Opinión

La historia o la economía

En un email reciente, un estudioso de la identidad valenciana me insiste en que el independentismo catalán ha inventado una historia que no existió porque Cataluña nunca tuvo, hasta siglos bien recientes, una traslación institucional ni política – en todo caso, los nueve condados que provenían de la Marca hispánica de Carlomagno – y ha reinterpretado su lengua al presentarla como una lengua romance más y no como una derivación del lemosí, la lengua de los trovadores provenzales.

En un email reciente, un estudioso de la identidad valenciana me insiste en que el independentismo catalán ha inventado una historia que no existió porque Cataluña nunca tuvo, hasta siglos bien recientes, una traslación institucional ni política – en todo caso, los nueve condados que provenían de la Marca hispánica de Carlomagno – y ha reinterpretado su lengua al presentarla como una lengua romance más y no como una derivación del lemosí, la lengua de los trovadores provenzales.

Su punto de vista me ha hecho pensar de nuevo en el empeño que los nacionalismos modernos, desde el siglo XIX hasta hoy, vienen poniendo en la historia y en la lengua para nacionalizar a sus sociedades, es decir, en sus procesos de construcción nacional. No deja de ser paradójico – no sé si también anacrónico – que el independentismo catalán esté copiando su forma de nacionalizar Cataluña de lo que hicieron los estados nación europeos del siglo XIX.

La mitificación del catalán como el alma del pueblo reenvía de forma directa a lo que propusieron Herder o Fichte para crear la nación alemana. El protagonismo de Omnium Cultural y la Asamblea Nacional de Cataluña como expresión de una sociedad civil que quiere impulsar – ¿o dirigir?– el proceso independentismo parece la traducción a hoy de la voluntad de ser que, según ErnestRenán, caracterizaba a la nación allá por 1880. La reinterpretación del pasado para construir una historia nacional en la que el pueblo pueda sentirse reflejado e inspirado no queda lejos de lo que se hizo en España tras la Ley Moyano (1857) – la enseñanza primaria española tuvo como manual Nociones de historia de España, de Saturnino Calleja, el folklorista que ha dado lugar al tienes más cuento que Calleja–.

Una sociedad, como la aragonesa, que conoce más bien poco su historia colectiva, rechaza cómo Cataluña está afirmando su diferencia nacional a partir de estas herramientas y, sobre todo, de cómo las está mitificando o distorsionando a su conveniencia. En más de una conversación, he escuchado también a amigos o, simplemente, a mis interlocutores acusarles de un cierto supremacismo cultural, es decir casi étnico. No descarto que esta manera de afirmarse como supuestamente superiores al resto del Estado – encajo ahí el España nos roba– esté en la base de la reacción que han producido en el patriotismo español. 

De un estado que ha aguantado cincuenta años de terrorismo de ETA – con 829 muertos, cincuenta de ellos en Cataluña – difícilmente cabe pensar que se le va a hacer doblar el brazo mediante un aparato propagandístico potente y una estrategia de desobediencia cívica e institucional. Está aún por ver si el Process lleva esta lógica hasta el final a la espera de que se generen mártires que sirvan de simiente para una supuesta futura Cataluña independiente o si el estado logra restaurar la legitimidad de la Constitución sin esos costes que algunos podemos temer. Pero, en uno u otro supuesto, no me cabe duda de que el problema catalán ha venido para quedarse. Y no creo que se vaya a arreglar con cesiones políticas o económicas, tal como se ha hecho hasta ahora con País Vasco y la propia Cataluña pujolista.

En todo caso, si algo ha hecho dudar – no sé si retroceder – a la parte más burguesa de quienes promueven la independencia de Cataluña no ha sido el poder del Estado, sino el peso que supone para su economía la marcha de las empresas más importantes. Junqueras hace notar que se han ido 1.200, pero quedan 260.000. Lo que calla es que se ha ido el 50 % del PIB de Cataluña y que, si se atiende a lo sucedido en Quebec – ese modelo que tanto les gusta –, el 70% no volverá ni aunque se frustre la independencia.

Parece sencillo deducir que, en una economía y una sociedad avanzadas, nada hace más imposible una secesión que la globalización. Rajoy lo leyó bien cuando adjudicó la mayoría de las cajas y bancos en dificultades a La Caixa y Sabadell, que ahora mismo tienen ya el 70 y el 80 % de su negocio fuera de Cataluña. Junqueras quería reunirse con las multinacionales que aún quedan en Cataluña porque cree que son más receptivas a su posición y no se van a prestar a las presiones del Gobierno de Madrid: ha acabado suspendiéndola porque la mayoría no iban a acudir y alguno quería leerles la cartilla.

Sorprende que el independentismo catalán se haya creído su propio discurso, ese de que todo el mundo querría invertir en Cataluña cuando fuera estado y de que ninguna empresa se iría de allí. Hace ya mucho tiempo que Otto Von Bismarck demostró que nada hace más por el sentimiento nacional que las pensiones. Los mismos gobiernos españoles, tanto los socialistas como los populares, han transferido a las autonomías más competencias de las que disponen la mayoría de los estados federales, pero nunca han aceptado ni siquiera de que se llegara a hablar de transferir la caja de la Seguridad Social – todavía, por tanto, única –.

La voz económica del Process – Junqueras – repite estos días que, proclamada la independencia, tienen dinero suficiente para pagar los salarios de todas las administraciones públicas y las pensiones. La cuestión es que quienes deben cobrar ese dinero cada mes les crean. Empezando por los Mossos de Esquadra.