Opinión

Los síndromes veraniegos

Año tras año, con la llegada del verano vuelve a estar de actualidad el llamado "síndrome postvacacional", entidad no oficial, pero sí oficiosa. No aceptada por la comunidad científica, pero sí por la sociedad. Creada por los medios de comunicación con la anuencia y complicidad de algunos psiquiatras y psicólogos, que fieles a la cita aparecen en los medios dando buena cuenta de este "síndrome" que sólo existe en el papel, y como éste lo aguanta todo, a elucubrar y a dogmatizar sobre su concepto, síntomas y tratamiento.

Año tras año, con la llegada del verano vuelve a estar de actualidad el llamado "síndrome postvacacional", entidad no oficial, pero sí oficiosa. No aceptada por la comunidad científica, pero sí por la sociedad. Creada por los medios de comunicación con la anuencia y complicidad de algunos psiquiatras y psicólogos, que fieles a la cita aparecen en los medios dando buena cuenta de este "síndrome" que sólo existe en el papel, y como éste lo aguanta todo, a elucubrar y a dogmatizar sobre su concepto, síntomas y tratamiento.

Con la que está cayendo en estos momentos, hablar del síndrome de marras, además de no ser riguroso técnicamente, es una pesada y sórdida  broma, cuando no un desatino más propio de insensibles narcisistas que solo buscan su momento de gloria, que de auténticos profesionales de las ciencias médicas. En nuestro país, con más de cinco de millones de parados, insistir en el síndrome postvacacional es como "nombrar la soga en casa del ahorcado". Pero aunque no tuviéramos esa cifra terrorífica de paro, sería una incoherencia nosológica y conceptual, más propia de una tertulia de café, que del rigor y de la seriedad que debe presidir un diagnóstico médico.

Se denomina síndrome al conjunto de síntomas (subjetivos) y signos (objetivos) que determinan una entidad nosológica (realidad clínica que puede ser clasificada al existir ésta siempre que aparezcan los factores causales).

Es cierto, y no seré yo quien lo cuestione, que cuando regresamos de las vacaciones, sobre todo si son algo prolongadas, quien más y quien menos necesita un breve periodo de adaptación para volver a la rutina que conlleva el trabajo. También es cierto que durante un par de días podemos notar un ligero insomnio al ir a la cama y somnolencia diurna, algo de cansancio y poco más. Pero en modo alguno, se debe considerar ese periodo de adaptación como una enfermedad o como un conjunto de síntomas y signos que ponen de manifiesto la existencia de una dolencia, daño o afección. Sería elevar a la categoría de trastorno lo que es simple y llanamente una respuesta fisiológica.

Aclarado este punto nada baladí, lo siguiente es reflexionar sobre el por qué de su aparición en la pseudo-jerga médica tan ampliamente utilizada por propios y extraños. A mi modo de ver, la razón se  antoja sencilla: vanidad. Y si quieren otras puede que oportunismo, tal vez esnobismo, a lo mejor frivolidad, o quien sabe si no es también una falsa erudición surgida en un mundo donde lo importante pasa a un segundo plano frente a lo impactante.

Queda bien, es atractivo, da juego, "mola" como dicen los progres de turno, esto de los síndromes psicopatológicos. Síndromes que, dicho sea de paso, nadie puede objetivar y que permiten llenar muchas horas de tertulia, de entrevistas, de cotilleo y de columnas en las tediosas y cálidas tardes de la canícula veraniega.

Además, y siendo mal pensando, lo reconozco, permiten obtener pingües beneficios a algunos colegas que participan con este u otro tema de semejante calado científico en cursos, seminarios, jornadas, simposios, mesas redondas (y cuadradas) y demás eventos veraniegos al uso.

Síndrome postvacacional, y, ¿por qué no describir también un síndrome prevacional que se produce al tener que cambiar de localidad, soportar a la familia, sufrir hacinamientos y colas en hoteles y restaurantes, aguantar caravanas en carreteras y un auténtico caos en la cuenta corriente?. Y, ¿qué tal les suena un síndrome vacacional, en el que podemos incluir como síntomas desde las picaduras de mosquito o mosca negra, hasta el aturdimiento de los viajes transoceánicos, pasando por las agotadoras e inacabables jornadas de visitas monumentales que producen tristeza, angustia e incluso sentimientos de minusvalía al ver lo ignorantes que somos a pesar de nuestro paso por la universidad?. Puestos a clasificar e inventar, por nosotros que no quede.

Hablar de sufrimiento humano, de dolencias, de alteraciones o trastornos, y hacerlo con hilaridad o cuando menos con superficialidad es peligroso, sobre todo cuando en esta sociedad la información es precaria, la formación escasa y la madurez mental cada vez más tardía. ¡Aviso a navegantes!.