Opinión

El ferrocarril en Aragón (I)

El ferrocarril ha sido el modo de transporte hegemónico en Aragón y España en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Más todavía, ha sido considerado como sinónimo de progreso, entendido como la manera de dinamizar núcleos urbanos y de abrir nuevas perspectivas de desarrollo.
José Garrido Palacios
photo_camera José Garrido Palacios

El ferrocarril ha sido el modo de transporte hegemónico en Aragón y España en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Más todavía, ha sido considerado como sinónimo de progreso, entendido como la manera de dinamizar núcleos urbanos y de abrir nuevas perspectivas de desarrollo. Esa tendencia se mantuvo hasta mediados del siglo pasado, justo en el momento en que se generalizó el automóvil y el transporte por carretera; relegando, por ende, el ferrocarril a un papel secundario. No obstante, con la llegada del AVE a finales del XX, se han creado nuevos retos en la competencia con el transporte aéreo y el propio automóvil. Pues bien, de ese asunto vamos a escribir en esta nueva serie de artículos que hoy iniciamos.

Existe un rico debate acerca de si el ferrocarril fue anterior o posterior al desarrollo en Aragón y, sin profundizar demasiado, comentamos que aquel se adelantó al proceso industrial de la región en la aurora del siglo XX, pues el transporte creó la condición necesaria para impulsar las azucareras y la minería en los valles del Ebro, Jalón y Jiloca, además de las Cuencas Mineras. Todo ello desarrolló esos enclaves de manera notable; ahora bien, con el devenir del tiempo, en algunos de ellos se ha revertido el proceso por falta de actividad económica o de rentabilidad.

A modo de recuerdo de los primeros ferrocarriles en España, traemos a la memoria que la primera concesión tuvo lugar –según el Real Decreto de 23 de septiembre de 1829– para establecer un ‘carril de hierro’ entre Jerez de la Frontera y El Portal con una distancia de 7.000 varas (1 vara medía entre 768 y 912 mm). Ese carril, sin embargo, no se pudo llevar a cabo por motivos económicos; y algo parecido ocurrió con otros intentos. Pese a esas experiencias, se logró instalar una línea española en la isla de Cuba en 1837, entre La Habana y Güines, con un ancho internacional de 1.435 mm. Ya en el ámbito peninsular, la primera vía férrea se inauguró el 29 de octubre de 1843 con el recorrido Barcelona-Mataró y ancho español de 1.674 mm, o seis pies castellanos. A esa vía siguió otra entre Madrid-Aranjuez en 1851 con el mismo ancho.

Las primeras concesiones en Aragón para la construcción de líneas se remontan al año 1845, con el trayecto Madrid-Zaragoza y los ramales que continuaban hasta Barcelona y Francia; y el mismo año surgió otro proyecto para la ruta Valladolid-Zaragoza. Lo cierto fue que la única que llegó a buen término fue la de Barcelona-Madrid, con la llegada del primer tren a Zaragoza en 1861 procedente del noreste español. La obra fue construida por la Sociedad del Ferrocarril de Barcelona a Zaragoza y financiada con capital catalán y aragonés.   

Pocos años después, en 1864, se inauguró el trayecto ferroviario de Huesca a Tardienta (lugar de paso del que circulaba de Zaragoza a Barcelona), logrando que dos capitales aragonesas tuvieran ese modo de transporte. Más tarde, en 1878, se conectó la metrópoli aragonesa con Pamplona, que enlazaba, a su vez, con el tren de Pamplona-Irurzun-Alsasua, propiedad de la Compañía del Norte. La red se completó con el llamado ‘directo’, de Barcelona a Madrid, que discurría por Caspe y Zaragoza. Interesante fue también el inicio de las obras de la vía férrea del Canfranc –de gran interés popular porque comunicaba con Francia–, la cual fructificó con su inauguración en 1928.

Con el ánimo de no extendernos mucho en detalles, recordamos que había ferrocarriles de vía ancha y estrecha, y que los primeros estaban en las líneas de Calatayud a Valencia, construida con capital belga, y la de Selgua a Barbastro (19 km), inaugurada en 1880 y promovida por la Compañía del Norte.

En lo que atañe a los trenes de vía estrecha en Aragón, citamos el de Cariñena a Zaragoza (45,2 km) y el de Cortes a Borja (17 km), de modo que a finales del siglo XIX en la región aragonesa había una red de 707 km, a los que habría que sumar 183 km del trayecto Calatayud–Mora de Rubielos, que se puso en funcionamiento en 1901. Otras líneas fueron las de Utrillas a Zaragoza (124,5 km) y de Sádaba a Gallur (54 km), puesta en marcha en 1915.

Lo importante de todo ello fue, sin duda, el desarrollo económico que el ferrocarril propició a la economía regional, así como su integración en el mercado nacional en expansión, dado que posibilitó el transporte y la distribución de productos aragoneses. Además, ello contribuyó a la polarización del crecimiento económico de Zaragoza como centro metropolitano y canalizador de los flujos de personas y mercancías de la región.

Lo anterior no debe sorprendernos porque la capital constituye el nudo de comunicaciones natural en las relaciones de la montaña y el valle, y en ella confluyen los trenes procedentes de los principales núcleos extrarregionales.