón llegaron a Zaragoza en 1784 y el acontecimiento se celebró con regocijo. Un hecho impensable para muchos zaragozanos que pudieron disfrutar de la «playa» en Torrero y de los viajes en góndolas, algunas con forma de cisne que dieron nombre al barrio de Venecia, situado al mediodía de la ciudad. También el Canal facilitó la construcción de edificios notables en el entorno, ya que su mayor altitud permitía la visión de amplios paisajes y evitaba, en parte, las nieblas invernales del fondo del valle del Ebro.

El Protector del Canal, Ramón Pignatelli, estaba feliz por el logro conseguido, pese a las innumerables dificultades encontradas en su camino. De hecho, no fueron pocos los que defendieron la idea de que jamás el agua llegaría a la urbe por el Canal y los que criticaron su construcción; sin embargo, Pignatelli, constante y seguro del proyecto, insistió en su realización.

Poco antes de la fecha indicada, Ramón Pignatelli solicitó la constitución de una Comisión de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País con el objeto de visitar el estado de las obras. La iniciativa fue aprobada y el 24 de octubre de 1782 la Comisión formada por Miguel de Torres, Langa y Rancaño tuvieron la merced de comprobar el estado de la vía fluvial y aportar sugerencias para su feliz conclusión.

Guillermo Pérez Sarrión, en su obra ‘El Canal Imperial y la navegación hasta 1812’, (Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1975); nos describe esa jornada: «El gran día fue el 14 de octubre de 1784 en que por fin pasaron las aguas sobre un canal de madera sobre la Huerva; a las cuatro de la tarde llegó Pignatelli al lugar en una barca engalanada, y seis más detrás llevando 2.100 quintales de materiales para las obras. Allí acudieron todas las autoridades… y los comisionados…, y un gran gentío. Al día siguiente, se hicieron correr las aguas por las calles principales de Zaragoza, en medio de la alegría general. Se había cumplido la ilusión de siglos: Zaragoza veía llegar a sus tierras el Canal Imperial».

Las obras continuaron y en 1786 se inauguraron los puertos de Casablanca y Torrero, y Pignatelli ordenó erigir en el actual barrio de Casablanca la Fuente de los Incrédulos con una inscripción que dice: ‘D.O.M. incredulorum convictioni et viatorum commodo. Anno MDCCLXXXVI’; o sea: «Para Dios el Mejor y más Grande. Para convencimiento de incrédulos y alivio de caminantes. Año 1786». El monumento es sencillo y elegante, realizado con sillares calizos de color blanco y estilo barroco-clasicista, con dos caños que ofrecen agua fresca y un ambiente que invita al reposo y disfrute del paisaje a la vera de las esclusas de Casablanca.

En 1793 falleció el Protector Pignatelli y fue sustituido por el conde de Sástago, Vicente Fernández de Córdoba, quién intentó continuar con el proyecto del Canal hasta la villa de Sástago, para luego conectar a través del río Ebro con el mar Mediterráneo; mas no fue posible por varios factores. Por un lado, la obra fue costeada casi por completo por el Estado y en esos momentos no había más presupuesto, ya que las deudas de la Hacienda Real se estaban incrementando en demasía.

Y, por otro lado, el Canal Imperial apenas avanzó tres km, hasta las esclusas de Valdegurriana, pues el resto del trayecto previsto, con abundancia de yesos y simas que provocaban continuos hundimientos del terreno, dificultaron su construcción por cuestiones técnicas. Estos factores –económicos y técnicos–, influyeron en que a partir de dicho punto el Canal se convirtió en una acequia, con la particularidad de que tres km más al este, se insistió en proseguir la obra y se erigieron las antiguas esclusas de Torrecilla de Valmadrid, inconclusas y en ruina.

El uso principal del agua del Canal fue la irrigación de los campos agrícolas, impulsada por una Reforma realizada por Pignatelli para poner en valor campos incultos. A la sazón, la mayor parte de estos se encontraban en manos de pocos propietarios (oligarquía), de modo que se repartieron especialmente entre las clases populares, al tiempo que otras áreas comunales fueron sorteadas y repartidas entre los vecinos.  Esto originó muchos problemas en distintos sectores de la sociedad, con largos y complicados pleitos.

A la postre, el Canal Imperial de Aragón siguió adelante y los riegos de Zaragoza propiciaron una mayor producción y rentabilidad a las explotaciones agrícolas. Tuvo lugar un mayor desarrollo económico y la capital se convirtió en la huerta más extensa de España. El autor citado arriba, en su libro ‘Agua, agricultura y sociedad en el siglo XVIII. El Canal Imperial de Aragón’, (Zaragoza, 1984), nos recuerda: «En Zaragoza –zona al sur del Ebro–, al este de la Huerva, un 114,78%, y al oeste entre un 65,81 y un 500%, todas estas tierras recibieron riego de forma permanente».