Opinión

La sociedad del bienestar está enferma

Como saben ustedes, vengo asomándome a esta tribuna de opinión, desde hace un tiempo, comentando cuestiones de actualidad relacionadas con mi profesión de médico psiquiatra. También colaboro asiduamente con otros medios de comunicación y, además de atender a mis pacientes, hago docencia entre mis compañeros de la sanidad. No es que trabaje mucho, simplemente, creo que me organizo relativamente bien.

Como saben ustedes, vengo asomándome a esta tribuna de opinión, desde hace un tiempo, comentando cuestiones de actualidad relacionadas con mi profesión de médico psiquiatra. También colaboro asiduamente con otros medios de comunicación y, además de atender a mis pacientes, hago docencia entre mis compañeros de la sanidad. No es que trabaje mucho, simplemente, creo que me organizo relativamente bien.

Digo esto porque es muy habitual que, tanto unos –periodistas- como otros -sanitarios-, me pregunten que cómo vemos los psiquiatras la sociedad actual. Y esas preguntas se deben a que, con inusitada frecuencia, aparecen individuos con conductas aberrantes, esperpénticas, absurdas, a veces crueles, incluso absolutamente incomprensibles. Y cuando al ser humano no le gustan los comportamientos que percibe, tiende a defenderse pensando que se encuentra ante un hecho cometido por enfermo mental, un perturbado, un loco. Aunque tiene cierta lógica el planteamiento, es errada la apreciación.

Un servidor viene defendiendo, a veces con vehemencia y tras treinta de años de ejercicio profesional, que la sociedad actual anda sin norte y que es la sociedad la que ha enfermado en su conjunto. Es decir, que no existen pautas claras que permitan al individuo disponer de un referente que le guíe y oriente. Decía Seneca que “no hay viento bueno, para quien no sabe dónde va”. A eso me refiero, y ésa es, creo yo, la base de tanto malestar, desazón y desánimo que hoy existe.

Cada vez hay más personas insatisfechas con sus vidas y tristes en su ánimo. El consumo de drogas no para de crecer como forma absurda de conseguir la felicidad y el placer a corto plazo, aunque nos destroce luego la existencia. Son muchos los jóvenes (y no tan jóvenes) perdidos, sin ideas claras y con un hedonismo exagerado que les impide adaptarse a la adversidad, que sólo critican pero que no ponen remedio alguno a su malestar. La intolerancia es la norma general y sólo aceptamos aquello que encaja con nuestros intereses. Nos dejamos fácilmente influir por cualquier comentario que tenga apariencia de realidad, sobre todo, si sale en la televisión y nos lo tragamos a pies juntillas. Apostamos por ideas descabelladas y nos adherimos a pensamientos hasta delirantes, sólo porque suenan bien o, simplemente, porque nos gusta quien los proclama. Hemos conseguido alargar mucho la expectativa de vida, pero luego no sabemos qué hacer con los mayores a los que depositamos como trastos usados en residencias y amparos. En fin, son sólo algunos ejemplos para avalar mi radical afirmación.

El ser humano tiene en sus genes la agresividad y también la pasividad, la violencia y la tolerancia, la prisa y la paciencia, la virtud y el pecado. Todos en un momento determinado podemos ser ángeles y, también, poco después, demonios. Las personas somos capaces de realizar los actos más abyectos, y también otros cargados de una generosidad sublime, casi heroica: "Es la condición humana".

En las últimas semanas llegan cada vez más noticias que nos generan irritación y perplejidad. Personas aparentemente “honorables” que, a la hora de la verdad, no lo son tanto, y nos muestran ahora una hipocresía sin límites; políticos bocazas, imprudentes, petulantes y con comportamientos miserables e indignos. Profesionales de la salud angustiados y a veces bloqueados por el miedo y la sinrazón, influenciados por la “psicosis colectiva”. Periodistas tratando de subir sus audiencias aunque ello sea a costa de crear pánico y daño a la sociedad en la que, y de la que, viven. Gestores y administradores de lo público que se ponen el mundo por montera y se comportan como rufianes de “tres al cuarto”, dilapidando un dinero que no es suyo. Estamos cansados de ver tanta incoherencia, mediocridad, zafiedad y avaricia ciega.

Los medios “casi nunca” inventan las noticias, ni tampoco habitualmente “venden humo”. Se limitan a contar lo que pasa, a reflejarlo, a exponerlo, cierto es que con mayor o menor intensidad, según sus propios intereses o ideas. Pero eso también forma parte de la condición humana: “Ver las cosas según el color del cristal con el que se las mira”.  Debemos ser nosotros quienes, desde una postura crítica y constructiva, saquemos la consecuencia más oportuna. El problema es que hay demasiados ignorantes y también demasiados “pasotas”.

En fin, vivimos en una sociedad agobiada e intolerante, que aunque en los últimos diez años ha avanzado tecnológicamente más que en toda la historia de la humanidad, ha perdido la ponderación, la prudencia y la sensatez. Corremos sin saber hacia dónde; bailamos al sol que más calienta; desperdiciamos el preciado tesoro del tiempo; nos conformamos con una vida insolidaria y falsa; cada vez somos más insolidarios y egocéntricos. Malos tiempos parecen correr.

Pero esto tiene arreglo; ahora bien, es necesario pararnos y pensar. Hay que recuperar la mesura y la prudencia. Es preciso adoptar nuevos valores y rescatar lo que de bueno tenían los antiguos. Hay que vivir intensamente, pero no velozmente; no en balde, “la  rapidez es una virtud que engendra un vicio que es la prisa”, en palabras del insigne Marañón. Hay que recuperar el valor de la resignación y de la tolerancia. Se hace urgente reconquistar el valor de lo espiritual, en detrimento de la dictadura de lo material. La felicidad no se regala, se conquista. “La felicidad no es un destino al que llegar, sino una forma de viajar”.