Opinión

La cárcel redentora

Leí hace poco en una red social un confuso comentario sobre las cárceles, atribuyéndoles la virtud de que los centros penitenciarios incrementan la capacidad de delinquir en los internos.
Francisco Javier Aguirre
photo_camera Francisco Javier Aguirre

Leí hace poco en una red social un confuso comentario sobre las cárceles, atribuyéndoles la virtud de que los centros penitenciarios incrementan la capacidad de delinquir en los internos. Dicho de otra forma, que las estrategias de reinserción son contraproducentes, que no logran sus objetivos.

Evidentemente, estoy en desacuerdo con esa opinión. Tras quince años colaborando con funcionarios y otras personas responsables de la reinserción a través de actividades docentes, deportivas y culturales, y de participar en el programa de 'población reclusa' de Cruz Roja Española, a cuyo voluntariado pertenezco desde hace una década, estoy en absoluto desacuerdo con la opinión expresada confusamente por alguien en sentido contrario.

He tenido la fortuna de ser testigo de cambios radicales en la conducta de ciertos internos. He descubierto sentimientos ocultos por los avatares de la vida, he recibido confidencias y hasta confesiones más allá de lo jurídico, he experimentado en directo el agradecimiento de algunas personas conscientes de que quienes íbamos allí voluntariamente lo hacíamos porque los considerábamos personas con todos sus derechos a la cultura y el conocimiento. Una cultura y unos conocimientos que tal vez la vida les había negado por nacer en ambientes degenerados o en familias desestructuradas. A veces por sentirse oprimidos laboralmente e incluso por padecer dolencias psíquicas que nadie atendió a tiempo.

En definitiva, el centenar de personas vinculadas al extenso campo de la cultura que han participado en los programas que pude coordinar de acuerdo con los funcionarios responsables y con las directrices de Cruz Roja, me han confirmado sin ninguna excepción que para ellos la experiencia ha resultado altamente positiva. Más de uno mostró su reticencia inicial, pero tras la experiencia volvió a repetirla motu propio.

Otra circunstancia importante de estos quince años de convivencia con ese conjunto humano tan especial ha sido el conocimiento intelectual y la riqueza emocional que hemos atesorado a partir de los internos. Ese centenar de personas que hemos participado en estas actividades, nos hemos relacionado con personas deseosas de cambiar, de aprender y de abrir horizontes. No todo el mundo tiene esta actitud dentro de los centros penitenciarios, pero basta que una persona reciba a través de este procedimiento instrumentos que mejoren su vida, para que el trabajo realizado merezca la pena.