Opinión

Se acabó la Fiesta

“Todo lo bueno se acaba y ésa es su delicia, que se acabe antes de convertirse en monotonía; sólo lo que tiene límites es hermoso”. Esta frase, atribuida al escritor vasco De Zunzunegui, expresa una verdad incuestionable: todos los actos humanos tienen un final y eso es quizá lo que les da belleza e interés, y las Fiestas del Pilar no podían ser una excepción.

“Todo lo bueno se acaba y ésa es su delicia, que se acabe antes de convertirse en monotonía; sólo lo que tiene límites es hermoso”. Esta frase, atribuida al escritor vasco De Zunzunegui, expresa una verdad incuestionable: todos los actos humanos tienen un final y eso es quizá lo que les da belleza e interés, y las Fiestas del Pilar no podían ser una excepción.

Me asomo una vez más a esta Tribuna que amablemente me brinda Aragón Digital, no para hablar de las maravillas y excelencias de los Pilares, que todos los maños conocemos bien, sino para hacer una vez más de “pepito grillo” y reflexionar críticamente sobre lo que he visto y he oído paseando estos días por la heroica, inmortal, y no sé si alguna otra cosa más, ciudad de Zaragoza. 

Al lado de las jotas que han resonado y alegrado nuestras calles y plazas; al lado de los Gigantes y Cabezudos que han entusiasmado a los pequeños y mayores con sus danzas y carreras; al lado de los fuegos artificiales que han iluminado las noches con un resplandor sin igual; al lado de las peñas que han recorrido con su entrañable bullicio los rincones más conocidos y los más ignotos; al lado de los grupos musicales que han puesto su nota afinada en los paseos más céntricos de la ciudad; al lado de la “Fiesta” con mayúsculas ha existido otra cara mucho más desagradable pero real como la vida misma.

He visto jóvenes y no tan jóvenes cargaditos de alcohol, destrozando sus neuronas y, de paso, también los jardines y la arquitectura urbana. He visto cómo de forma borreguil chicos y chicas, muchos de ellos casi niños, consumían drogas y estupefacientes para aguantar, sea como sea, hasta el día siguiente y, de esta forma, alargar la juerga y batir el récord del desmadre y la estupidez. He visto turistas borrachos como cubas con el pañuelico al cuello; eso sí, intentando sostenerse en pie sin conseguirlo y dando un espectáculo deplorable. He visto cómo la alegría de algunos era fruto sólo de la química y no de un sentimiento de bienestar sano y espontáneo. 

Pido perdón por no ser políticamente correcto; pido disculpas por mi pesimismo vital, les ruego su benevolencia por la dureza de mis palabras, pero creo que es necesario no perder la esencia de las cosas y que la forma no anule el fondo.

Las fiestas populares son una forma de relación humana ancestral, además de necesaria y conveniente. Son un alto en el camino y una manera de cargar las pilas. Pueden ser también un excelente modo de recordar nuestra historia y pasado. Las fiestas como las del Pilar son la expresión sincera de un pueblo noble y llano como es el aragonés.

Pero lo que no deben ser las fiestas es la excusa y pretexto para traspasar los límites de lo saludable. No deben ser una coartada para saltarse las normas de convivencia a la torera, e impedir el descanso del que así lo desee, u obligar a “divertirse” a quien no esté por la labor. No deben ser nunca una forma de evadirse de la realidad consumiendo sustancias que destrozan la mente y el cuerpo. Las fiestas populares, como son las del Pilar, no deben ser una huida absurda de la realidad, sino una apuesta decidida por el civismo y un ejemplo de convivencia y tolerancia.