Opinión

Sistemas alimentarios y cambio climático

Desde 1961, el suministro de alimentos per cápita ha aumentado más del 30%, acompañado de un mayor uso de fertilizantes nitrogenados (aumento de alrededor del 800%) y de recursos hídricos para riego (aumento de más del 100%).
Javier Lorén

Desde 1961, el suministro de alimentos per cápita ha aumentado más del 30 %, acompañado de un mayor uso de fertilizantes nitrogenados (aumento de alrededor del 800 %) y de recursos hídricos para riego (aumento de más del 100 %). Sin embargo, se estima que, actualmente, 821 millones de personas están desnutridas; 151 millones de niños menores de cinco años padecen retraso del crecimiento; 613 millones de mujeres y niñas, de entre 15 y 49 años, padecen deficiencia de hierro y 2.000 millones de adultos tienen sobrepeso o están obesos. De ello, podría deducirse que, con el exceso de calorías ingeridas por las sociedades más desarrolladas, se podría alimentar a todas aquellas personas que pasan hambre. Es decir, se trata más de un problema de distribución que de falta de alimentos que, además, es verdaderamente injusto, si le añadimos al exceso de ingesta, el desperdicio alimentario en el mundo desarrollado. La pérdida y el desperdicio de alimentos combinados representan entre el 25 y el 30 % del total de alimentos producidos. La producción de estos alimentos perdidos generó entre 2010-2016 un 8-10 % de las emisiones de GEI.

El sistema alimentario está bajo presión de factores estresantes no climáticos (por ejemplo, crecimiento demográfico y de ingresos, demanda de productos de origen animal) y del cambio climático. Estas tensiones climáticas y no climáticas están impactando los cuatro pilares de la seguridad alimentaria (disponibilidad, acceso, utilización y estabilidad), según Naciones Unidas.

Los modelos económicos y de cultivos globales proyectados por Naciones Unidas prevén un aumento del precio de los cereales del 1 al 29 % en 2050 debido al cambio climático. Hemos visto cómo la guerra de Ucrania ha producido un serio aumento de los precios de muchos alimentos. Al mismo tiempo, los modelos proyectan aumentos de entre 1 y 183 millones de personas adicionales en riesgo de padecer hambre en todos los escenarios SSP, en comparación con un escenario sin cambio climático (IPCC, Panel Intergubernamental del Cambio Climático).

Sabemos que el aumento de la concentración de CO2 en los invernaderos mejora la productividad. El incremento de la concentración de CO2 en la atmósfera también produce un incremento de la actividad fotosintética de las plantas y, por lo tanto, de su productividad, si bien, en algunas plantas, como el arroz, este hecho supone una reducción del nivel de proteína en un 12,7 % y también de la concentración de zinc y hierro.

Según el IPCC, entre el 21 y el 37 % de las emisiones totales de gases de efecto invernadero (GEI) son atribuibles al sistema alimentario. Al mismo tiempo, considera que la diversificación del sistema alimentario (p. ej., implementación de sistemas de producción integrados, recursos genéticos de base amplia y dietas heterogéneas) es una estrategia clave para reducir los riesgos.

Si no hacemos una adecuada intervención frente al C.C., es muy probable que los efectos negativos aumenten entre un 30 y un 40% para 2050, debido a la creciente demanda basada en el crecimiento de la población, de los ingresos y el cambio en la dieta.

Los aumentos de los impactos biofísicos del cambio climático pueden empeorar la desertificación, la degradación de la tierra y la inseguridad alimentaria.

No actuar ahora significa que más personas pasarán hambre después. Tomemos conciencia de ello.