Opinión

El bidé es cultura

Cada vez resulta más frecuente tropezarse con hoteles que han eliminado el bidé de su cuarto de baño, incluso bastantes que ostentan sus cuatro estrellas.
Javier Barreiro, escritor.
photo_camera Javier Barreiro, escritor.

Cada vez resulta más frecuente tropezarse con hoteles que han eliminado el bidé de su cuarto de baño, incluso bastantes que ostentan sus cuatro estrellas. Muchos han suprimido también la bañera, sustituyéndola por esa incómoda jaula de cristal en la que resulta difícil moverse, colocar y localizar los útiles de baño y realizar actos tan entrañables como compartir la inmersión con otra persona, tomarse una copa, leer un libro o acometer cualquiera de las múltiples actividades que pueden realizarse medio sumergido en el líquido amniótico del baño sosegado.

¿Quién no recuerda a Kirk Douglas, Burt Lancaster, John Wayne o Clint Eastwood, después de sus épicas cabalgadas, repantingados en cuba de madera o bañera de patas, fumando un puro, servidos por una guapa mejicana que les renueva el agua caliente?

Volviendo al bidé, poco habitual en ciertos países pero que en España se había extendido a todas las clases sociales, me pregunto si la loable labor de higienizarse tras cualquier evacuación, puede realizarse sin harta incomodidad, sin tener a mano tan loable artefacto.

Japoneses e hispanoamericanos lo consideran desde hace muchas décadas imprescindible en sus cuartos de baño. Incluso un escritor argentino, Hernán Casciari, cuyos libros se han hecho justamente populares, se lamentaba al poco de su llegada a Barcelona de la escasez de bidés en la ciudad, y que éstos careciesen del chorro vertical de agua caliente, habitual en el Río de la Plata que, con movimientos de cadera circulares por parte del usuario, apunta al lugar indicado y favorece la operación. Eso cuenta en el primer capítulo de su libro “España, decí alpiste” (2008), que lleva el elegante título “Cagar leyendo, un placer rioplatense”. Sin embargo, Hernán nos dice que ha encontrado alivio a su problema colándose en el aseo femenino de un bar de la Travesera de Gracia –cuyo nombre cita- que dispone de chorro invertido en el “caballito”, que sería la traducción española del francés “bidet”.

Se dice que Napoleón, ahora de moda por mor de la película de Ridley Scott, lo empleaba para aliviar su entrepierna después de las cabalgadas y que legó a su hijo su bidé rojo, lo que aumentó su popularidad entre la nobleza. En cambio, es bien conocido que prevenía a su Josefina de que no se asease en las jornadas previas a su visita. Otro apasionado de los malos olores, como James Joyce, tan ávido de las ventosidades de su Nora.

En fin, gente rara y, a mi parecer, equivocada, ya que estas líneas quieren ser un canto al bidé y un llamamiento para que hoteles, hostales, pensiones, albergues, residencias, apartamentos turísticos, baños públicos, restaurantes y casas rehabilitadas o de nueva construcción dispongan del mismo, en beneficio de la higiene y de la cultura. Dos abstracciones que hacen la vida mejor.