Opinión

Año nuevo, políticas viejas

Hace un año Rajoy tenía cara de cadáver político y al Partido Popular le amenazaba un calvario judicial, además de la soledad política en la oposición parlamentaria del Congreso de los Diputados. Al cerrar 2016, Ciudadanos amenaza con refundarse como un partido solo liberal con el liderazgo de Rivera en cuestión, el PSOE camina renqueante de la mano de una Gestora que una parte del partido no reconoce y Podemos ha traicionado su nombre a la vez que deja ver como en su interior conviven dos proyectos políticos y no solo dos liderazgos.

Hace un año Rajoy tenía cara de cadáver político y al Partido Popular le amenazaba un calvario judicial, además de la soledad política en la oposición parlamentaria del Congreso de los Diputados. Al cerrar 2016, Ciudadanos amenaza con refundarse como un partido solo liberal con el liderazgo de Rivera en cuestión, el PSOE camina renqueante de la mano de una Gestora que una parte del partido no reconoce y Podemos ha traicionado su nombre a la vez que deja ver cómo en su interior conviven dos proyectos políticos y no solo dos liderazgos.

Mientras fuera de España los presidentes de Gobierno que han organizado algún referéndum (Cámeron, Renzi, Santos, Orban…) lo han perdido y Trump se antoja un predecesor del ascenso al poder de otros populistas de ultraderecha (Le Pen, Hofer, Petry…) con discursos xenófobos y antieuropeos, Rajoy presume de haber salvado su proyecto conservador hecho de austeridad mejorando en junio sus resultados electorales pese a los titulares mediáticos que aireaban los escándalos del PP, incluidas las dosis de recuerdo de Bárcenas, Rato o la Gürtel.

El contraste resulta tan impactante que produce perplejidad y no resulta fácil de comprender. Si se aduce el crecimiento del PIB y la creación de empleo de los dos últimos años, cuesta no replicar que los trabajadores y parte de las clases medias se han empobrecido o que el empleo creado en un entorno laboral dominado por las empresas ha sido de bajísima calidad. A los que esgrimen que todos los partidos tienen casos de corrupción y citan de inmediato los ERE andaluces, cabe enumerarles los cientos de casos de corrupción que investiga la Justicia en casi todas las autonomías donde el PP ha gobernado estos últimos quince años, prueba inequívoca de que la corrupción popular ha sido sistémica; es decir, iba en el proyecto de Aznar.

A veces, la vida da oportunidades que no somos capaces de entender o, incluso, que percibimos como peligros. Algo de eso le pasó a Pablo Iglesias cuando tuvo en su mano mandar a Rajoy a la oposición y casi gobernar desde la oposición, dada la debilidad que encerraba el pacto PSOE-Ciudadanos. Entonces pudo poder, pero solo estuvo dispuesto a apoyar al PSOE si era vicepresidente y controlaba todos los organismos estratégicos en el manejo de la información sensible. Sin su miopía, o quizá mejor sin su estrategia para asaltar los cielos (y destrozar al PSOE), ahora no se podría decir año nuevo, políticas viejas.

Digo esto porque estos últimos meses el bipartidismo ha vuelto a darse la mano, mientras quienes habían pregonado la regeneración de la política española atienden a duras penas sus problemas internos, a la vez que pierden relevancia en las decisiones políticas que más afectan a la vida de la gente. Podemos ha visto entre rabietas cómo le han quitado las banderas de la pobreza energética o del salario mínimo interprofesional y Ciudadanos acumula desaires de Rajoy y Rafael Hernando hacia el pacto de investidura firmado, casi de inmediato, olvidado. PSOE y PP negocian incluso dejarles fuera del pacto para renovar el Tribunal Constitucional, lo que daría a cada partido una cuota de dos magistrados manteniendo la mayoría conservadora.

Es decir, que la independencia del Poder Judicial tan demandada como símbolo de la nueva política española quiebra en las primeras curvas del camino, en línea con lo que ya ha pasado con las dimisiones de políticos investigados que firmaron Ciudadanos y Partido Popular. Hasta Susana Díaz ha suavizado su tono respecto a los procesados Chaves y Griñán. Casi se puede decir ya que la aspiración de renovar la vida política española apenas ha dado para regenerar el calzado, como comenta el narrador de La Busca (Baroja, 1904) al ver ese cartel anunciando una zapatería del Madrid más popular.

Hace un año las expectativas en los nuevos partidos eran tan altas que ahora pueden ser ellos los principales perjudicados electorales de que se haya cumplido el principio lampedusiano de que algo ha cambiado para que todo siga igual. Podemos no debería olvidar esto cuando reduce su Vistalegre II a la lucha por el liderazgo o a la imposición de un proyecto político sobre otro. El mismo Echenique asume un alto riesgo al parecer más presente en las luchas de partido que en la gestión de los intereses de los aragoneses en las Cortes y en los ayuntamientos.

Si en las Elecciones Generales la promesa de cambio político y moral hizo participar a sectores sociales que se habían alejado de las urnas por el devenir del bipartidismo en España, no resulta aventurado predecir que el fracaso de la renovación –es decir, la continuidad del sistema turnante en una u otra variante– tendrá coste electoral para todos cuantos han enarbolado o representan esa promesa. Además, pocas cosas parecen más dañinas para la democracia española ahora mismo que este fracaso de la regeneración de la clase política y la continuidad de sus prácticas menos democráticas. Claro que esto al PP le va a preocupar poco.