Opinión

¿Violencia de género o terrorismo doméstico?

Lo que ha ocurrido en Zaragoza y que tanta polvareda social y política ha levantado es una situación triste y a mi modo de ver inevitable. Por mucho que duela, moleste e incluso irrite los seres humanos algunas veces perpetramos comportamientos deleznables por su violencia e incomprensión. El nuevo crimen de violencia de género acontecido en Zaragoza es un proceder, no solo brutal e inevitable, sino también, a mi entender, patológico.

Lo que ha ocurrido en Zaragoza y que tanta polvareda social y política ha levantado es una situación triste y, a mi modo de ver, inevitable. Por mucho que duela, moleste e incluso irrite, los seres humanos algunas veces perpetramos comportamientos deleznables por su violencia e incomprensión. El nuevo crimen de violencia de género acontecido en Zaragoza es un proceder, no solo brutal e inevitable, sino también, a mi entender, patológico.

Estamos ante lo que algunos llaman terrorismo doméstico. Y, al igual que las conductas terroristas que últimamente hemos visto y sufrido, asientan sobre ideas fanáticas, sobrevaloradas, obsesivoides y distorsionadas, igual pasa con estos comportamientos de violencia de género, en donde uno, el agresor, cree enfermizamente (delirante) que posee la razon, la verdad absoluta y que tiene derecho a controlar a la víctima incluso a ejecutarla acabando con su vida. La víctima acaba siendo aterrorizada y sometida por una violencia cruel, constante e irracional que sufre y padece día a día, llegando incluso en las situaciones más graves a aceptarla con resignación y como si formara parte del contrato matrimonial.

El agresor es, en un porcentaje muy elevado de casos, un sujeto desequilibrado que, como ocurre con los terroristas, también se acaba inmolando, destruyendo no sólo la vida de su víctima, sino también la suya propia. Cuando analizamos su biografía vemos que muchos agresores tienen un trastorno de la personalidad, en ocasiones hay una paranoia, una depresión psicótica no tratada y, muchas veces, un consumo de alcohol o de otras drogas. 

¡Qué raro es ver a un sujeto sano mentalmente, equilibrado emocionalmente, maduro psíquicamente maltratar a otro ser humano! En mis casi treinta años de ejercicio profesional como psiquiatra, y algunos menos como forense, no lo he visto nunca. Hay quien habla de maldad para explicar estos hechos. No soy quién para hablar sobre ese aspecto, pero sí puedo afirmar con rotundidad que detrás de muchas formas de violencia de género, lo que hay es una enfermedad mental no diagnosticada, ni mucho menos tratada.  

Mi propuesta es arriesgada, tal vez osada, pero al menos sería una forma de salir de la frustración en la que estamos. Es necesario regular de una vez por todas la posibilidad de aplicar un tratamiento psiquiátrico involuntario cuando existan criterios de peligrosidad criminal y social. 

A fecha de hoy es imposible, legalmente, aplicar un tratamiento a pesar de la potencial peligrosidad que muchos sujetos tienen, hasta que estos no cometan un delito. Los equipos de detección de riesgo no funcionan y las pruebas que se aplican son papel mojado. Hacen falta expertos en psiquiatría y psicología forense y en perfiles criminales con experiencia en el diagnóstico y tratamiento del problema; es necesario modificar el ordenamiento jurídico e introducir la posibilidad clara de aplicar medidas coactivas físicas y químicas ante la posibilidad de la comisión de violencia. Y, por supuesto, hace falta invertir dinero si queremos avanzar en la solución del problema.

Si no damos un giro de 180 grados seguiremos con los minutos de silencio, con la indignación social, con la frustración y tristeza de los familiares, pero con nuevas víctimas inocentes que, día a tras día, saltarán a los teletipos cuando ya no es posible hacer nada más que guardar un respetuoso silencio.