Opinión

El último caso de bullying

No, no es el nombre de un famoso restaurante catalán. Es la denominación anglosajona de lo que se denomina en castellano “acoso escolar”, realidad que ha saltado a los medios estos días tras el suicidio de una adolescente discapacitada de 16 años que se sentía, y que según todos los indicios, estaba siendo acosada por un compañero del instituto madrileño “Ciudad de Jaén” donde cursaba sus estudios, hasta el punto de dar un paso tan terrible e irreversible.

No, no es el nombre de un famoso restaurante catalán. Es la denominación anglosajona de lo que se denomina en castellano “acoso escolar”, realidad que ha saltado a los medios estos días tras el suicidio de una adolescente discapacitada de 16 años que se sentía, y que según todos los indicios, estaba siendo acosada por un compañero del instituto madrileño “Ciudad de Jaén” donde cursaba sus estudios, hasta el punto de dar un paso tan terrible e irreversible.

Esta cruel y amarga realidad es un nuevo aviso de lo que está pasando en nuestra sociedad. Yo he defendido en foros profesionales y de divulgación que la sociedad está enferma, y me ratifico en ello. Hemos perdido las escalas de valores éticos; el hedonismo es la única regla del juego que impregna la conducta mayoritaria; por lo visto “el fin sí justifica los medios”; se da más importancia al tener que al ser; se consumen muchas drogas químicas y no químicas, legales e ilegales; no existen límites en casi nada y el relativismo feroz nos invade como una epidemia descontrolada. Siento mis contundentes y radicales afirmaciones, pero es lo que veo cada día como profesional de la salud mental, y lo que percibo como ciudadano corriente y moliente.

El hecho de que un adolescente maltrate y hostigue a otro hasta el punto de llevarle al suicidio, es un hecho muy grave y que merece una reflexión ponderada  y profunda. Es obvio que siempre habrá individuos violentos y sujetos desalmados, es consustancial con la condición humano, pero debemos reaccionar ante ellos. No es de recibo que un elemento que acose, persiga, intimide y amenace a otro no reciba ningún reproche penal contundente por el hecho de ser un menor de edad, por cierto, menor solo para algunas cosas. Nos dirán que hay que reeducar, que lo prioritario es el que esa personalidad en desarrollo reconduzca su conducta, que hay que tener paciencia y que el castigo no es la medida. Cierto, pero solo en parte.

Hoy, en una sociedad donde por dar un cachete a un púber al desafiar este el orden de una familia, se castiga con prisión al padre que ejerce su deber de guarda y custodia, en esa sociedad va a ser muy difícil reconducir la situación de la agresividad y la sinrazón. Sin ser catastrofista, o cambiamos por completo el rumbo o el barco va directo al acantilado y el naufragio será inevitable.

Hay sujetos que tienen un “defecto de fábrica” en su personalidad, los médicos lo sabemos bien, y contra la biología es muchas veces imposible luchar, pero debemos poner tratamiento, sino etiológico, sí al menos sintomático. Esto es, si no podemos cambiar algunos parámetros innatos, al menos sí reducir los síntomas de tales anomalías.

En lo que ha ocurrido en Madrid, y que está por aclarar judicialmente, es un fracaso social, pero algunos tienen más responsabilidad que otros. Los padres debemos ejercer como tales. Las autoridades deben hacerse respetar. Los docentes, además de enseñar conceptos, deberían ser ejemplo de coherencia y responsabilidad. Los políticos deben ser honestos y solucionar los problemas y dejar a un lado la vanidad y la soberbia. En fin, todos tendríamos que poner en marcha un proceso de regeneración, como dicen ahora, si no mal plan tenemos.