Opinión

Violencia de género

Otra vez más hemos sido testigos de una violencia irracional y absurda en estado puro. Un hombre, divorciado de su mujer, se lía a tiros contra esta y su hija, para después pegarse un tiro él mismo. El resultado: dos personas heridas muy graves y una ciudad conmocionada. De nuevo habrá unos minutos de silencio y a esperar hasta que otro luctuoso suceso nos vuelva a sobresaltar. De nuevo se levantarán voces pidiendo un endurecimiento de las penas, y de nuevo sentiremos todos el hastío y la frustración de no poder hacer nada para evitar nuevos luctuosos sucesos.

Otra vez más hemos sido testigos de una violencia irracional y absurda en estado puro. Un hombre, divorciado de su mujer, se lía a tiros contra esta y su hija, para después pegarse un tiro él mismo. El resultado: dos personas heridas muy graves y una ciudad conmocionada. De nuevo habrá unos minutos de silencio y a esperar hasta que otro luctuoso suceso nos vuelva a sobresaltar. De nuevo se levantarán voces pidiendo un endurecimiento de las penas, y de nuevo sentiremos todos el hastío y la frustración de no poder hacer nada para evitar nuevos luctuosos sucesos.

He dicho en múltiples ocasiones que la violencia de género no se puede tratar solo endureciendo las penas, eso no sirve para nada y a las pruebas me remito. Muchas de las personas que la ejecutan (inmensa mayoría hombres) son sujetos claramente desequilibrados y algunos gravemente enfermos, que matan y luego se matan. Lo ocurrido en la capital aragonesa no es un crimen realizado por un sociópata o por una persona simplemente cruel o ruin. Este tipo de conductas son fruto de una estado patológico en la afectividad y en el pensamiento. Nos guste o no, estamos ante personas que sufren un trastorno severo. Primero porque creen enfermizamente que poseen lo que no poseen (a la mujer); en segundo lugar, porque están delirantemente convencidos de que tienen derecho absoluto sobre la vida del otro, y en tercer lugar porque desprecian su propia vida. Todo ello ocurre porque ven la realidad distorsionada por un pensamiento deliroide y una afectividad claramente patológica.

Una gran parte de la violencia de género surge en personas que tienen no solo un trastorno de la personalidad, sino en muchos casos algo más grave como es el convencimiento irrebatible e inmodificable de ser la víctima en lugar del verdugo. Son individuos que se creen dañados de tal forma que solo ven delirantemente en la venganza la solución del problema.

Nadie en su cabal juicio actúa de la forma como lo ha hecho el protagonista del suceso ocurrido ayer en Zaragoza. Aplicar el ingreso en prisión para tratar a un enfermo mental es tan absurdo como pretender curar una quemadura hablando con el enfermo y dándole ánimo.

Desde hace mucho tiempo un servidor viene reclamando la modificación de la normativa actual por lo que hace referencia a las pautas de actuación ante determinados delitos. Resulta patético, por ejemplo, que el legislador haya desobedecido el mandato del Tribunal Constitucional que hizo hace ya unos años con respecto a la modificación del artículo 763 sobre el internamiento psiquiátrico y que sigamos sin haber hecho nada al respecto.

No tiene sentido por ejemplo limitar cronológicamente las medidas de seguridad que se le impone a un sujeto al tiempo que le hubiera correspondido si se le aplica una pena. Tampoco tiene sentido que la única forma de tratar involuntaria y preventivamente a un enfermo agresivo o peligroso sea esperar a que este cometa un delito, o bien, sin que ello ocurra, tener que proceder a su ingreso psiquiátrico involuntario, que tampoco solucionará el asunto porque será muy limitado en el tiempo y cuando salga volverá a su pauta habitual, conducta y al no cumplimiento del tratamiento.

Estamos centrando toda la solución cuando se habla de violencia de género en castigar y nada en prevenir médicamente. No pedimos una medida predelictual (sería anticonstitucional), sino en la aplicación de medidas de protección y de salud pública. Y al igual que cuando se detecta una enfermedad infecto-contagiosa, se inicia un tratamiento preventivo, cuando se detecte un sujeto con índices de violencia elevada y afecto de un trastorno de la personalidad que conlleve violencia, impulsividad patológica o frialdad emocional, se debería iniciar un tratamiento preventivo obligatorio.

Hay que prevenir, y nunca mejor dicho, en este tipo de casos. Para ello sería muy aconsejable en aras a la protección pública y la salud social, dar un marco normativo sustantivo y procesal, para poder forzar a enfermos que no quieran tratarse a realizar un tratamiento. Es tercermundista que solo se pueden tratar determinado tipo de enfermos cuando delinquen, y entonces son delincuentes más que enfermos por lo que el tratamiento médico queda subordinado al penal. Es necesaria una reforma sustanciosa, valiente, decidida y no simples parches y, eso sí, muchos minutos de silencio que quedan muy bien.