Opinión

Prohibido prohibir

Hace más de cuarenta años, concretamente en 1980, yo dirigía a la Casa de Cultura de Teruel, conjunto que englobaba la Biblioteca Pública, el Archivo Histórico Provincial, el Museo y otras dependencias afines.
Francisco Javier Aguirre
photo_camera Francisco Javier Aguirre

Hace más de cuarenta años, concretamente en 1980, yo dirigía a la Casa de Cultura de Teruel, conjunto que englobaba la Biblioteca Pública, el Archivo Histórico Provincial, el Museo y otras dependencias afines. Había llegado hacía dos años y desde el principio me empeñé en movilizar con tacto y los escasos medios a mi alcance la actividad cultural en la ciudad, que me parecía bastante mortecina. Para mi sorpresa, el director provincial del Ministerio de Cultura (en la siguiente legislatura fue subordinado mío) me prohibió proyectar en el salón de actos de que disponíamos la película 'Viridiana', de Luis  Buñuel. No invento nada y estoy recogiendo una serie de episodios contrastados de aquella época que proyecto trasladar a un libro. Afortunadamente, a partir del 24 de febrero del año siguiente las cosas comenzaron a funcionar de otro modo, aunque de forma paulatina.

Lo anterior viene a cuento de que en las últimas semanas estamos asistiendo a una serie de prohibiciones o de anulaciones de programas culturales que estaban comprometidos hacía tiempo. Han llegado noticias de Castilla y León, pero también afecta a nuestra tierra. El último episodio parece ser que ha ocurrido en Belchite, sin que por mi parte pueda aportar más información porque desconozco el meollo del asunto. 

Pero esto de las prohibiciones, salvo que se trate de actos culturales claramente contrarios a la convivencia y al respeto a los demás, me da mala espina. No todo lo que se ofrece por las instituciones públicas en materia de cultura ha de ser políticamente correcto, acorde a los intereses del partido o coalición gobernante. Gestionar la administración pública no conlleva acertar de manera sistemática.

La crítica es necesaria para favorecer la formación de criterios propios. Debiera agradecerse la crítica por parte de los poderes públicos para mejorar su gestión. La creatividad no debe ahogarse ni dificultarse, salvo que sea claramente destructiva de los valores recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La libertad de expresión, dentro de esos términos racionales, es necesaria para consolidar una sociedad adulta y consistente. Las prohibiciones arbitrarias o partidistas pueden convertirse en una lacra y generar consecuencias negativas para la colectividad. Así ha venido ocurriendo.