Opinión

Cosas de poca importancia

La OSA (Orquesta Sinfónica de Aragón) y la melancolía.

La, sin nacer casi enterrada, Orquesta Sinfónica de Aragón es una de esas “cosas de poca importancia” en el árido paisaje cultural de esta tierra. Nunca alcanzará una portada, lo más, una “carta abierta”, lo menos, una cita al margen, una apostilla en un acta o una pregunta de trámite en comisión porque, ¿cómo solemnizar el funeral de algo por nacer?

GonzalezIslaJA

La OSA (Orquesta Sinfónica de Aragón) y la melancolía.

La, sin nacer casi enterrada, Orquesta Sinfónica de Aragón es una de esas “cosas de poca importancia” en el árido paisaje cultural de esta tierra. Nunca alcanzará una portada, lo más, una “carta abierta”, lo menos, una cita al margen, una apostilla en un acta o una pregunta de trámite en comisión porque, ¿cómo solemnizar el funeral de algo por nacer?

No habrá discurso fúnebre. Nada de amigos, aragoneses, compatriotas, prestadme atención. Vengo a sepultar una orquesta, no a ensalzarla. No habrá entierro bonito, con sus caballitos blancos, con sus caballitos negros. La Orquesta Sinfónica de Aragón es, ahora, un ente introducido en una caja como el gato de Schrödinger, en tanto que los responsables de la política cultural cuántica predominante deciden, aislados también en su propia caja, si está vivo o muerto (sin dilucidar previamente, en esos mismos términos, su propio estado intelectual, lo que sería revelador). Ni su propia madre, la pública y aragonesa Fundación Sinfónica Aragonesa (FUSA) reconoce al nonato y niega el acto, por supuesto pecaminoso, por el que quedó encinta.

¡Qué lástima! Como diría León Felipe en el que es uno de los grandes poemas de la lengua castellana. Lo llegué a recitar de memoria, pero no me acuerdo cuándo. Quizá fuera en mis primeros momentos en el Auditorio de Zaragoza, avanzando por el pasillo de sus oficinas, siempre en penumbra, declamando: ¡Qué lástima/ que yo no pueda entonar/ con una voz engolada esas brillantes romanzas/ a las glorias de la patria. / ¡Qué lástima/ que yo no tenga una patria! / Hasta que el demiurgo del Auditorio, Luis Merchán, asomaba su cara por una puerta y me mandaba callar, por pesado.

El poema es un canto irónico, de resignada apariencia al describir lo cotidiano y, en particular, la muerte – más bien la ausencia- de una niña que se paraba en su ventana. Cosas de poca importancia, dice el poeta.

Coincido con el poeta. La Orquesta Sinfónica de Aragón, la OSA para abreviar, es una de esas cosas de poca importancia que no merecen un canto ni, por lo tanto, algo por lo que se pueda guardar luto (dolor por algo que has perdido), pero sí una aguda melancolía (la añoranza de algo que no existió). Aunque rastreando en la memoria de Miguel Ángel Tapia, que siempre ha suplido mi inconmensurable ayuno musical, sí que llegó a existir algo parecido.

Pasó con Dimitry Berberoff, búlgaro de nacimiento que, huyendo de la ocupación soviética, recaló en Zaragoza en 1948 con 32 años. Debió pesar no poco en su decisión las posibles consecuencias de su anterior papel como director del Teatro de la ópera de Fráncfort del Óder, pequeña ciudad prusiana en el borde de la hoy frontera entre Polonia y Alemania. Al poco de llegar a Zaragoza creó la Orquesta Sinfónica de Zaragoza (1949), una orquesta de profesores músicos que, en aquella España de posguerra, completaban sus magros ingresos con actuaciones en el Teatro Principal, el Casino Mercantil o en cualquier ocasión que se requiriera un conjunto de profesionales solventes. La orquesta tuvo su última actuación en 1962. Berberoff falleció en Zaragoza en el año 2009 y aún soñaba al parecer con que se reeditase la fórmula que protagonizó durante 13 años.

De otro tenor, en el obituario de la música sinfónica aragonesa, cabe también el recuerdo a la Banda Sinfónica de Aragón (BSA). Como recordaba su principal impulsor, Ángel Millán, con ocasión del concierto- homenaje a la BSA realizado en el Auditorio de Zaragoza el 11 de septiembre de 2022, fue creada en 1995 por profesores universitarios, de institutos, conservatorios, escuelas de música y componentes de orquestas sinfónicas y bandas de música civiles y militares. Sus protagonistas la consideraban como una plataforma formativa y antesala de la vida profesional plena, objetivo culminante en la formación práctica del instrumentista. Da idea de su espíritu romántico el que su primera norma rezaba: «nadie, y en primer lugar su director, cobrará un solo céntimo por los servicios prestados a los aragoneses». Falleció de inanición en el año 2001.

En esos recuerdos nostálgicos estábamos cuando el gobierno de Javier Lambán, en sus últimos meses de vigencia, convoca los espíritus del pasado y acoge la idea de una Orquesta Sinfónica, FUSA mediante, previsiblemente dotada para 2024 con 2 millones de euros y que, por el capricho de los dioses electorales -siempre dispuestos a confundirnos-, es metida inmediatamente por Jorge Azcón en su caja cuántica con una dotación simbólica de 100.000 € para este ejercicio. El gato vivo/muerto de Schrödinger, la FUSA, cuya etimología, en cuanto a figura musical, procede del italiano que puede traducirse por ronroneo, todo dicho para no salir del tema felino.

Puede suponerse que el mayor obstáculo que embarga a los actuales responsables para arrancar el proyecto es el miedo que suscita el futuro en el plano presupuestario. Se hablaba de 2 millones de euros, pero los costes de una orquesta sinfónica pública al uso oscilan entre un mínimo de 6 millones a 15 millones de euros, cuando el presupuesto de la Dirección General de Cultura para “promoción de la Cultura” es de algo más de 5 millones y, así, atenazados por un devenir incierto, la posibilidad de que los caballos no aguanten el carro cultural con el nuevo peso sinfónico y las odiosas comparaciones que suscitaría, lo mejor es ponerse de perfil. Los datos, así expuestos, justifican el miedo a meterse en arenas movedizas como las que se tragaron el Teatro Fleta (¿pero existió alguna vez el Teatro Fleta?).

Quizá faltó, desde un principio, una mayor concreción del modelo. El modelo de referencia a utilizar. No es el mismo coste el de una orquesta sinfónica pública al uso (por caso la de Galicia o la de Euzkadi) o una orquesta de proyectos (por caso la Sinfónica de Alicante), siendo ambas concebidas desde la profesionalidad de los músicos, aunque esta última cuenta con una plantilla básica que se refuerza con excelentes profesionales en función del programa a desarrollar.

En todo caso, una orquesta sinfónica aragonesa siempre deberá ser una apuesta por la belleza y por la excelencia, con evidentes consecuencias positivas para la `proyección cultural de Aragón, la creación de un motivo aspiracional para los jóvenes talentos y profesorado de nuestros conservatorios y un elemento muy importante para completar un relato cultural atractivo de nuestra Comunidad Autónoma y de la cuarta ciudad más poblada de España.

Así, agostada esta tierra por una sequía cultural estructural, el futuro incierto de la OSA nos conduce, como sucede en otros sectores culturales, directamente a la melancolía y al llanto por lo que no fue y pudo haber sido.

Como última línea de defensa de la Orquesta Sinfónica de Aragón (OSA), siempre se podría recurrir a la protección que le brinda el Decreto 49/1995, de 28 de marzo, de la Diputación General de Aragón, por el que se regula el Catálogo de Especies Amenazadas de Aragón, entre ellos el oso pardo (Ursus arctos), eso sí, sin distinción de género (oso y osa)

En consecuencia, como dice el poeta: ¡Qué lástima! Que no pudiendo cantar otras hazañas, … venga forzado a cantar, cosas de poca importancia!