Opinión

Jaime de Armiñán y su jota en los premios Goya

La muerte de Jaime de Armiñán el pasado 9 de abril, a los 97 años de su pródiga vida, me ha removido recuerdos de este otorgador de felicidad que ya comienzan con la televisión en blanco y negro, donde sus ficciones respiraban un aire muy diferente a la mayor parte de lo que allí se emitía.

La muerte de Jaime de Armiñán el pasado 9 de abril, a los 97 años de su pródiga vida, me ha removido recuerdos de este otorgador de felicidad que ya comienzan con la televisión en blanco y negro, donde sus ficciones respiraban un aire muy diferente a la mayor parte de lo que allí se emitía. El adolescente rebelde no podía dejar de advertir una sensación de libertad o, al menos, de ansias de ella, que faltaba en ese medio controlado por la censura, como hoy dejamos de percibir en la televisión oficial la libertad que alentaba en ella durante las primeras décadas de la democracia.

Armiñán, que debutó como guionista y realizador (1958) en los inicios de TVE, fue el factor de aquellas series tan rompedoras como “Historias de la frivolidad” (1968) –una denuncia de la censura, que no faltaba en el medio- “Tres eran tres”, “Juncal” o “Ramón y Cajal. Historia de una voluntad” que guionizó y dirigió junto a José María Forqué. Como autor teatral, había ganado en 1953 el Premio Calderón de la Barca por “Eva sin Manzana” y en 1956 el Lope de Vega por “Nuestro fantasma”. Como cineasta, rodaría 30 películas de las que bastará con recordar la conmovedora “Mi querida señorita” de la que más de uno ha dicho que su última frase es la mejor de la historia del cine español.

Hombre entrañable en su trato, justo y lleno de humor, su buen gusto se apreciaría si fuera necesario, en un solo hecho: haber elegido como compañera de vida a Elena Santonja, hermana de Carmen, del dúo Vainica Doble, cuyas letras, junto a las de Javier Krahe, son las mejores de la música popular española de la época. Pero es que Elena, además de encantadora, era pintora, escritora, actriz, presentadora y excelente cocinera, como demostró en aquel programa culinario de TVE, “Con las manos en la masa”, muy lejano a los agobiantes e intercambiables “cocinicas” con que nos atontan todas las cadenas tres veces al día. Si comparamos con el tiempo que dedican a los libros o al arte, la goleada es descomunal

Pero yo traía aquí a Don Jaime por su parlamento, tras serle concedido el Goya de Honor en 2014. De las mil historias que pudo contar, prefirió aludir a una sensación que experimentó poco antes de constituirse en adulto y, así, eligió hablar de cuando a sus 18 años, acabada la guerra mundial, viajó al París de la liberación recién obtenida, ya que descendía de una famosa saga de periodistas y políticos catalanes y su padre fue destinado a la capital francesa como corresponsal del Diario de Barcelona y del ABC. 

El  joven Jaime, que llegaba del oscuro, hambriento y deprimente Madrid de posguerra, empezaba a observar allí cosas que no tenía en España: se maravillaba justamente de cómo las parejas se besaban a la vista de otros y de la sensación de libertad que se respiraba. Un día en el que sus padres le dieron algún dinero para ir al cine y divertirse, decidió acercarse al Casino de París, donde le habían dicho que salían mujeres desnudas. Nada más habitual para quien visitaba la Ciudad Luz. Allí encontró, sobre todo, soldados acompañados de chicas en una primera parte que le pareció larga y fatigosa. Tras un pequeño entreacto, apareció en escena un señor mayor vestido de aragonés. Y, enseguida, una señora de parecida edad vestida de aragonesa. Tras la sorpresa, el público, casi todos del ejército liberador, comenzó a cabrearse, a silbar, protestar e insultar… 

Pero, empezó a sonar una jota –habla Armiñán- y, sin inmutarse, aquella pareja de sesentones, con aquellas vestimentas, con aquellos refajos, empieza a bailar a saltos y nadie se acordó de las mujeres desnudas y aquellos soldados se fueron callando y yo pensé: “esto es mi España… esta es mi jota aragonesa…“

Emocionado, mientras el sorprendido público de los Goya aplaudía y reía, evocó a su amigo y dijo que ahora quería que recordasen a José Luis Borau, por aragonés y jotero, y volvió a París para narrar:

…ante la ovación que provocaron aquellos veteranos bailarines, pensó: ¡Viva la jota! ¡Viva Aragón!”

Palabras, que me suscitaron la misma emoción de la que el veterano artista estaba poseído y coronó con un “¡Viva!” al cine español, que sonó como un reproche a ciertas actitudes sectarias que los premios Goya en ocasiones han promocionado.

No sé quiénes fueron aquellos bailadores que tan alto dejaron el pabellón aragonés y sé que la jota puede cantarse con traje regional, esmoquin o bañador. Y también sé que ha habido aragoneses que se han avergonzado de la indumentaria regional, mientras identificaban la jota, con lo contrario de lo que significaba.