Opinión

La sanidad aragonesa va de capa caída

Acabo de leer lleno de espanto y perplejidad en este mismo medio que graciablemente da cobijo a mis comentarios y ocurrencias, la valoración que hace la Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidad Pública sobre la Sanidad en Aragón. Dicha valoración no puede ser más negativa para nuestra tierra, ya que hemos descendido desde el primer puesto al noveno. Vamos, que la cosa se pone fea sanitariamente hablando.

Acabo de leer lleno de espanto y perplejidad en este mismo medio que graciablemente da cobijo a mis comentarios y ocurrencias, la valoración que hace la Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidad Pública sobre la Sanidad en Aragón. Dicha valoración no puede ser más negativa para nuestra tierra, ya que hemos descendido desde el primer puesto al noveno. Vamos, que la cosa se pone fea sanitariamente hablando.

El dato me llama la atención y mucho, sobre todo si comparo mi experiencia profesional que como médico vengo desarrollando desde hace un año en la tierra aragonesa, frente a los 18 años que he estado en otra comunidad. Yo “juraría” que la situación no es para tanto, y que sin entrar en discusiones estadísticas (recordemos que hay verdades, mentiras y estadísticas), sobre si somos los primeros o los últimos, puedo afirmar con cierto conocimiento de causa, que el nivel sanitario en Aragón es más que digno, yo diría que bueno, si me apuran en algunos aspectos excelente. No obstante esta afirmación inicial hay que matizarla.

Lo que ocurre es que se está pidiendo, como se dice coloquialmente, “peras al olmo”. Por un lado están los “políticos” a quienes les es muy fácil prometer sabiendo que esa promesa, como es electoral, no se va a cumplir. Políticos que saben que no es posible garantizar la salud, sino como mucho una asistencia justa y digna. Que no pueden ofertar una reducción de las listas de espera, salvo que se haga con artificios contables, porque la demanda cada vez es mayor y los medios humanos son los mismos. Que no deberían garantizar una cobertura total para todos y en todo, cuando el presupuesto global es limitado, además estamos en una crisis económica y hay que repartirlo para otros menesteres.

La sanidad es un mal negocio para cualquier ejecutivo y una “patata caliente” que se pasan unos a otros porque siempre da pérdidas. Es una actividad que por muy bien que se gestione, siempre deja insatisfechos a unos o a otros. Y ello por algo muy simple y que se puede considerar como una axioma: por mucho que se incremente la oferta, la demanda se incrementará también, y además en mayor cantidad. Es decir, siempre estaremos en fuera de juego.

Por el otro lado estamos los usuarios, antaño llamados pacientes o enfermos, que además de ser cada vez más exigentes, somos muy pesimistas y bastante ignorantes. Me explico. Hoy pagar una seguridad social para algunos es sinónimo de tener derecho a "todo". Se acude a urgencias ante la más mínima duda y sin una justificación clara. Si el médico no le prescribe un fármaco, el usuario cree absurdamente que no se le ha tratado correctamente.

Los ancianos, que cada vez son más, exigen al médico y a la sanidad algo que es imposible: no envejecer y no sentir los achaques propios de eso que se ha llamado eufemísticamente tercera edad. Otros acuden a los centros de salud a buscar un consuelo por un problema humano, sentimental o familiar, creyendo que el médico tiene la respuesta precisa y oportuna para cada problema, cuando ni tiene tiempo, ni tampoco la preparación adecuada. Y para acabarla de liar, como se dice de forma coloquial, estamos los médicos, entre la administración y el usuario, llenos de miedo ante una posible denuncia o reclamación, que intentamos paliar con una medicina defensiva, que además de no defendernos de nada, encarece el gasto y retrasa el diagnóstico del enfermo.

Cada vez se invierte más en sanidad y a pesar de ello las protestas crecen por todos los lados. Pensemos, parafraseando la famosa frase de J.F. Kennedy, qué es lo que podemos hacer nosotros por mejorar la sanidad, en lugar de limitarnos a exigir y pedir al papá estado que nos saque las castañas del fuego.