Opinión

Esta vez ha sido en Tauste

Esta vez ha sido en Tauste, ahí al lado, en nuestra hermosa y querida tierra aragonesa. Esta vez la tragedia no ha sido ni en un barrio marginal de la “gran manzana”, ni tampoco en un lejano lugar subdesarrollado, donde la incultura se mezcla con la barbarie. Ha sido cerca de nuestra casa, ahí al lado en la comarca de las Cinco Villas. Un sujeto, sin saber, al menos por el momento, cómo ni por qué, ha descargado su escopeta sobre otro y le ha arrancado de golpe ese preciado tesoro que es la vida.

Esta vez ha sido en Tauste, ahí al lado, en nuestra hermosa y querida tierra aragonesa. Esta vez la tragedia no ha sido ni en un barrio marginal de la “gran manzana”, ni tampoco en un lejano lugar subdesarrollado, donde la incultura se mezcla con la barbarie. Ha sido cerca de nuestra casa, ahí al lado en la comarca de las Cinco Villas. Un sujeto, sin saber, al menos por el momento, cómo ni por qué, ha descargado su escopeta sobre otro y le ha arrancado de golpe ese preciado tesoro que es la vida.

La mente humana es compleja, bien lo sabemos los que nos dedicamos a su estudio y cuidado, y conductas agresivas, impulsivas, descontroladas han existido, y mucho me temo que seguirán existiendo. De un momento a otro, incluso los sujetos llamados normales, pasamos de ángeles a demonios, de utilizar el razonamiento lógico a ser presos de la obcecación, de guiarnos por la prudencia y la mesura al desequilibrio y el arrebato. Así somos las llamadas personas “civilizadas”, mal que nos pese.

En la llamada sociedad del bienestar, en la sociedad mejor informada y con mayor “calidad de vida”, paradójicamente, cada vez es más frecuente ver cómo la violencia domina nuestros comportamientos. Un día son unos vándalos de una localidad cercana a Madrid los que la utilizan y proporcionan un denigrante espectáculo; otro, la violencia viene de una pelea entre bandas callejeras, de un maltrato hacia una mujer, o, como en este caso, de un odio irracional o quizá de una venganza absurda.

Lo ocurrido en Tauste es un síntoma, no la enfermedad. Es un hecho desgraciado que debería seriamente hacernos reflexionar sobre las limitaciones humanas y también sobre lo imprevisible que es nuestro destino. Es un claro exponente de la brutalidad y de la sinrazón, pero también de cómo la vida puede cambiarnos en un segundo y romperse en un abrir y cerrar de ojos todos nuestros proyectos e ilusiones.    

Estamos en una sociedad violenta e intolerante y el uso de la fuerza, que debería ser patrimonio exclusivo del Estado, se está convirtiendo en algo habitual, siendo empleada por cualquiera con pretextos banales. No nos pasamos una, no aguantamos casi nada, no soportamos a nuestros semejantes. La agresividad está a flor de piel y la intolerancia ante la adversidad se está convirtiendo en un patrón común de conducta. Es decir, en lugar de avanzar en el desarrollo antropológico, estamos retrocediendo hacía conductas cada vez más primitivas.  

Ahora hablará la Justicia. Unos, los abogados defensores, intentarán explicar lo sucedido probablemente a la luz del trastorno mental o la enajenación; otros, los acusadores, cargarán el acento sobre la premeditación o la alevosía, buscando el castigo más severo para el asesino y el resarcimiento para la familia de la víctima.

Pero lo más triste y preocupante es que dentro poco, nuevas noticias, quizá nuevas atrocidades, harán caer en el olvido ésta, y seguiremos nuestra vida como si nada hubiera pasado en el mundo; eso sí, en un mundo cada más violento e intolerante.