Opinión

A vueltas con el síndrome "postvacacional"

El síndrome postvacacional, como todos los años, acude fiel a su cita con los medios de comunicación y redes sociales, aunque sea una entidad que ni todos aceptamos y cuyos criterios diagnósticos son discutidos y discutibles.

El "síndrome postvacacional", como todos los años, acude fiel a su cita con los medios de comunicación y redes sociales, aunque sea una entidad que ni todos aceptamos y cuyos criterios diagnósticos son discutidos y discutibles.

Cuando los médicos hablamos de síndrome estamos haciendo referencia a una entidad delimitada, que aparece de forma genérica, que se expresa a través de una serie de signos (elementos objetivos observables y verificables, como por ejemplo el aumento de la tensión arterial o la fiebre) y de síntomas (elementos subjetivos que el paciente nos refiere y que no son objetivables, por ejemplo el dolor, el cansancio o la tristeza). La conjunción de ambos (signos más síntomas) nos permite establecer la existencia de una entidad patológica concreta.

Es decir, para hablar en propiedad de “síndrome postvacacional”, esta alteración  la deberían de padecer en primer lugar la inmensa mayoría de personas cuando acaban sus vacaciones o, cuando menos, un número muy significativo; además en todos ellos deberían aparecer unos signos y síntomas similares u homogéneos que nos permitieran perfilar con claridad el cuadro clínico. Y por último, este supuesto síndrome debería originar un sufrimiento y malestar significativo en la persona, hasta el punto de alterar su vida laboral, personal o social y necesitar asistencia médica. Y casi nada de esto obviamente ocurre en el síndrome de marras.

Cuando se habla de "síndrome postvacacional" se está haciendo referencia, como mucho, a una sensación subjetiva de incomodidad por volver a la rutina que conlleva a veces el trabajo. Es excepcional que esa incomodidad llegue a producir un sufrimiento personal importante, y mucho más excepcional todavía el que sea necesaria asistencia sanitaria, prescripción de un tratamiento o baja laboral. Es más, si se dieran estas circunstancias me atrevo a decir que no estaríamos ante un síndrome postvacacional, sino ante un problema mucho más grave y profundo.

Lo que ocurre con este mal llamado "síndrome postvacacional" es que la denominación caló y triunfó en los medios hace ya unos cuantos años, y periódicamente se repite el mantra, que además de permitir salir en las portadas a los llamados “expertos”, ávidos de su pequeño momento de gloria, proporciona a los profesionales de la información una excelente coartada para rellenar las páginas y los magazines en la canícula veraniega, trabajo no fácil cuando el calor aprieta y hasta las noticias desaparecen.

Desconozco que existan trabajos de investigación metodológicamente serios y rigurosos que avalen este “síndrome” y ello cuando hablamos de trastornos es esencial. Una cosa son las creencias, siempre respetables, y otras las evidencias, que son siempre objetivas, replicables y verificables por el método científico.

Además, y utilizando solo el sentido común y la lógica elemental, hablar de malestar y de síndromes por volver al trabajo, cuando millones de personas no tienen la más mínima posibilidad de tener uno, es, no solo inmoral sino incluso insultante hacia todos aquellos que estarían felices si pudieran conseguir, no ya unas vacaciones, sino tan solo un puesto de trabajo digno.