Opinión

San Jorge y el dragón ¿sabemos quiénes son, quiénes somos?

La gran mayoría de quienes tienen como patrón a San Jorge apenas saben que fue un soldado romano martirizado por su fe cristiana. Pero ni siquiera la Iglesia tiene clara su identidad, pese a su popularidad en toda Europa
Javier Barreiro, escritor.

La gran mayoría de quienes tienen como patrón a San Jorge apenas saben que fue un soldado romano martirizado por su fe cristiana. Pero ni siquiera la Iglesia tiene clara su identidad, pese a su popularidad en toda Europa. Cuando en 494, el papa Gelasio lo incluyó en el santoral, éste se limitó a registrar que “sus actos sólo son conocidos por Dios».

En efecto, San Jorge es un héroe de leyenda, cuyos perfiles en Occidente proceden sobre todo del mito de Perseo. Sus atributos son el caballo blanco y la lanza pero es, sobre todo, el dragón, presente en todas las mitologías, quien con uno u otro nombre, hace al mito tan persistente. La profusa iconografía de las figuras de San Jorge y el dragón en el arte cristiano imprime su sello en nuestro subconsciente colectivo y, así como, al aparecer en una película un adulto y un perro, nos fijamos mucho más en el animal, igualmente, el dragón predomina en nuestra memoria y en nuestra sensibilidad aureolado por los miedos atávicos y los cuentos tradicionales. 

El monstruo -símbolo de totalización, recuento de completo de las posibilidades naturales- fue visto por los medievales no como aberración sino como excepción. Seguían a Aristóteles para quien el monstruo era contrario a la generalidad pero no a la naturaleza. En efecto, para el pensamiento alegórico, ésta exponía a los sentidos la correspondencia universal, la ambivalencia y los polos positivo y negativo de toda la realidad, de todo emblema. Bien es cierto, que el final de Edad Media conllevó un deslizamiento de los monstruos hacia lo diabólico, como mostró Baltrusaitis en su clásica monografía. De igual manera, el Renacimiento, al poner su énfasis en la categorización de la belleza, derivó hacia la consideración de la deformidad como un valor atendible, llegándose a recrear la propia belleza de lo monstruoso, lo que apunta ya a la estética manierista y barroca y hacia la propia modernidad. Uno de sus pontífices, Alfred Jarry, llegó a escribir: “Yo llamo monstruo a toda forma de belleza inagotable”. Estas relaciones ideológico-estéticas entre el manierismo y la modernidad fueron magistralmente tratadas por Hocke en “El mundo como laberinto”, donde, por cierto, se estudia con agudeza a los tan tardíamente conocidos en España, Kircher o Arcimboldi.

La identidad del monstruo se conforma a través de texto e imagen que se influyen recíprocamente, como puso de relieve la iconología en su intento de rescatar la idea de la totalidad del arte. El dragón-monstruo aparece en los beatos, en los bestiarios, en la literatura, en la cosmografía, en la alquimia, en las relaciones viajeras y, por supuesto, en nuestros sueños. Sus representaciones han pasado de una a otra época con muy escasas variaciones. Lo que ha variado sensiblemente es su  interpretación porque, como nos mostró Jung, en las formas se esconden los arquetipos universales. 

Como supieron los medievales el monstruo, al constituir esa excepción, ese enigma, es un buen recurso para suscitar la reflexión. El cuento, el mito y el viaje desarrollan también funciones similares. El viajero busca la verdad pero, a la vez, suprimir el tiempo. Por lo que, si no encuentra maravillas, las “ve”. Su actitud es tan receptiva que no le hace falta fabular, interpreta la realidad a través de sus propias leyes psíquicas. Así, lo irreal y lo real resultan muchas veces indiferenciados. Como nos enseñó Eliade, “lo sagrado es lo real, por antonomasia”.

No fue el periodo medieval creador de monstruos, sino que los tomó prestados de la antigüedad y la tradición oriental pero es obvio que penetraron hondamente en la cosmovisión de sus hombres. Bien sabe el psicoanálisis que los monstruos ocupan su territorio dentro de nosotros y, así, las artes en que las pulsiones profundas se expresan con más libertad –primitivas, infantiles, surrealistas o psicopatológicas- acostumbran a servirse de ellos con asiduidad. Imaginar el monstruo equivale a exorcizarlo, es una manera de proyectar lo que no se ve y se teme y, a la vez, nos arrastra con la fuerza con que nos llama el abismo. El mito (Gilgamesh, Edipo, Ulises…) sabe que este es uno de los trayectos que recorrer en la búsqueda de sí mismo. Su presencia en todas las mentalidades y épocas confirma tanto la ambigüedad y ambivalencia de sus sentidos como la inevitabilidad de ser acompañados por el horror y la culpa.