Opinión

¿Qué ha pasado mi querido y estimado alcalde...?

Estoy seguro de que no se acuerda de mí, pero hace mucho tiempo que tuve el gusto y el honor de compartir el estrado y la venia docente con usted en las maravillosas y siempre afortunadas Islas Canarias. Permítame que le refresque la memoria.

Estoy seguro de que no se acuerda de mí, pero hace mucho tiempo que tuve el gusto y el honor de compartir el estrado y la venia docente con usted en las maravillosas y siempre afortunadas Islas Canarias. Permítame que le refresque la memoria.

Corría el año 1992 (del siglo pasado), cuando su señoría, creo que era el presidente de la Audiencia Provincial de Bilbao, y nuestro anfitrión, el Dr. Santiago Delgado Bueno, a la sazón médico forense de Tenerife, nos reunió, no sólo a nosotros, sino a un amplio grupo de expertos, para dar un curso de psiquiatría forense del que luego saldría el tratado quizá más importante que se ha editado sobre la materia hasta el momento. ¡Qué tiempos aquellos! Los dos apuntábamos maneras, como dicen en el argot taurino, usted políticas y un servidor de médico y de profesor universitario.

Mucho ha llovido desde entonces. Usted, estimado alcalde, ha sido de todo, de todo bueno políticamente hablando por supuesto. Yo, en cambio, a pesar de las tentaciones políticas que "haberlas las ha habido", llevo 30 años simplemente consolando, aliviando y, a veces, las menos la verdad sea dicha, curando al ser humano enfermo de los padecimientos del alma como dicen algunos, e intentando transmitir mis humildes conocimientos a colegas y estudiantes.

Hace dos años que he vuelto a “casa” tras un largo exilio voluntario por lo que antes se llamaba España, y que ahora se ha convertido en un estado peculiar, en cierta manera ambiguo, compuesto por nacionalidades que no naciones, donde no hay fronteras físicas pero sí cada vez más ideológicas, y donde se habla un montón de lenguas, dialectos, jergas incluida la fabla aragonesa, y, también, de vez en cuando, el español.

Mi primera reacción al llegar a la inmortal, creo que también heroica, y sobre todo, para mí, entrañable ciudad de Zaragoza fue de gozo y de satisfacción, y así lo hice público, precisamente en este mismo medio ejemplar, que con una neutralidad cada vez más difícil de encontrar, da voz a todos los que tenemos la osadía de creer que podemos contar algo interesante a nuestros conciudadanos.

¡Qué maravilla de ciudad! La Expo estaba en marcha, la alegría económica se veía y notaba en cada rincón de la ciudad. Ciudad bella, encuentro de culturas y razas. Ciudad limpia, segura, ordenada, armónica, apacible. Capital muy bien comunicada con las dos grandes metrópolis del solar patrio. Urbe con un turismo floreciente y con un protagonismo no sólo estatal sino también internacional incuestionable. ¡Qué gozada!, como dicen los chavales de hoy.

Pero se acabó la Expo, y con ella es como si se hubiera desinflado uno de esos globos de colores que tanta ilusión les hace a los niños y también a los mayores. ¿Qué ha pasado señor alcalde para que la ciudad se haya transformado negativamente y Dr. Jekyll se haya convertido en Mr. Hyde?

Zaragoza es ahora un caos circulatorio donde reina el desgobierno a pesar de los esfuerzos de los agentes de policía local (a los que algunos mal pensados y absolutamente equivocados llaman su guardia pretoriana), que de seguir las cosas por el camino que van pronto le reclamarán como enfermedad profesional el enfisema pulmonar que sufrirán de tanto tocar el pito. Zaragoza es una ciudad llena de obras, trincheras, desvíos y parapetos, al parecer necesarios para poner en marcha el famoso “tranvía”, que después de lo que está costando en dinero e incomodidad ha creado una fobia en sus partidarios, y ha reafirmado la hostilidad de los detractores.

¿Qué ha pasado querido alcalde con los pabellones de la famosa Expo que tanta ilusión y esperanza despertó en los zaragozanos, y que cada vez que los vemos nos traen a la memoria el triste final que han tenido los de la otra Expo, la de Sevilla; por cierto, esa sí que fue mimada por el Gobierno central del momento, y no como la de Zaragoza, que pasó con más pena que gloria para la Administración estatal?

¿Qué ha pasado apreciado señor alcalde con ese funicular siempre vacío y lánguido en espera de que alguna alma caritativa se apiade de él, y se suba dando así al menos una cierta apariencia de servicio público; eso sí, para llegar a un sitio donde no hay nada más que un páramo sin interés turístico alguno salvo el acuario, en mi modesta y posiblemente equivocada opinión, mal promocionado y peor gestionado?

¿Qué ha pasado estimado señor alcalde con el proyecto de construcción de un metropolitano, proyecto de transporte ampliamente experimentado en otras ciudades (le recuerdo que el primer metro europeo fue construido en Budapest, ciudad no más grande que Zaragoza en el siglo XIX), y que a la luz de los acontecimientos parece que nunca llegará a la nuestra, aunque, eso sí, contaremos con un bonito, ágil, rápido, ecológico, cómodo y útil tranvía que saturará y complicará la ya de por sí precaria circulación vial de las arterias centrales de la ciudad?

¿Qué ha pasado excelentísimo señor alcalde con el proyecto de La Romareda que según lo que nos cuentan los medios está siendo un derroche de gasto y dispendio económico en tiempos de crisis, y que sólo debería haberse iniciado contando con un consenso suficiente para evitar los pleitos sin fin que se están produciendo?

¿Qué pasará ínclito señor alcalde con el proyecto de Arcosur, donde las 20.000 viviendas prometidas pueden convertirse en una nueva “Seseña”, alejada del centro y, donde hay sí, un tranvía que le aseguro no podrá ser la solución de desplazamiento para los habitantes de esa nueva ciudad residencial?

¿Qué ha pasado señor alcalde con el AVE para que sea el más caro de los que circulan por el territorio nacional? Permítame que le recuerde que ir de Madrid a Puertollano en AVE (unos 300 kilómetros) cuesta 49 euros, mientras que ir de Madrid a Zaragoza también en AVE cuesta unos diez euros más por persona y billete.

¿Qué ha pasado señor alcalde con las “otras obras” prometidas y que la crisis, ¡maldita crisis!, ha dejado en suspenso sine die, aunque en otras ciudades vecinas no les hayan aplicado ese “tercer grado” económico tan doloroso?

En fin, estoy seguro de que, como dicen en su antigua profesión al hablar de la intencionalidad cuando se produce un daño, no ha habido por su parte ni “animus laedendi”, ni “animus necandi”. Es decir, en castellano, o en aragonés que es muy parecido, que usted no ha tenido intención de que los acontecimientos tomen la deriva que han tomado, pero si usted no es imputable por “dolo”, quizá, sólo quizá,  si lo pueda ser por “culpa”; esto es, por omisión, imprudencia, negligencia o impericia.

No quiero pensar ni por un momento señor alcalde que haya hecho suyas aquellas palabras que la noche de “autos”, como dicen ustedes los juristas, hace casi veinte años, ya a altas horas de la madrugada, en el todavía por hoy territorio español de las “Islas Afortunadas”, entre whisky y whisky, usted nos dijo a los contertulios en broma: la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.